HISTORIA DE UN DESCIFRAMIENTO. GARDINER Y LA ESCRITURA PROTO-SINAÍTICA

Pablo Cúneo –

Alan Gardiner fue un egiptólogo muy conocido por su famoso libro de Gramática Egipcia y por su lista de todos los jeroglíficos conocidos del idioma egipcio conocida como la Lista de signos de Gardiner. A su vez participó en el descubrimiento de la tumba de Tutankamón por el arqueólogo Howard Carter, oficiando de traductor del texto jeroglífico de la misma.

El propio Lacan en su seminario 9 sobre la identificación lo cita, como especialista en la escritura jeroglífica y como lingüísta, analizando uno de sus textos para elucidar la función del nombre propio.

Uno de sus grandes logros para la historia del proceso que dio origen al alfabeto fue que inició la comprensión del sistema de escritura conocido como proto-sinaítica, un eslabón intermedio entre la escritura jeroglífica egipcia y el alfabeto creado por los fenicios.

En 1905 Flinders Petrie descubrió y copió una serie de inscripciones en el Sinaí en un lugar llamado Serabit-el-Khadim, que correspondía a unas minas de turquesa y que poseía un templo dedicado a la diosa egipcia Hathor. La mayoría eran inscripciones jeroglíficas salvo algunas que tenían otro tipo de signos, los que llegaron a manos de Gardiner y un colega en para su estudio. Gardiner relata el estado de ánimo con que recibieron dicho material: “Con gran desgano, nos entregamos al estudio de estos textos enigmáticos, pues teníamos pocas esperanzas de llegar a descifrar su naturaleza”.

Gardiner cuenta como divisó en una de esas inscripciones de caracteres desconocidos la cabeza de buey, y como al tener en cuenta la idea de Gesenio de que en sus orígenes las formas de las letras fenicias deberían corresponder al significado del nombre hebreo de la letra, supuso que la cabeza de buey era una aleph, término que en semítico significa buey. Es que las letras del alfabeto fueron creadas por los fenicios por acrofonía: se representó gráficamente el sonido por el dibujo de un objeto cuyo nombre comenzaba con el sonido que se quería representar. Así para el fonema B se eligió el dibujo de una casa, pues en semítico, casa se dice bait (comienza con el fonema B), nombre a su vez que llevará la letra.

Llegado al punto en que Gardiner identificó la letra aleph le expresó a su colega: “Aquí tenemos con toda seguridad el origen de la aleph fenicia”, y agrega: “Su respuesta no fue nada alentadora, por lo que se quedó la cuestión así por espacio de algunas semanas”. Siguiendo, sin embargo, su idea, Gardiner identificó una cuantas letras más hasta que pudo leer el nombre Ba’lat, nombre de la diosa semita que correspondía a la diosa egipcia Hathor: “…a no ser por una casualidad casi increíble, el nombre Ba’alat es la versión correcta y demuestra una relación genérica entre los jeroglíficos egipcios, los caracteres del Sinaí y las letras fenicias con sus nombres tradicionales”.

Teniendo en cuenta inscripciones ya conocidas Gardiner halla “que la escritura sinaítica se va moviendo en dirección de la fenicia, y que su uso está manifiestamente extendido en los siglos que preceden a 1200 a de J”. Gardiner sostiene que los verdaderos creadores del alfabeto no son los egipcios, que si bien llegaron a tener algún signo que oficiaba de letra, la razón no se debe a que hayan identificado los fonemas de su lengua como si lo hicieron los fenicios, quienes asignaron una imagen (letras consonánticas) para cada uno de ellos. Como el jeroglífico egipcio valía según su valor fonético, al haber palabras uniconsonantes el dibujo quedó identificado con una consonante, pero al igual que el resto de los signos bi o triconsonante fue integrado sin más a su sistema gráfico, sin ninguna otra intención deliberada. De ahí que Gardiner diga: “Dicho de otro modo, los egipcios no llegaron nunca a discernir las grandes ventajas de un alfabeto desligado de otros elementos gráficos. El reconocimiento de estas ventajas fue obra del genio semita, y su gloria no podrá ser arrebatada nunca.”

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