“LOS OJOS DE SARA”, UN CUENTO DE BERTA BRUNFMAN

 

Todas las mañanas Sara tomaba puntualmente el tranvía que la dejaba en la puerta del liceo número cinco. Uno de esos días, un hombre de unos 45 años comenzó a subir al tranvía en el mismo horario que ella. Usaba traje marrón y un sombrero del mismo color de su traje. El hombre en cuestión se sentaba a su lado y Sara advertía que no le sacaba los ojos de encima. La situación la ponía muy incómoda. Su mamá, le tenía dicho que hablara con el chofer o con el guarda, si ocurría algo así como que, un extraño, intentara abordarla. Eso de saber que viajaría algunas estaciones antes de llegar a la escuela con un desconocido que la miraría con insistencia, como si estuviera a punto de decirle algo, por más que fuera un hecho que ocurría a diario, no dejaba de intranquilizarla. De todas maneras, no le parecía necesario alertar a nadie en el tranvía sobre lo que estaba pasando.

Su mamá era Regina Stein casada con Salomón Zycher. Los dos eran judios polacos que habían llegado a la Argentina antes de la guerra. Regina había viajado en el año1927 huyendo de su por entonces pretendiente Salomón a quien rechazaba todo el tiempo. Es que, Regina hubiera deseado un novio que fuera observante y que cumpliera con la religión y Salomón, no reunía ninguna de las condiciones que ella apreciaba en un futuro candidato. A Sara le encantaba escuchar la historia de amor de sus padres, sobre todo, cuando su mamá decía que quien fuera su pretendiente allá en Varsovia, tenía dos ocupaciones, la de atender su taller de joyería y la de arruinar sus noviazgos. Según ella, Salomón se interesaba en perjudicar sus romances y lo lograba. Regina, nunca quiso saber nada con alguien que se jactaba de ser ateo, que además era noctámbulo, bohemio, y que pasaba largas horas tocando su mandolina por los bares de la ciudad junto a quienes consideraba una banda de amigos con quienes también , solía tomar vodka

Regina había llegado a la Argentina al ser invitada por su hermano quien le había escrito sugiriendo que viajara a Buenos Aires. Él, ya estaba viviendo en la ciudad, desde 1920.Le dijo que había un candidato para ella, un sastre llamado Simón. Según sus dichos, Simón vivía en su casa propia, era viudo y tenía un buen pasar. Por supuesto, era observante, condición que ella continuaba requiriendo en el que sería su futuro marido. Después de escuchar a su hermano, Regina viajó esperanzada a Buenos Aires pensando que ese hombre parecía ser su salvación.

Sus hermanas, la habían despedido en el puerto, deseándole la mejor de las suertes y pidiendo por favor, que enviara fotos junto al nuevo candidato.

Para Sara no era posible tratar de entender la desesperación que había tenido su mamá por casarse. Ella ni pensaba en novios, y ya estaba a punto de cumplir los dieciocho. Estudiaba inglés, además de estar por recibirse de bachiller y tenía decidido seguir abogacía. Un día se atrevió a preguntarle a Regina porque no había hecho nada por ella misma. Le había contado que le gustaba la moda y que en Varsovia había estudiado corte y diseño de modas, cuestión que seguía interesándole ya que era quien confeccionaba toda la ropa que vestían ella y su hija. Tampoco se perdía los desfiles de modas de la tienda Harrods, que por los años cuarenta anunciaban sobre último de lo último, de la moda porteña. Ese día en que Sara se mostró tan curiosa, Regina, después de un largo silencio, se explayó en la respuesta, revelando algunos secretos.

– No pude hacer nada de lo que quería Sarita, porque tuve que irme de Varsovia y dejar a mi familia. Tenía treinta y un años, no me casaba y si no me apuraba, nunca lo haría. .Así estaban las cosas .Tu papá, ya te dije, me arruinaba los noviazgos. Por eso me fui, o no se…a lo mejor Dios ayudó, y me dio una señal. Porque después vino la guerra y todos murieron. Cuando llegué a Buenos Aires, no hubo tiempo de recorrer la ciudad .Mi hermano, vino en puerto, nos dimos un fuerte abrazo y otro día, tenía que ir a conocer Simón que vivía en Flores. Recién cuando llegué en su casa, enteré que además de ser viudo, tenía cinco hijos varones, de anterior matrimonio. Mi hermano, nunca había dicho esto. Cuando presenté en su casa, me pareció que esperaban, otra mujer. Simón miraba de reojo. Yo vestía muy elegante, ese día. Siempre gustó estar a la moda. Esa tarde, quise estrenar tapado rojo, con cuello de piel. Puse medias de seda y sombrero tejido. Adentro de cartera, llevaba cigarrera de plata.

