Archivo “Aquello que se hablaba, de curación psicoanalítica, no existe. Nadie va a curar a nadie. No se cura nada”

Entrevista / Daniel Feldman

La aparición del Diccionario de Psicoanálisis de Pareja y de Familia fue el pretexto para conversar con dos de sus coordinadores, Ruth Blay Levisky y David Levisky, sobre la vigencia del psicoanálisis, cómo afectó la pandemia a su práctica y qué hay de nuevo en una disciplina centenaria.

 

Ruth Blay Levisky es psicóloga, graduada por el Centro Universitario de las Facultades Metropolitanas Unidas (FMU), con especialización en psicoanálisis de grupo por la Asociación Brasilera de Psicoterapia Analítica de Grupo (ABPAG). También es graduada en Ciencias Biológicas por la Universidad de San Pablo (USP), magister y doctora en Genética Humana y Aconsejamiento Genético por la misma institución. Miembro efectivo y -de 2006 a 2012 del Consejo Director- de la Asociación Internacional de Psicoanálisis de Pareja y de Familia (AIPCF), coordinadora del grupo Vincular desde 2004 y presidenta de la Asociación Brasilera de Psicoanálisis de Pareja y de Familia (ABPCF) entre 2017 y este año. Continúa como integrante de su Consejo Directivo.

David Léo Levisky es psiquiatra. Analista didacta de la Sociedad Brasilera de Psicoanálisis de San Pablo, afiliado a la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), con especialización en las áreas de infancia y adolescencia. Miembro efectivo de la Asociación Internacional de Psicoanálisis de Pareja y Familia y de la Asociación Brasilera de Psicoanálisis de Pareja y Familia. PhD en Historia Social por la Universidad de San Pablo. Fue editor de la Revista Brasileira de Psicanálise. Libros publicados: Adolescência-reflexôes psicoanalíticas; Adolescência e violencia I, II y III; Um monge no divá; Entre elos perdidos; A vida?… É logo ali.

La complementación entre ambos hizo innecesario diferenciar quién dijo cada cosa, así que entremos directamente a la conversación.


En el número anterior informábamos sobre la aparición del Diccionario de Psicoanálisis de Pareja y de Familia.

El libro tiene 603 páginas; son 119 entradas que abarcan una gran parte del campo del psicoanálisis de pareja y familia. El número de entradas es mayor, ya que en cada una hay subdivisiones o subtemas abarcados, amén de palabras correlacionadas en las distintas definiciones. Tuvimos que trabajar bastante, con un amplio grupo de profesionales, para definir esas palabras clave o conceptos a desarrollar.

¿Por qué un diccionario de psicoanálisis?

Una de las respuestas apunta al número de escuelas o corrientes que existe en esta área, como en todas las del psicoanálisis. La misma palabra, muchas veces es utilizada de forma diferente según los autores. Eso no significa que uno esté en lo correcto y otro equivocado; son visiones diferentes, porque las propias palabras permiten eso. Incluso aún en el caso de significados muy próximos, esto no implica que sean lo mismo. Frente a la complejidad y diversidad de conceptos existentes en el área de psicoanálisis de pareja y familia, y ante la inexistencia en portugués de algún libro que tomara se abordaje, de conceptualizar el sentido de la palabra -ver su etimología, estudiar la evolución histórica del concepto, las referencias bibliográficas-, identificamos la necesidad del material. En Argentina existe un diccionario, pero con otro perfil y bastante antiguo. Nos inspiramos en el clásico Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis. Los coordinadores fuimos tres: nosotros dos junto a la psicóloga y psicoanalista Maria Luiza Dias, fundadora de la Asociación Brasilera de Terapia Familiar (ABRATEF) y de la Asociación Brasilera de Psicoanálisis de Pareja y de Familia (ABPCF). Identificamos a quiénes eran los que en Brasil trabajaban en el área, y dentro de estos quiénes tenían mayor afinidad con cada tema. Incluyéndonos a nosotros tres, reunimos a 45 personas. Todavía hay Estados de Brasil que no tienen especialistas en el tema.

¿La edición es solo en papel o también está disponible en formato ebook?

Está disponible, sí; se puede encontrar en Amazon. Muchos colegas de Portugal, con los que tenemos mucho contacto, ya se hicieron con la edición digital. Lo que ahora estamos analizando es si encaramos una traducción. Podría ser interesante.

¿A qué idioma?

Bueno, ahí hay un dilema. ¿A qué idioma se traduciría en primera instancia? Teóricamente, el inglés sería la lengua internacional, pero, por otro lado, dentro de la bibliografía de psicoanálisis de pareja y de familia, la mayoría de los artículos más relevantes son de Francia y de Argentina; también hay de Uruguay, de la Asociación Uruguaya de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. Estamos analizando la posibilidad.

