A pesar de sus logros, la filosofía occidental no volvió a despegar hasta que no se hubo librado de la tutela de la Iglesia.

Confesiones de un filósofo

Emilio de Miguel Calabiael   

(Bryan Magee)

A pesar de sus logros, la filosofía occidental no volvió a despegar hasta que no se hubo librado de la tutela de la Iglesia. De los filósofos post-escolásticos, el primero que le interesa es Descartes. Lo más destacable del pensamiento de Descartes, es que intenta dar respuesta a una de las grandes cuestiones filosóficas sin responder: si todo lo que experimento son estados mentales, si no puedo conocer directamente el universo que está ahí afuera, sino que mi experiencia de él es siempre mediada por mis sentidos y reproducida en el interior de mi cabeza, ¿cómo sé que existe el mundo fenoménico y que no es una creación de mi mente?

Descartes opta por dudar de todo. Después de haber analizado el mundo, encuentra una única certeza inatacable: no puedo dudar de que yo, que pienso, existo, incluso si el contenido de mis pensamientos está equivocado. El hecho de que sea consciente de mi existencia prueba que debo de existir. Por otro lado, si yo, que soy limitado, tengo el concepto de un ser que es consciente como yo, pero ilimitado (Dios), dicho ser debe de existir y debe de haberme infundido con ese concepto, porque lo limitado no puede dar origen a lo ilimitado.

Spinoza abordó la misma cuestion desde un planteamiento panteísta. La totalidad de lo que hay es lo único que no puede ser explicado con referencia a otra cosa. Debe de ser autosubsistente y la única causa incausada. Si la sustancia es aquello que no requiere de otra cosa que de sí mismo para existir, esta totalidad sería la única sustancia. Me resulta curioso, porque escuela budista madhyamaka mantiene la posición opuesta a la de Spinoza. Nada de lo que existe tiene existencia intrínseca; hasta ahí Spinoza estaría de acuerdo. Pero resulta que para los madhyamikas tampoco la totalidad de lo que hay tiene existencia intrínseca. Aquí Spinoza les habría hecho una pedorreta.

Todas las cosas dependen de esa totalidad, la cual no depende de otra cosa para existir. Es evidente que esa totalidad de la que habla Spinoza es Dios. Dios puede tener un infinito número de atributos, pero la razón humana sólo puede aprehender dos: el pensamiento y la extensión, entendida ésta como el hecho de ocupar un espacio; dicho de otra manera, mente y materia. Allí donde Descartes era dualista y distinguía entre la mente, de cuya existencia puedo estar seguro, y el mundo fenoménico, Spinoza es monista: mente y materia no son dos cosas distintas, sino a totalidad captada desde dos perspectivas distintas.

Locke siguió el mismo camino que Descartes, aunque sus conclusiones le llevaron a una posición menos segura que la de aquél. Está de acuerdo con Descartes en que no podemos dudar de que tenemos una conciencia y que ésta nos muestra que somos sujetos en un mundo de objetos que existen fuera de nosotros. Los objetos poseen cualidades de dos tipos: primarias y secundarias. Las primarias son aquéllas que están ahí con independencia de que haya un observador o no: su ubicación en el espacio, sus movimientos en el tiempo y el espacio, sus dimensiones… En resumen, las cualidades primarias son las que atañen a la física y pueden describirse mediante fórmulas matemáticas. A Locke le satisfacía quedarse con las cualidades primarias. Sin embargo, esas cualidades primarias no nos dicen lo que un objeto ES (aquí estoy tomando argumentos de “El error de Galileo” de Philip Goff, que comenté aquí). Una manzana podría ocupar un espacio similar a una pelota de goma del mismo tamaño y desplazarse de la misma manera. Los objetos también tienen cualidades secundarias, pero éstas sólo emergen en presencia de un observador y por tanto no pueden ser intrínsecas al objeto. La manzana no es roja hasta que yo no la miro y digo: “Es roja”. ¿Suena raro? Para determinados tipos de daltónicos, esa manzana será marrón y para un perro, azul. Ahora bien, la física cuántica nos dice que el observador influye sobre lo observado y que puedo conocer o bien el movimiento de un electrón o bien su ubicación, pero no ambas cosas al mismo tiempo. Cuanto más sepa sobre su movimiento, menos sabré sobre su ubicación. La conclusión entonces es que no podemos conocer nada sobre la naturaleza objetiva de los objetos; a lo más que llegamos es a conocer cómo los experimentamos. La conclusión sería completamente congruente con la que habían alcanzado los madhyamikas 1.500 años antes que él: las cosas carecen de existencia intrínseca.