-Siempre fumaste mamá y a mí me tenés prohibido el cigarrillo. ¿Por qué?- preguntó Sara, interrumpiendo.

– Lo mío es por otra razón. Vos, no fumes nunca Sarita- respondió Regina-En mi caso, por necesidad, empezó a fumar en guerra del 14.Teníamos hambre, era muy jovencita. Soldados repartían cigarrillos y ahora…no puedo dejar. Cigarrillo es malo, pero guerra, peor Sarita.

Continuando con su relato, Regina contó que Simón, comprendió que vería frustrado su deseo de querer colgarle un delantal de cocina, para que comenzara a preparar la comida, además de limpiarle la casa. Se había dedicado a hacerle preguntas sobre su vida personal y sus aptitudes, y sus respuestas no lo conformaban. Le contó que había tenido varios novios, que era modista profesional y que soñaba con tener un taller de costura o un negocio de ropa. Ante tamañas confesiones Simón la miraba cada vez peor. Finalmente ella le dijo que no se sentía segura de querer integrar una familia tan grande y comenzó a llorar. Antes de huir de aquel lugar, miró fijo al que creyera su candidato, sacó un cigarrillo de su cartera, lo colocó dentro de una boquilla de carey y le dio unas cuantas pitadas. Simón le diría después a su hermano que ella parecía un curve, y no solo no hubo casamiento, sino que la visita y sus derivaciones, originaron que tampoco siguiera la amistad entre los dos hombres.

Después de esa desilusión, Regina dijo que todo le hacía suponer que estaría condenada a la soledad, en una ciudad donde ni siquiera conocía el idioma. De pronto, comprendía que no bastaba con que su candidato fuera observante para considerar que había hallado un buen compañero. Tampoco sospechaba que su suerte ya estaba echada, porque Salomón Zycher, convencido de sus propósitos, viajaba a Buenos Aires en el barco de atrás.

Ni bien Salomón estuvo al tanto de que ella había decidido viajar, la siguió, sin importarle si alguien la esperaba o no en Buenos Aires. Sara, veía que la cara de su mamá se iluminaba, cuando recordaba esa parte de la historia. Hallarla no le fue difícil a Salomón. Dio con un bar del barrio del Once donde se reunían paisanos suyos, y acercándose a las mesas preguntó y preguntó si sabían dónde podía hallar a Regina Stein. Por fin logró la información que buscaba, cuando uno de aquellos hombres le aconsejó que fuera a una cena que se hacía en una institución. Su hermano iba allí todos los meses con la esposa. Quien sabe tendría suerte y podría encontrarla en ese lugar.

Salomón, le propuso casamiento la misma noche que la encontró, siguiendo el consejo de aquel paisano. Según Regina, su entrada en el salón provocó sorpresa y admiración. Venía luciendo un traje blanco, impecable, zapatos lustrados. Llevaba el pelo negro peinado con gomina y usaba un fino bigote, que recorría cuidadosamente el labio superior. Recordando la escena Regina decía que esa noche Salomón, tenía pinta de dandy.

¡Shloime!, gritó ella pronunciando su nombre en idish, y él, corrió a abrazarla.

Ella que solamente sabía bailar polka, en esa ocasión, se dejó llevar por el armonioso ritmo de un tango que la convocaba obligándola a perderse en los brazos del que no la dejaría escapar nunca más de su lado.

-Mamá, cuando se veía venir la guerra, no pudiste hacer nada para que tu familia abandonara Polonia- preguntó Sara-, digo, traerlos antes de que fuera tarde.