El título del Diccionario refiere a psicoanálisis de familia. ¿Cómo ha evolucionado el concepto de familia? ¿Qué es la familia hoy? Obviamente, no es la misma de cuando nosotros éramos niños, ni menos la de la época de la práctica profesional de Freud. También ha variado la definición de pareja. Unas décadas atrás, la pareja se la concebía para toda la vida.

La pareja estaba constituida por un hombre y una mujer, y la familia se constituía con los agregados y correlatos consanguíneos. La filiación directa y los afiliados que, en forma indirecta, se incorporaban. Hoy, eso no sirve más, es totalmente anacrónico. En primer lugar, ya no es más necesariamente un hombre y una mujer; puedes tener una pareja homoafectiva. Las relaciones de sangre dejaron de tener su relevancia porque hay otras formas nuevas de vínculo, que dan sentido a la familia actual. La siguiente es la definición de familia que postulamos en el Diccionario: es un espacio vincular, íntimo, construido por sentimientos de compromisos afectivos recíprocos y de complicidad, de cualquier naturaleza, amorosos o perversos, que pretenden ser de larga duración. Estos vínculos se establecen a partir de la filiación y afiliación, y pueden tener varias configuraciones en su organización dinámica, independientemente de los géneros, y varían de acuerdo al momento histórico y cultural. La transmisión de herencias, a pesar de las transformaciones y mutaciones que puedan venir a suceder a lo largo de la historia, garantizan la continuidad del espacio familiar. En este espacio de intercambios afectivos, suceden identificaciones, alianzas inconscientes y conscientes, adquisiciones de comportamientos, valores culturales, éticos y morales fundamentales para el desenvolvimiento de la personalidad individual y grupal. Ese es nuestro concepto de familia en los tiempos actuales, desde el punto de vista psicológico. Lo que define y da consistencia a la familia es su extensión temporal. No es ni hasta que la muerte nos separe ni mientras dure el amor, sino mientras dure el vínculo entre las personas comprendidas.

Otra cosa, es la herencia de valores y modelos, que pasan de una generación a otra. Son cosas inconscientes, que se transmiten y garantizan la sobrevivencia de la familia. Es una línea de continuidad de esas relaciones. Estamos entonces ante una visión actual y moderna del concepto de familia. No niega las visiones anteriores, pero agrega esa configuración que se adquiere en forma independiente de la herencia de sangre.

Sin embargo, da la sensación que, por lo menos en ciertos ámbitos, es una idea que está en disputa frente a la concepción tradicional -y tradicionalista- de la familia.

Por supuesto. No se trata de un concepto universal e incuestionable. Y es una característica de la que quisimos dotar al Diccionario: que no tuviera nada incuestionable. Se trata de un elemento vivo, que puede ser reconfigurado a lo largo del tiempo. Cada una de las entradas que seleccionamos tienen sentidos diferentes en el tiempo y en la cultura donde suceden.

Hacia ahí vamos. Cuando elaboran, por ejemplo, la definición de familia que se describió más arriba, ella es fruto de vuestra experiencia en la terapia, ¿no?

Exactamente. Es extraída de la clínica, no de una fantasía.

Más allá de que la fantasía pueda jugar su papel.

Jajaja, cierto; la fantasía está presente. Pero la idea es que el concepto no es rígido, sirve para ese momento histórico. Si uno pensara en la revolución científica, con cuestiones por ejemplo como la reproducción asistida, parejas homoafectivas queriendo tener hijos, familias monoparentales, todo eso interfiere en el concepto de familia. Hoy en día tenemos muchas mujeres que crían solas a sus hijos, y son una familia.

¿Cómo esos cambios que ustedes están percibiendo reflejan una realidad, pero al mismo tiempo tienen influencia en esa realidad? Por ejemplo, y voy a tomar algo totalmente alejado de la ciencia: si uno busca una vivienda, una enorme cantidad -me atrevería a decir que la mayoría- de los apartamentos recientemente construidos, son monoambientes o de un dormitorio y del entorno de 40 metros cuadrados. Están pensados para un tipo diferente de familia al de hace un tiempo. Da la sensación que hay una retroalimentación entre los cambios y la realidad.

