EL FIN DE LA REVOLUCION CUBANA

EL PRINCIPIO DEL FIN EN CUBA
Alberto Mazor
El pasado domingo estalló en Cuba lo que nunca hubiésemos imaginado: una rebelión popular contra el régimen. Nadie, absolutamente nadie, lo había previsto, ni siquiera la disidencia del interior. Cuba lleva 60 años de lo que eufemísticamente se conoce como revolución, pero que no es más que una dictadura de partido único, el comunista, que se hizo con el poder tras una breve guerra civil que tuvo lugar entre 1957 y 1959, y que desde entonces acapara todo el poder.
Esa dictadura durante más de medio siglo tuvo un nombre propio, castrismo, por el apellido de Fidel Castro, un revolucionario un tanto oportunista que acaudilló las guerrillas contra la dictadura de Fulgencio Batista. Tras él llegó su hermano que, ya enfermo y achacoso, hace año y medio dejó paso a Miguel Díaz-Canel, un burócrata del partido obligado por las circunstancias a realizar reformas urgentes.
Durante estas seis largas décadas el castrismo ha descrito tres etapas bien diferenciadas. Durante la primera, que fue de 1959 a 1991, el país orbitó en torno a la Unión Soviética, de la que recibía un generoso subsidio económico. Cuba se encuentra a sólo un centenar de kilómetros de las costas de Florida por lo que, en plena guerra fría, los jerarcas del Kremlin mimaron a gobierno de Castro concediéndole todo lo que pedía.
Tras el colapso del imperio soviético dio comienzo el llamado periodo especial. Cuba se sumió en la más abyecta miseria durante diez años. Faltaba de todo, pero el régimen estaba bien asentado y el partido comunista pudo aferrarse al poder gracias en parte a la condescendencia de buena parte de los países occidentales, incluidos muchos de Hispanoamérica.
La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1998, en lo más duro del periodo especial cubano, supuso una tabla de salvación para los hermanos Castro que ejercían una influencia notable sobre el nuevo presidente venezolano. A partir de ese momento comenzó la etapa bolivariana. El subsidio esta vez llegó de la costa sur del Caribe. El gobierno de Chávez primero y de Maduro después, completamente infiltrado de agentes de la inteligencia cubana, se deshicieron en atenciones al régimen castrista. Les entregaban petróleo crudo para su reventa y hacían millonarias transferencias al gobierno cubano en pago por servicios médicos que los doctores cubanos prestaban en el país. La etapa bolivariana permitió también que la isla quedase conectada a internet gracias a un cable submarino financiado por Venezuela.
El acceso a la red, primero muy controlado y luego ya de ámbito más general a través de los teléfonos móviles, ha abierto el mundo a los cubanos. Muchos han visto que lo suyo es una excepción, que ningún otro país hispanoamericano por muy pobre que sea tiene que soportar una dictadura de partido único; que, salvo quizá Venezuela, no hay otro caso en el que todo esté controlado por el gobierno, empezando por las vidas privadas de los propios cubanos, siempre temerosos de la seguridad del Estado y de los delatores de los comités de defensa de la revolución.
El régimen no sólo ha envejecido mal, es que por primera vez los cubanos han advertido lo que la revolución les ha robado durante varias generaciones.
La propaganda, siempre muy intensa en el interior de la isla, no puede competir con las divisas de los turistas, la televisión vía satélite, los videoclips musicales de los artistas puertorriqueños y los contenidos de todo tipo que llegan del resto del mundo vía internet hasta los teléfonos móviles.
No funciona ya la mística revolucionaria como la apelación continua a la figura del Che o las alabanzas a un líder carismático que cría malvas desde hace cinco años en un cementerio de Santiago de Cuba. La cubana es, por deseo expreso del partido comunista, una sociedad aislada como lo fue la birmana o lo es la norcoreana. Pero Cuba no es Birmania. Cultural y espiritualmente pertenece a una comunidad mucho más grande, la de habla hispana, un espejo en el que una mayoría creciente de cubanos se miran.
En el extranjero, mayormente en Estados Unidos, residen los cerca de dos millones de cubanos que conforman una diáspora que nació a raíz del triunfo de la revolución. Hasta ese momento Cuba era una isla que recibía inmigrantes de Europa y otras partes de América. Fue la revolución la que expulsó de su patria a casi el 20% de los cubanos. Esa diáspora ha sido fundamental para la subsistencia económica del régimen castrista. Sin las remesas y los envíos de alimentos y medicinas desde Estados Unidos y Europa la economía cubana habría colapsado mucho antes. Los dólares y euros que corren velozmente por las ciudades cubanas activando la economía nacional provienen en buena medida de lo que remiten periódicamente los cubanos del exterior para ayudar a sus familiares.
