Alberto Mazor vivencias de una guerra

Alberto Mazor.
Dos fechas están grabadas a fuego en mi calendario personal desde que hice aliá a Israel en junio de 1967. Casualmente, ambas sucedieron un sábado y hasta hoy me dan escalofríos cuando pienso en ellas.
La primera es el 6 de Octubre de 1973, cuando sorpresivamente estalló la guerra de Yom Kipur en las froteras con Egipto y Siria. La segunda, el 4 de Noviembre de 1995, la noche en que fue asesinado Itzjak Rabin.
Toda mi generación, que fue testigo directo de ambos sucesos, lleva en su interior los efectos traumáticos que ellos produjeron. Una terrible sensación de que el Estado se nos escapaba de las manos.
A las 14:00 horas del 6 de Octubre empezamos a escuchar las alarmas en todo el país y Golda Meir anuciaba por radio, en pleno día de Yom Kipur, que “ejércitos sirios y egipcios abrieron fuego en nuestras fronteras y Tzáhal reprime los ataques”. Yo tenía entonces 27 años, estaba casado y mi hijo mayor recién había cumplido dos años.
A las 18:00 hs. llegó al kibutz un sargento en motocicleta preguntando por mi. Cuando me encontró, dijo que venía a alistarme de inmediato; me pidió que preparara mi mochila ya que un autobús nos esperaba en el cruce de la carretera principal.
Con el tiempo, pasé revista a mi memoria y traté de hilvanar recuerdos de ese trágico fin de semana y de lo que sucedió de allí en adelante.
Yo trabajaba en la escuela secundaria regional y, como se acostumbraba un día antes de Yom Kipur, el jueves me había despedido de mis camaradas deseándoles un leve ayuno y Gmar Jatimá Tová. Nada hacía pensar que a algunos ya no volvería a ver, que otros iban a caer prisioneros de las fuerzas enemigas y que muchos otros, la gran mayoría, resultarían heridos de suma gravedad.
Cuando los reencontré, nada fue igual. Unos quedaron ciegos; hubo quienes salieron mutilados de brazos o piernas io heridas interiores graves. Todos aseguraban haberse sentido carne de cañón, abandonados a su suerte por un liderazgo civil y militar arrogante que aseguraba que el tiempo politico jugaba a nuestro favor y que en caso de desatarse una guerra, venceríamos así como lo hicimos en 1967, cuando los soldados enemigos huyeron espantados ante la ofensiva de Tzáhal.
Recuerdo como si fuera hoy la despedida de mi esposa y mi hijo y la desesperación por la terrible sensación de que esa podia ser la última vez que los veía. Recuerdo el llanto repentino de mi hijo al darse cuenta que me marchaba.
El autobús me trasladó al Aeropuerto Ben Gurión. Desde allí un avión militar nos llevó hasta la base aérea de Refidín (Bir Gáfgafa) en pleno Sinaí. De allí en más, todo fue un desmadre de órdenes y contraórdenes, centenares de soldados heridos que habían sido rescatados de las maltrechas fortificaciones a orrillas del Canal de Suez y que debieron enfrentarse a la masiva invasión egipcia.
Todo el proceso de reclutamiento y organización sobre la marcha parecía interminable. Faltaba de todo: armas, municiones, cascos, cantimploras, sistemas de comunicación, blindados en buen estado. El estupor era total. La alta comandancia discutía entre si cómo reaccionar. Créase o no, en todo Tzáhal modelo 1973 no existía ni un plan de defensa (!), sólo de ataque.
La Guerra de Yom Kipur la perdió el Estado Mayor de Israel y la ganaron los capitanes, los coroneles y los soldados de a pié que no dudaron en arriesgar una y otra vez sus vidas (muchos las perdieron) ante semejante adversidad.
Al regresar a nuestros hogares, siete meses después, la gran mayoría de los que allí combatimos no pudimos olvidar hasta hoy cuán cerca estuvimos de otro Holocausto.

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