100 días del gobierno de Naftali Bennet

El cielo no se cayó: 100 días del gobierno de Naftali Bennet

Presentamos las impresiones iniciales sobre los tres primeros meses de la gestión del actual Gobierno israelí, en la lente del periodista Marcelo Kisilevski. Para empezar, nos dice, descubrimos que había vida luego de Bibi Netanyahu; luego, la política israelí ha vuelto al carril “aburrido” que nunca debería abandonar, con algunas señales de buena gestión. Eso sí, los temas controvertidos -como el conflicto palestino israelí y la relación entre religión y Estado- están en lista de espera. El analista no descarta una nueva escalada cíclica con Gaza, “que pareciera estar insinuándose en estos días, que “es parte del status quo congelado”, y que “no sería de sorprender que ocurra, ahora o más adelante”.
Por Marcelo Kisilevski * – Modiín, Israel

A unos tres meses de asumido el gobierno de Naftali Bennet, podemos sacar una primera conclusión: el cielo no se cayó, como se dice en hebreo. O, dicho más universalmente, hemos descubierto que existía la vida después de Biniamín Netanyahu.
La segunda es que, desde que asumió, la política israelí ha vuelto al carril «aburrido» que nunca debería abandonar. Para llegar a la sección de noticias políticas en los medios hay que esperar a que pasen todas las relativas a la cuarta ola de Covid-19. O bien, seguir a Netanyahu en las redes sociales y escuchar sus peroratas contra el manejo de la crisis por parte de este gobierno, como si él lo hubiera hecho mejor, o siquiera bien.
O sea, hasta las vacunas (esa especie de Deus Ex Machina), el manejo de la pandemia por Netanyahu había sido un desastre, igual que en muchos países, que se resolvía por la cuarentena total o, como está dicho, por las vacunas. Bibi no fue el único líder mundial que fracasó en el piloteo de la pandemia. Pero para decir que la manejó bien, y que Bennet lo hace mal, hay que tener tupé.
Lo más jugoso en estas bucólicas secciones de política en Israel es el intento del Ministro de Justicia, Gideon Sáar de impulsar la ley según la cual un procesado por la Justicia no pueda ser siquiera diputado. Es difícil que se sancione, por ser una ley abiertamente personalista y dirigida contra su adversario y ofensor Netanyahu. Como mucho, da cuenta de la agenda de Sáar, que sueña con volver al Likud y ser millones.
Pero, fuera de ello, los miembros de este gobierno hablan mucho menos, y hacen mucho más. Así lo atestiguan los funcionarios en los ministerios. Dicen que no se daban cuenta de lo mal que estaban hasta que cambió el gobierno. «De repente nos escuchan», es una de las frases. Los ministros se dedican a aprender sus materias y a gobernar, en lugar de aparecer en los medios a toda hora.
Se dijo que, probablemente, la mejor amalgama de este gobierno es la permanencia de Netanyahu en la arena política, pues esta formación tiene mucho de emocional, su agenda era reemplazarlo, y que, una vez logrado esto, habría perdido su raison d’etre. Sólo el peligro de un eventual regreso de Bibi es lo que estaría manteniendo juntos a muy izquierdistas con muy derechistas.
Sigue siendo una buena lectura. Pero hoy no sé si alcanza para explicar un funcionamiento eficiente y un trabajo en equipo, con muestras de cooperación entre ministros muchas veces dispares. Además, la cantidad de ministros, como Yair Lapid en Exteriores, Benny Gantz en Defensa, Ifat Shasha Biton en Educación, o Gideon Sáar en Justicia, cuya formación es acorde a su cartera, sin ser garantía de éxito (o de que compartamos sus líneas de gestión), son una muestra de que la cultura de gobierno es otra.

Las cuestiones candentes, en lista de espera
Eso sí, otra de las condiciones para que este gobierno persista en el tiempo es dedicarse a pandemia, economía e Irán, y dejar de lado todas las cuestiones controvertidas: la resolución del conflicto con los palestinos, los temas ligados a religión y Estado, los casamientos gays, etc. Allí reinará el statu quo, será otro «gobierno de la parálisis», y los que compraron fichas para estos temas, que no las apuesten en esta vuelta de ruleta.
Con vistas al primer encuentro entre el Premier Bennet y el presidente norteamericano Joe Biden, en la tercera semana de agosto, estaba claro que el tema palestino ni siquiera aparecería en la agenda. Como mucho, Bennet planeaba decir que es mejor ir efectuando pequeños actos y gestos en el terreno que mejoren la situación.
Sólo el asunto iraní estuvo en la agenda del encuentro entre ambos líderes. Porque es urgente y porque no hay controversia en el gabinete. Está claro que Israel se opone a un nuevo acuerdo con Irán, en especial con un nuevo presidente, Ebrahim Raísi, que ha conducido el galope tendido hacia la bomba, a pesar de todas las sanciones de Trump. De paso, el manejo de esta crisis fue otro fracaso de Netanyahu, que deja a Irán más cerca que nunca de alcanzar el poderío nuclear.
Pero Bennet no tiene mucho que hacer con eso. Por un lado, explicó a Biden la preocupación israelí y le presentó una idea para frenar a Irán sin necesidad de un nuevo acuerdo. Por otro, no querrá ponerse en contra de un EE.UU. de por sí en retirada del Medio Oriente, ni hacer los mismos berrinches públicos que dedicó Bibi a Obama. El estilo, el interés y el momento histórico, son otros.
Es cierto que las noticias harán a los israelíes seguir pegados a las pantallas. El próximo desafío podría ser una nueva escalada cíclica con Gaza, que pareciera estar insinuándose en estos días. Es parte del «status quo congelado», y no sería de sorprender. Ahora o más adelante. Entonces, los partidos en la coalición deberán decidir su camino.

Salimos de la montaña rusa
Hasta ahora, por lo demás, los desafíos de este gobierno han sido capeados, si no con éxito rotundo, al menos con dignidad. El principal de todos: la aprobación del Presupuesto Nacional por el gabinete israelí, después de tres años sin él, incluido el año y medio de Covid. Sin dejar de ser un gabinete inflado de 32 ministros, el gobierno cerró carteras inútiles del gobierno anterior (que tenía 38), como el Ministerio del Agua. Se decidió la formación de una comisión investigadora sobre la catástrofe del Monte Merón, donde 45 feligreses judíos perdieron la vida. Se aprobó el plan de «Economía Sin CO2 2050». Hubo que capear incendios gigantes en los montes de Jerusalem. La tercera dosis de vacunación, al cierre de estas líneas, ya alcanza a los de 40 años de edad para arriba, y la curva de enfermos graves de Covid se ha estabilizado, mientras el gobierno hace todo por no llegar a una cuarentena en Rosh Hashaná, que impediría nuevamente festejar en familia.
Y así sucesivamente. Todos asuntos así de grises y aburridos, de un país que quiere retomar la marcha sin demasiado estruendo. Cuanto menos, ya no estamos en una montaña rusa que ponía en jaque a toda la institucionalidad israelí. A pesar de la complejidad, de los errores de principiantes, de los problemas no resueltos, del contraproducente congelamiento del proceso de paz, se puede decir que hemos salido de la zona de peligro. Como siempre, hasta nuevo aviso. ¡Shaná Tová Umetuká!

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