BENJAMIN, EL LENGUAJE Y EL NOMBRE

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BENJAMIN, EL LENGUAJE Y EL NOMBRE
– Pablo Cúneo –
La problemática del origen del lenguaje y de los nombres aparece ya en la Grecia Antigua, siendo el Cratilo de Platón un texto clásico al respecto: ¿expresa el nombre la naturaleza exacta del objeto, teniendo éste una denominación natural a través de la que se manifiesta su esencia; o por el contrario es el nombre arbitrario, producto del acuerdo y la convención? Cratilo sostendrá la existencia de un lazo natural del nombre y el objeto, mientras que Hermógenes, en cambio, defenderá la tesis de la convención.
Walter Benjamín se detendrá en la problemática del lenguaje en un texto de 1916 llamado Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los hombres y lo hará desde la tradición judía teniendo presente el relato bíblico como la tradición mística. Los intercambios con su amigo Gershom Scholem están en el origen de dicho texto, Asi lo relata el propio Scholem en Walter Benjamín. Historia de una amistad: “En esa época escribí a Benjamín una larga carta acerca de la relación entre las matemáticas y el lenguaje, y le planteé toda una serie de preguntas al respecto. De la amplia respuesta que me dirigió, y que luego interrumpió a mitad, surgió el borrador de Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres…”
Benjamín sostiene en el texto citado que el lenguaje humano es un lenguaje con intención para la comunicación y por tanto un lenguaje caído. Antes de la caída había una correspondencia directa entre el nombre y la cosa que se manifestaba plenamente al ser nombrada; en el lenguaje humano, ya no es así. Se ha perdido el lenguaje nominal paradisíaco y divino.
Habría 3 momentos (Ricardo Forster lo trabaja en su libro Benjamín. Una introducción): un primer momento sería la de la palabra creadora de Dios, un segundo momento sería la de la nominación humana, sería ésta un don dado por Dios al hombre como lo relata el texto bíblico cuando Adán y Eva le ponen nombre a los seres y objetos en el Paraíso, seguimos acá en el ámbito de lo divino, y finalmente un tercer momento que es el momento de la caída, de la dispersión, cuando el nombre no corresponde directamente a la cosa, es el lenguaje éste de la propia historia humana, la de Babel.
Podríamos decir, siguiendo a Benjamín, que este tercer tiempo es el del exilio del nombre, en espera de un tiempo de redención -aquí las categorías judías-.
Nos cuenta Scholem: “De modo manifiesto, se daba una suerte de tira y afloja entre su simpatía por la teoría mística del lenguaje y la necesidad, igualmente sentida, de combatirla en el contexto de una visión marxista del mundo. Yo se lo hice observar, y él reconoció sin ambages la existencia de esa contradicción. Tratábase precisamente, según decía, de una tarea que todavía no había conseguido resolver, pero de la que esperaba grandes cosas.”
Creo que es justamente esta contradicción, al introducir estas categoría judías por Benjamín, lo que da al pensamiento una potencialidad insospechada,

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