Estás tocando un punto central de nuestro trabajo y del intento de comprensión de la mente humana. El psicoanálisis tradicional estudiaba lo intrapsíquico. Como el objeto -es decir las actividades simbólicas- y cada sujeto se organizaban teniendo influencias del mundo exterior, pero sin considerarlo. Cuando cursamos nuestros estudios, los profesores decían “el medioambiente es igual para todo el mundo. Este no importa; lo que importa es cómo el sujeto trabaja con esto dentro de su cabeza y cómo se organiza”. El mundo freudiano era intrapsíquico, a pesar de que Freud nunca excluyó el mundo externo ni sus influencias. Las escuelas posteriores trataron de focalizarse en la organización interna del mundo del sujeto. El ello, el yo y el superyó. Toda esa estructuración interna no es solo del sujeto. Por ejemplo, si tomamos la relación de la madre con el bebé. Este solo existe de la manera que lo hace en función de la relación que establece con la madre, y de la manera como la madre lo vive: las fantasías que ella tiene en relación con el bebé, y las fantasías de este en relación a la madre.

El psicoanálisis de pareja y de familia -la escuela argentina tuvo mucha importancia en eso; después se incorporó la escuela francesa- estudió ese espacio que se crea entre la intersubjetividad; lo interpsíquico. Mientras que Freud estudiaba lo intrapsíquico, se pasó a observar lo que sucede cuando dos personas están en relación, cada cual con su intrapsiquis, y qué sucede en el espacio común creado entre ellas, el interpsíquico.

Entonces, ¿está superado Freud o presenciamos una reelaboración?

Vamos evitar hablar de si está superado, porque eso implicaría un juicio y asumir que lo nuestro es mejor. Digamos que estamos en una ampliación. No existiría este pensamiento si no hubiera existido Freud.

Hoy, dentro del psicoanálisis vincular, se entiende que el aparato psíquico está formado por lo intrapsíquico (el mundo interno del sujeto), lo interpsíquico (la relación entre los sujetos) y lo transpsíquico (la cultura). La relación entre esos tres espacios forma ese aparato psíquico.

Tomemos como ejemplo la clínica psicoanalítica. Hubo épocas en que el analista se sentía como un microscopio en relación al objeto de investigación, y era ajeno al fenómeno estudiado. Con el tiempo se comprobó que esto no era cierto; la lectura que hacía del psiquismo de la persona tenía que ver con la lectura de su condición psíquica. Entonces, el analista A y el analista B podían ver el mismo fenómeno de formas diferentes. La tal neutralidad psicoanalítica preconizada por Freud se fue modificando, en el sentido de que el psicoanalista no es neutral o no está exento de interferir en el proceso de análisis. Hoy se considera que, cuanto mejor el analista conozca sus características y las del paciente, va a trabajar mejor, no solo con el paciente, con lo que este desencadena en el analista, sino también en el tipo de dupla que se conforma, que es diferente. Un día el analista está de buen humor, y es una cosa; otro día tuvo una pelea familiar, y está en la sesión con otra disposición.

¿Es como si estuviese reconociendo e incorporando su propia subjetividad en el proceso?

Exactamente. E intentando leer lo que es posible de su propia subjetividad.

Uno tiene la imagen del psicoanálisis convencional, con el paciente acostado, sin mirar al analista. ¿Cómo es el psicoanálisis que ustedes hacen, con parejas y con familias? ¿Cómo es la práctica?

No es posible tener un diván para cada uno de los miembros de la familia, jajajaja.

¿Se trabaja en conjunto, por separado, de las dos maneras?

Hay líneas más rígidas, como en todas las disciplinas, y las hay más flexibles. Si nos preguntas por nuestra forma de trabajo, somos flexibles. ¿Qué pasa si no consigues traer a toda la familia a la sesión? Sería deseable que vinieran todos, pero eso no significa que se consiga. Hay técnicas para ir incorporando a todos. Hay un fenómeno muy interesante, que se denomina “paciente identificado”.

¿Qué es?

A veces la familia busca al profesional a causa de un hijo. No va a clase, no duerme, presenta comportamientos delictivos, etc. Ahí se descubre que el problema de ese muchacho o esa muchacha está en él, pero no es solo de él o de ella. Es la pantalla de proyección de conflictos de la familia. Esta persona viene a la terapia; es aparentemente el problema. Se comienza a trabajar, y se descubre que es la consecuencia de un conflicto aún mayor. Ahí, se va conversando -hay toda una serie de protocolos éticos- y se invita a la familia. Se intenta sacar el foco de él, porque hay muchas cosas interactuando e interfiriendo, y en general, en estos casos, los padres tienden a querer mirar solo ese punto y ese problema puntual, cuando en realidad la problemática es mucho más amplia.

Ustedes ya hace años que vienen trabajando en esa línea. ¿Cómo influyó la pandemia en la forma de trabajo? Fue algo totalmente inesperado.