No es fácil asumir que el mundo es lo que experimentamos en nuestras cabezas y que no podemos conocer qué subyace a eso que experimentamos. Volviendo al ejemplo de la manzana, ¿cuál es su color verdadero cuando no hay un observador concreto mirándola?

Aquí regreso a la filosofía madhyamaka, que distingue entre la verdad convencional y la verdad última. La verdad convencional es como nos dice el sentido común que el mundo es. En el mundo de la verdad convencional la manzana existe realmente y es roja y la prueba de que todo esto es cierto es que me la puedo comer y eso me nutre y me ayuda a seguir viviendo. En el mundo de la verdad absoluta, ni la manzana, ni yo tenemos existencia intrínseca. Somos un haz de relaciones, el producto de una confluencia de causas y condiciones en un mundo que tampoco tiene existencia intrínseca, sino que es el conjunto de las relaciones de todo con todo.

Las conclusiones de Locke le resultan incómodas a nuestro sentido común, que Berkeley procuró hallar una solución por la vía del sentido común. Berkeley no cree necesario postular dos mundos distintos e idénticos, el de nuestras experiencias y el mundo material que las subyace y al que no podemos tener acceso directo. Dado que lo único a lo que tenemos acceso es a nuestra experiencia y ésta parece funcionarnos bien en la vida cotidiana, ¿realmente necesitamos postular un mundo material aparte?

Magee cuestiona el planteamiento idealista de Berkeley. Si nos metemos en un vagón de metro abarrotado, experimentaremos, igual que el resto de los pasajeros el calor, el movimiento del vagón, el olor de la flatulencia del que se tomó un cocido media hora antes… Que todos experimentemos eso de manera más o menos similar, implica que existe un mundo material independiente de nuestra experiencia. La respuesta de Berkeley es que ese mundo material existe en la mente de Dios y Dios está en todas partes todo el tiempo. Nuestros espíritus finitos están en comunicación constante con el espíritu infinito que es Dios y la experiencia es el modo que tenemos de comunicarnos con Él.

Hume de alguna manera vino a integrar a Berkeley y a Locke. Es cierto que todo lo que podemos conocer es nuestra experiencia y que de ella no cabe inferir necesariamente la existencia de un mundo exterior a nuestras conciencias, ni, desde luego, que haya un Dios que garantice que existe algo independiente de nuestra experiencia. Pero que no podamos inferir la existencia del mundo material no implica que no pueda existir; simplemente es la constatación de los límites de nuestra razón. El escepticismo está muy bien en la teoría, pero en la práctica nos vemos obligados a actuar en la vida de todos los días y nuestras acciones tienen consecuencias. En nuestra vida diaria no teorizamos sobre la existencia o no de un mundo fenoménico incognoscible, actuamos como si ese mundo existiera realmente y lo pudiéramos conocer.

Hume rechaza la posibilidad de edificar un sistema unitario que explique el mundo y, por ende, rechaza todas las religiones, las ideologías y los sistemas filosóficos. La demolición teórica que realiza Hume es impresionante: rechaza que podamos demostrar la existencia del mundo fenoménico; niega las relaciones de causalidad; niega la lógica inductiva; niega que podamos estar seguros de nuestra propia existencia… Nuevamente encuentro concomitancias con el fundador de la escuela madhyamaka, Nagarjuna, que realizó una labor de demolición similar.

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