El fin del subsidio bolivariano ha puesto a la isla ante la perspectiva de un segundo periodo especial, pero esta vez sin Fidel, con la revolución muy lejana en el tiempo y la información libre circulando velozmente de cubano en cubano. La situación es tan delicada que, de un tiempo a esta parte, las protestas no son infrecuentes. La inmensa mayoría de la población vive en la pobreza más profunda mientras que la minúscula élite gobernante, formada por los altos cargos del partido y los oficiales del ejército, se beneficia de un aparato estatal hipertrofiado que absorbe casi todas las divisas que entran en el país.
Lo que sucedió el pasado fin de semana fue, con todo, algo inusual, ya que se surgió de manera espontánea y se expandió rápidamente por toda la isla conforme se iba difundiendo por las redes sociales y a través de aplicaciones muy populares como Telegram. Por mucho que insista el gobierno, empeñado en repetir el mismo verso del enemigo exterior, las protestas ni fueron planificadas con antelación ni estuvieron organizadas. Los cubanos se congregaron en las calles para manifestar su hartazgo al estado de extrema necesidad en el que viven, para protestar por la escasez generalizada de alimentos y medicamentos, y por los continuos apagones diarios que dejan las ciudades y pueblos de la isla a oscuras varias veces al día.
Se dio, además, un fenómeno curioso. Los manifestantes tomaron los mantras habituales de la propaganda oficial y les dieron la vuelta. Mientras arrojaban piedras a la policía entonaban la canción rap Patria y Vida compuesta hace sólo unos meses por dos jóvenes artistas cubanos. No ha sido algo casual, decir patria y vida en Cuba va cargado de significado político. Es una forma de repudiar abiertamente el lema Patria o Muerte que Fidel repetía sin cesar y que es omnipresente en la propaganda oficial.
Las canciones de moda que llegan desde Puerto Rico o Miami son siempre inoportunas, las redes sociales son peligrosas para la dictadura porque permiten que las personas compartan su descontento y sientan que no están solas.
Esto hace 25 años habría sido impensable porque la información entraba con cuentagotas en la isla y además Fidel estaba vivo. Hoy sólo queda su hermano Raúl, un nonagenario enfermo que nunca fue popular. Su sucesor, Miguel Díaz-Canel, no tiene ninguna legitimidad más allá de la que le da el control de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia. El riesgo que asumen los manifestantes a ser detenidos es una señal de que sus padecimientos son tan grandes que la mayoría de los cubanos no tiene nada que perder.
Lo que aún no está claro es si este brote imprevisto de furia popular permanecerá o será aplastado sin miramientos como todos los que le han precedido en años anteriores.
El régimen prefiere no asumir riesgos innecesarios. Díaz-Canel ha puesto al ejército en la calle y el ministerio del Interior ha dado carta blanca a los agentes de policía para que frenen en seco las protestas con lo que haga falta, ya sean detenciones, torturas o asesinatos extrajudiciales. Quieren, además, involucrar a la sociedad civil en este asunto.
El domingo pasado Díaz-Canel apeló a los “revolucionarios”, para que tomasen las calles y se enfrentasen a los manifestantes. Estas turbas, organizadas por el partido y con el apoyo directo de la policía son tristemente comunes en Cuba. El régimen siempre ha utilizado a sus afines para controlar la calle y nutrirse de información de primera mano. Los actos de repudio hacia un poeta, un periodista o cualquiera que haya osado significarse contra el gobierno se cuentan por miles desde los orígenes mismos del castrismo. Esa maquinaria bien engrasada de informantes y de matones voluntarios a los que se puede comprar con algo de comida se ha puesto ya a funcionar. No dejará de hacerlo porque Díaz-Canel y los suyos, a diferencia del cubano de a pie, si que tiene mucho que perder.
Toca pues apelar a la comunidad internacional para que presione todo lo que le sea posible. Ni Estados Unidos, ni Europa ni, ni la OEA, ni el resto de la comunidad hispana pueden imponer su criterio en Cuba, pero si condicionar la ayuda internacional al respeto a los derechos humanos y la apertura política y económica del régimen.
No hay nada que justifique una dictadura como la que ejerce el gobierno cubano sobre su pueblo. Se debería volver al apaciguamiento de la era Barack Obama, que facilitó los viajes y el comercio con Estados Unidos, aunque no consiguió reforma política o económica alguna.
El régimen es mucho más vulnerable desde que Donald Trump restauró algunas sanciones estadounidenses y sus aliados en Venezuela ya no pueden proporcionar petróleo para mantener las luces encendidas y a los militares bien alimentados.
Depende del gobierno de Estados Unidos que se acaben las restricciones financieras al régimen, pero que se impongan sanciones ejemplares a los que violen los derechos humanos en Cuba.
Las probabilidades de una genuina revolución que devuelva la libertad a Cuba después de 60 años de dictadura son hoy por hoy remotas, pero es posible que, si los cubanos perseveran y encuentran un decidido apoyo exterior, la pesadilla que ellos vivencian acabe esta misma década.

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