Acá podemos tener diferencias entre nosotros, pero diría que la pandemia fue una gran contribución para desarrollar la creatividad de los profesionales. La pandemia en conjunto con la tecnología. Ruth ya trabajaba a través de Internet mucho antes de declararse la pandemia. Hubo que enfrentar mucha resistencia a la innovación. Al comienzo era una transgresora, y corrió riesgos de procesos éticos. Pero después se fue confirmando que, en algunos casos, era el único camino viable para poder reunir a una familia.

Comencé a partir de una paciente que se mudó a Europa. Después de un año de residir en el extranjero, me buscó. Estaba deprimida, quería conversar, y lo hice un poco, por teléfono en esa época. No existían aún ninguna de las aplicaciones actuales. Mi intención era encontrar el nombre de algún colega de donde ella estaba residiendo, para derivarla. Ella me dijo: “no, yo quiero hablar con usted, no quiero hacerlo con otra persona”. “Pero ¿cómo te voy a analizar por teléfono?”, le planteé. “Es lo que tenemos y es lo que quiero”, respondió. En ese entonces, estaba prohibido por el Consejo Federal de Psicología hacer terapia a distancia. Eso fue reglamentado poquísimo tiempo antes de que se desencadenara la pandemia. Comenzó a aceptarse porque muchos colegas comenzaron a trabajar con pacientes que se mudaron de ciudad o de país. Era necesaria una autorización del Consejo Federal de Psicología para un número equis y limitado de sesiones. Con la pandemia hubo que regularizar todo eso. Entonces, si tomas las trasformaciones históricas dentro de los consejos federales, se puede ver que hubo una transformación frente a las necesidades del medio.

¿Perdieron pacientes con la pandemia?

No, y recibimos algunos nuevos; algunos con los que hasta ahora no hemos tenido contacto personal… y te digo que funciona súper bien. Depende fundamentalmente de dos cosas: de la flexibilidad mental del analista, de poder adaptarse y crear nuevos medios; y de la voluntad del paciente de querer hacer el análisis de esa manera.

Entonces, ¿esta nueva modalidad vino para quedarse? Supongamos que mañana se acaba la pandemia, podemos retornar a nuestros hábitos anteriores, pero esto no desaparece, va a convivir con los otros métodos.

Sí. Teníamos el ejemplo de la paciente que se mudó de país. Trabajo con una familia que uno de los hijos vive en Estados Unidos; otro en San Pablo y otro en una ciudad del interior del Estado. Los padres viven en otra ciudad. Son cinco personas, y se trataba de una familia que estaba fragmentada. Ya hacía unos años que no se encontraban, por peleas familiares. El que vive en Estados Unidos me contactó, y tuvimos algunas sesiones individuales, pero me planteó que no podía imaginar su vida pensando que no volvería a hablar con sus padres. Se dio un proceso en que él habló por su lado con los padres, y yo lo hice por el mío. Creamos un código de cómo íbamos a conversar. En un determinado momento se marcó un encuentro de la familia. Uno de los hermanos no quería participar; pasaron dos o tres meses en que no lo hizo, hasta que un día resolvió integrarse. Hoy participan todos, y la familia viene descubriendo un placer en el encuentro. Claro que pelean mucho, son muy intensas las sesiones, hay muchas heridas. Ese era uno de los problemas: permanecían en el pasado y no conseguían organizar el presente, como si hubiera que resolver cuestiones del pasado que en realidad son insolubles. Hoy se están respetando más y comienzan a tener cierto nivel de comunicación entre ellos, por fuera de la sesión de análisis. En medio de eso, uno también está aprendiendo a percibir fenómenos que antes no lo hacía.

¿Por ejemplo?

Hacer lecturas de lo que acontece en la pantalla. Es como aquel que aprende a leer una placa de rayos X. Recuerdo la primera vez que miré una placa de rayos X, y lo que vi fue un montón de manchas. No sabía identificar nada. Con el tiempo fui aprendiendo a leer las múltiples imágenes que estaban presentes en la placa. Volviendo a lo nuestro: creo que estamos aprendiendo a percibir en la pantalla comportamientos de los pacientes. Yo salí a buscar un café, el paciente fue a buscar una galletita… todo eso pasa a ser parte de la relación analítica. Incluso el local donde está el paciente, cómo está vestido.

Esta nueva modalidad abre la puerta a una variedad de situaciones que antes no estaban presentes.