– No… mejor dicho si Sarita- dijo Regina- escribía diciendo que vinieran. Yo mandaba plata para pasajes y ellos también trabajaban, así que, por plata, no había problema. Pero no tomaban decisión y después…ya no se pudo. El tiempo Sarita, no alcanzó. Todo fue muy rápido…

Una tarde, cuando Sara viajaba en el tranvía rumbo al liceo, sucedió que el hombre que se sentaba a su lado, bajó con ella en la misma parada. Sara, comenzó a correr. Finalmente, los dos se detuvieron en una esquina. Sara temblaba. Ése hombre, que hablaba con un acento igual al de sus padres, una mezcla de castellano, idish y polaco, la sujetaba del brazo, rogándole que aceptara tomar un café con él, porque tenía algo muy importante que decirle.

-Me llamo León Litvak, conozco su mamá. Desde que la vi, supe usted debe ser hija de Regina Stein y no creo equivocarme. Tiene los inconfundibles ojos de mujeres de la familia Stein, señorita, ojos, que jamás se pueden olvidar. Su madre era vecina mía en Varsovia.

Sara pasó del miedo al asombro y olvidando que debía entrar a clase, aceptó tomar un café, tras confesar quien era.

Después de presentarse una vez más, León dijo que sabía que había ocurrido con las cinco hermanas de su madre. Le urgía contar lo que sucedió, y fue nombrándolas, una por una. Los ojos de Sara se nublaron de lágrimas .Había conocido a sus tías por fotos, pero en ese momento, las veía a través de los relatos de quien al mencionarlas, estaba tan notablemente emocionado como ella. No quiso dar detalles de lo que sabía, cuestión que únicamente confiaría a Regina, en caso de poder hablarle.

Esa mañana, al despedirse, Sara prometió que hablaría con su madre para arreglar una cita entre los dos. Después, caminó un rato hasta plaza Libertad. Necesitaba el contacto con la naturaleza, respirar profundo. Se preguntaba cómo serían un par de ojos inolvidables. Los suyos no le resultaban especiales. Eran simplemente negros como los de otras chicas y demasiado grandes para su cara. Tampoco sabía qué hacer con sus cejas, para su gusto excesivamente abundantes. Siempre llevaba pincita de depilar en la cartera, porque crecían todo el tiempo. En eso de que eran iguales a los de su mamá, León Litvak, tenía razón, todo el mundo lo decía.

Regresando, Sara pensaba cómo le diría a su madre que alguien que la conocía, aseguraba saber que había ocurrido con sus queridas hermanas. Al llegar a su casa, fue hasta la cocina donde se preparó un café con leche. Después, se sentó al lado de Regina, que estaba en la sala, tejiendo.

– Hoy pasó algo increíble mamá- dijo pausadamente, haciendo que abandonara el tejido por un rato-Ya no vas a tener que ir a la cruz roja, preguntando por tu familia. Un hombre que conocí en el tranvía, sabe que fue lo que pasó con tus hermanas. Dijo que ustedes habían sido vecinos en Polonia. Hasta describió la casa donde vivías, una casa en forma de espiral, llena de escaleras y departamentos. ¿Era así tu casa mamá?

Regina dejó de tejer, para poder dedicarle mayor atención a Sara, que hablaba sin parar.

-¿Que decís Sarita?, ¿te volviste loca?, ¿un hombre que me conoce y conoce a mis hermanas? ¿Con quién hablaste en la calle?. Té dije que no quiero que hables con nadie en la calle. Quiero que vayas derecho a la escuela y que después, vuelvas a tu casa.

Sara insistió y dijo que ese hombre se llamaba León Litvak.

– ¿León Llitvak?, ¡no puede ser!- exclamó Regina -¿Dónde… cómo te encontró ese hombre a vos?

