“BAILANDO CON EL CLIENTE”, UN CUENTO DE BERTA SUSANA BRUNFMAN

Elba era viuda, no tenía hijos y trabajaba como encargada de un negocio de ropa deportiva, instalado en una galería, de la avenida Cabildo. Cuando obtuvo su puesto andaba por los treinta y cinco y de eso ya habían pasado diez años. Continuaba siendo tan responsable y exigente en su trabajo, como el primer día. Tanto tiempo dedicándose a la venta le permitían jactarse de su experiencia en el rubro y a los empleados no se cansaba de repetirles que el cliente era un rey a quien había que atender como tal, para que regresara y recomendara, la marca que vendían.

Elba sabía que algunos empleados se burlaban a sus espaldas, imitándole la voz, los gestos y sus repetidas frases. Algunos la llamaban la bruja, la amarga fiesta, la mal atendida. Poco le importaba que hicieran eso, porque si cumplían sus órdenes y vendían, todo estaba bien. Una tarde entró al negocio, un cliente que exigió ser atendido por ella. Tenía amplia sonrisa, y vestía de impecable traje gris. Su abundante y oscura melena llevada hacia atrás, brillaba en demasía a causa del gel, con el que había sido tratada.

Mirándolo con atención, Elba le encontró gran parecido con Carlos Gardel. Enseguida pensó que no iban con su estilo las zapatillas que pretendía, las más caras del local, y según su criterio, unas que debería lucir un verdadero deportista, cuestión que el cliente, no daba impresión de ser. No quiso atenderlo porque estaba marcando precios, y eso exigía mucha concentración. Pero él, parecía no entender razones. -Soy la encargada -le dijo, mientras continuaba haciendo lo suyo- pídale a alguno de los empleados que lo atienda por favor, si es tan amable. Fue imposible desalentarlo. Siguió pataleando como un chico encaprichado, y sostuvo que se la veía disponible. Quien se creía que era, pensó Elba. Ningún cliente había sido tan prepotente, aunque recordaba las manías y las provocaciones de alguno que otro, al que había logrado poner en su lugar.

Las zapatillas que deseaba estaban exhibidas en el estante más alto, de todo el negocio. -Espere que busco una escalera-dijo, accediendo finalmente- hace mucho que no hago esto. Como le expliqué soy encargada y estoy ocupándome de algo importante. Hay empleados más jóvenes que se suben a las escaleras, pero en fin… El cliente tiene razón y hay que complacerlo, se repetía mentalmente, subiendo cada peldaño de la tambaleante escalera. De pronto, trastabilló, y fue a parar a los brazos de aquel hombre que parecía recibirla con sumo placer. Los empleados, no podían creer lo que estaban viendo. Mientras se probaba las zapatillas, el cliente le dijo a Elba en voz baja, que le gustaba mucho, y que sus esculpidas piernas que habían revelado insólita perfección, tratando de alcanzar su requerimiento, eran sin duda las piernas de una mujer que debía darse dique, bailando tango.

Ella replicó que el piropo le resultaba demasiado grande y que bailar tango, en su vida, era una asignatura pendiente, aunque no creía tener condiciones para hacerlo bien. Cuando llegaron a la caja, el cliente confesó que no deseaba llevar esas zapatillas. -En realidad, salí a buscar otra cosa-dijo- un buen par de zapatos, para bailar tango. Pero claro, te vi desde afuera y me dije, yo a esa morocha la tengo que conocer. Tenés unos ojos verdes que irradian un brillo especial. Te lo habrán dicho muchas veces. -Lo bien que hace en comprar un par de zapatos para bailar tango y no estas zapatillas – respondió Elba, haciendo caso omiso a los continuos piropos-Bailar tango es más lindo que correr. ¿Qué hacemos entonces? El asunto era no contradecir al cliente y lo estaba llevando bien. Pensó que, aquello de que era más divertido bailar que correr, había estado demás. No le concernía. Tampoco saber si por culpa suya, había decidido entrar al local. -Mañana te invitó a una milonga y después a cenar -dijo él, de pronto, tomándola por sorpresa. Los empleados miraban de costado, sin desatender su trabajo. No cabía duda de que algo extraño sucedía. Las zapatillas continuaban sobre el mostrador, reclamando que se resolviera su destino. Lo que ocurrió después, fue tema de conversación de los empleados, por muchos días. Es que, el cliente, tomó de la cintura a Elba y tarareando un tango canción, que reveló su afinada voz, giró junto a ella bailando, hasta llegar a la puerta del negocio.

Elba sin oponerse, se dejó llevar y sonreía. Nunca se la había visto sonreír así. -Nos vemos morocha, voy a volver- dijo después, soltándola y enderezando el nudo de su corbata.

Cuando se fue, Elba lo siguió con la mirada por un rato. Los empleados parecían estar esperando una explicación, y algunas personas que permanecían en el local, aplaudían. -¡Hay cada loco! – les dijo Elba a los empleados, cuando estuvieron a solas-cuestión de seguirles la corriente un poco. Quería unas zapatillas que vio en la vidriera y se arrepintió. Yo…cumplí con lo que digo, el cliente siempre tiene razón y no hay que contradecirlo. Por eso…bailé con él.

Esa noche al entrar a su departamento, Elba tiró la cartera sobre el sillón y no se apuró en ir a la cocina para preparar la cena. Se paró frente a un enorme espejo imaginando que ya se hallaba en una milonga, y entonces, hizo ademán de abrazar a un compañero que sabía llevarla por los caminos del dos por cuatro. Estaba encendida y comprendió que aquel breve pasaje de cortes y quebradas que había surgido espontáneamente en el local, le susurraba entre las piernas, marcando los compases de un tango, bien bailado… “Criollita de mi pueblo”.

*Destacada escritora argentina, cultora de un estilo íntimamente comprometido con las más elevadas expresiones de la cultura ciudadana y el acervo idiosincrásico tanguero. Es autora de un sinnúmero de cuentos difundidos en distintos espacios y publicaciones de su país.

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