Antiguamente se hablaba del setting analítico, el encuadre. Había un muy buen analista inglés -eso no significa que no fuera loco, jaja- que tenía tres trajes iguales, para no influenciar al paciente con un eventual cambio de vestimenta. El paciente no sabía que podía haber cambiado de traje, y el analista tenía la impresión de que eso era importante. El consultorio no tenía nada que pudiera distraer, era como una sala quirúrgica, aséptica. Es una locura; la sala aséptica también da pie a fantasías. ¡Pah!, el analista este nunca se cambia de ropa, siempre está igual, hace tres años está siempre con el mismo traje, no tiene dinero… mil cuestiones entran en la cabeza. Entonces hoy, como te decíamos, estamos aprendiendo a hacer también el análisis de lo que sucede en la pantalla. En análisis de familia se trabaja con imagen, pero a nivel individual hay pacientes que no quieren trabajar con imagen. Estamos aprendiendo a hacer la lectura de síntomas y señales que antes no se tenían en cuenta. Al comienzo, una de las quejas más frecuente de los analistas refería al cansancio. Estar muchas horas frente a la pantalla producía un cansancio importante, mucho mayor que el del contacto personal, que era más vivo y dinámico. Creo que ahora ya estamos acostumbrados. Es interesante ver también cómo cada analista vive esta situación. Están los que se preocupan en armar una especie de escenario, por ejemplo, con libros de fondo, y están los que no.

Sucedió una cosa interesante. En un viaje a Rusia, compré una botella de vodka cuya marca era mi apellido. Atendía a una pareja en la que el hombre tenía problemas de alcoholismo. La botella estaba en un estante, detrás de mí, y era captada permanentemente por la cámara. ¡Pucha! Esa botella fue tema permanente en varias sesiones. Si yo bebía; si mucho, si poco; qué representaba aquello. En el análisis presencial también hay cosas que influyen y son percibidas. Si cambié de marca de desodorante o de corte de pelo, el paciente lo percibe. La relación analista – paciente también se va modificando a lo largo de la historia. Ya no es tan formal y distante, a pesar de que no se debe perder eso que denomino “setting mental”. La capacidad de observar, realizar el encuadre, donde el foco está en el funcionamiento del sujeto; en este caso en relación con la familia. Hay una expresión, que aparece en el diccionario: psiquismo grupal.

¿A qué refiere?

Cómo es que ese grupo funciona consciente e inconscientemente cuando está reunido. Hay familias que, cuando se reúnen, uno sabe que en algún momento va a surgir la pelea. Uno está esperando el momento en que alguno va a tocar determinado punto que desencadenará la animosidad.

Y la familia se reúne sabiendo que eso va a suceder.

Efectivamente. Y alguien va a ser el disparador. Hace a la familia. En las fiestas es algo bastante frecuente. El mundo mental es un caleidoscopio; dependiendo de cómo lo gires, crea diferentes configuraciones. El arte es identificar esto; no se trata de corregirlo. Va a vivir mejor aquel que aprenda a lidiar con las diferentes configuraciones que la menta es capaz de organizar.

Eso es interesante: la terapia no está dirigida a corregir sino a poder convivir con esas configuraciones.

Exactamente. Tocaste en el punto central: aquello que se hablaba, de curación psicoanalítica, no existe. Nadie va a curar a nadie. No se cura nada. Lo que sí puede suceder es que, al percibir su conflicto, o en el caso de la familia al percibir cómo está usando a otro como depositario de una cosa propia, o cuáles son los mecanismos de defensa que se están utilizando, se da oportunidad de atenuar o hasta dejar de usar aquello. No significa que eso dejó de existir. Pudo tener una camisa que dejé de usar. No significa que la camisa no exista; está ahí. En algún momento puede emerger nuevamente.

Entonces, ¿tenía razón aquel chiste del hombre, ya adulto, que va al psicólogo porque se orina, y cuando le preguntan si dejó de hacerlo responde que no, pero que ahora lo tiene asumido?

Jaja; en parte. Puede parar de orinarse. Imagina que se orinaba porque en sus sueños agredía a su padre o a su madre. Hoy, es capaz de decir: papá, mamá, no me gusta cuando me tratan de esa manera, me da mucha rabia. El fenómeno que aparecía con la orina, deja de tener sentido porque puede manifestar el conflicto de forma simbólica. No implica que los afectos que están en el inconsciente dejaron de existir; hoy tiene mayor consciencia de esos afectos y pueda descargar como síntoma o transformar eso en un elemento simbólico. Patea una lata o una pelota, hace un dibujo, escribe un libro… descarga aquello de una manera más trabajada, menos impulsiva. El sentido de curación no es de eliminación del fenómeno sino de lidiar mejor con él.

Vea aquí una muestra del libro

 

DANIEL FELDMAN

Director de CONTRATAPA

 

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