Después de oír el relato de Sara, Regina no pudo seguir hablando. Fue hasta al balcón a fumar un cigarrillo y al cabo de unos minutos, volvió a la sala. Parecía estar habitada por una rara mezcla de felicidad y desconcierto y tras apagar su cigarrillo, le dijo a Sara que deseaba ver a León. En voz muy baja, como si lo que estuviera por decir se tratara de un importante secreto, confesó que había salido con él un par de veces, siendo muy jovencitos los dos Él, había sido el dueño de un almacén del barrio, donde trabajaba toda su familia, y todo el mundo sabía que estaba perdidamente enamorado de ella. Dijo que León era muy tímido pero que además se sentía inferior a los otros hombres que la cortejaban. Caminaba mal, después de haber sufrido graves heridas en una pierna, durante la guerra del 14. Un día que León la invitó a tomar un café, le explicó que sus ojos de tan hermosos que eran, lo intimidaban. Había visto cosas tan horribles en el frente, que de pronto estar junto a una mujer tan bonita, sensible, elegante, perfumada, le parecía que era parte de un sueño .A ella la halagaban sus piropos , lo cual no quitaba que también se sintiera incomoda viendo como la miraba, como si no fuera de este mundo. No quiso darle otra oportunidad cuando volvió a insistir en ir a tomar otro café o hablar con sus padres .León era muy bueno, era observante, pero había sufrido mucho y sentía que con él, no podría ser feliz.

Salomón no tenía que saber nada de lo que estaba pasando. León, había sido uno de sus más insistentes admiradores. Le pidió a Sara que por favor no

mencionara ni una sola palabra sobre el tema delante de su padre, quien continuaba siendo un celoso sin cura.

-Decile que lo espero a las tres de la tarde. A esa hora tu padre está trabajando en el taller de joyería y vamos a poder hablar tranquilos. Claro que quiero verlo, ¡cómo no voy a querer! ¡Si además, sabe que fue lo que pasó con mis hermanas! A lo mejor … él me dice dónde están .Si, seguro que deber ser por eso que quiere hablarme. Que venga mañana mismo por favor.

Por la noche Regina, dio vueltas en la cama de un lado a otro. ¿De qué manera hacer callar los recuerdos?. Soñó con sus hermanas, bellas y luminosas como las había dejado en Varsovia antes de viajar. Allí estaban, Lea, Maia, Katia, Jaia, Vera, agitando sus pañuelos.

La figura de su madre, también apareció en el sueño. Le hablaba.

-¡Mejor no, mejor no Regina! – suplicaba con voz entrecortada.

Al día siguiente, Sara habló con León Litvak en el tranvía. Dijo que podía estar a las tres en su casa, y le pidió que fuera puntual.

Y a las tres en punto, llevando un paquete de masas y un ramo de flores muy hermosas, apareció León Litvak, sin poder ocultar otra vez, su emoción. Sara bajó a corriendo a abrir la puerta, deseando que el encuentro con su madre echara luz a tantos misterios. Pero desde arriba, de pronto, se escuchó a Regina gritando a viva voz.

-¡Mejor no, mejor no! ¡Que no suba, que se vaya!..

Regina completaba la frase que su madre había iniciado en el sueño. Sara no comprendía que estaba ocurriendo. Quería dar alguna excusa pero no hallaba palabras para hacerlo. León Litvak, se mantenía en calma y si parecía entender que era, lo que estaba ocurriendo.

-Dígale a Regina, que los ojos de las mujeres de familia Stein, continúan siendo inolvidables-alcanzó a decir León, antes de irse. Agregó, que viajaría a Denver, donde pensaba radicarse después de haber localizado unos parientes, que se habían salvado de la guerra.

Sara tomó las flores y el paquete de masas que había comprado León para compartir con ellas dos y subió a su casa.

-Mejor no saber Sarita.- dijo Regina sin dar lugar a preguntas de ningún tipo.

La decisión ya estaba tomada. Regina corrió hacia el balcón, donde alcanzó a distinguir la silueta de un hombre alto y flaco que se alejaba lentamente, caminando con dificultad. Los recuerdos vivirían en su memoria y cuando necesitara rescatarlos, las bellas imágenes de su madre y sus hermanas, acudirían siempre, iluminando sus sueños. Esa tarde, Sara puso las flores en un jarrón del comedor, cerca del piano. Cuando Salomón volvió del taller de la calle Libertad, no fue a la cocina, donde su mujer lo esperaba como de costumbre, con la merienda servida. Salomón, se sintió atraído por el perfume de las flores y al llegar al comedor, preguntó, quién las había traído y porqué…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.