Sensibilidad de un lector

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Mil espejos que reflejan su imagen
David Grossman

A quienes nos preocupa Israel, porque pensamos que el milagro que lo creó y lo ha mantenido unido y solidario está desapareciendo y para recuperar nuestro reflejo, nos manifestamos contra Netanyahu

Si los israelíes fueran sinceros con sus deseos para el año nuevo judío, aparte de querer buena salud, por supuesto, estoy seguro de que muchos —incluidos bastantes partidarios de Netanyahu— se conformarían con una vida estable, tranquila y segura, sin corrupción y firmemente sostenida en la legalidad y el orden público. Probablemente muchos también querrían un primer ministro que no fuera ningún “mago”, sino un líder dedicado a los asuntos de Estado y a hacer todo lo posible para sanar las heridas que lo desgarran.
Eso es lo que yo desearía para nosotros: una vida dominada por la claridad.
También se lo deseo a Benjamin Netanyahu, de un ser humano a otro. A veces me pregunto: ¿recordará todavía ese sentimiento? ¿Hay algún ámbito de su vida en el que no esté siempre fingiendo? ¿En el que sea transparente? ¿En el que no tenga ataduras? Llevamos años manteniéndonos al margen mientras casi todo lo que toca se vuelve turbio, atrapado en algún interés oculto y retorcido, con un compartimento secreto. La semana pasada lo observé cuando gritaba a propósito del asesinato de Yakib Abu al Kiyan: “¡Los ciudadanos de Israel quieren saber la verdad!”. Y yo pensé en las incisivas palabras del profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno, malo; que hacen de la luz tinieblas y de las tinieblas, luz; que tienen lo amargo por dulce y lo dulce, por amargo!”.
No cabe duda alguna sobre la enorme habilidad de Netanyahu para hablar, declamar y apasionar. Y esta semana, con la firma del tratado con los Emiratos Árabes Unidos, ha logrado una importante victoria política que quizá transforme la mentalidad de los países de la región. ¿Pero por qué tantos israelíes se sienten extranjeros, exiliados en su propia tierra? ¿Por qué tantos tenemos una sensación constante de ahogo, de no poder respirar? Quizá porque nos hemos convertido en eso: unos seres anestesiados, que dependemos de la respiración artificial. La materia prima perfecta para todo tipo de manipulación, una sustancia moldeable conforme a la especie de dictadura democrática que está instaurando Netanyahu.
Y por eso el movimiento de protesta contra él es tan refrescante, tan prometedor y tan crucial. Porque de pronto hay un mensaje inteligente y lúcido, que se deja de rodeos y llega por encima de los repetidos y engañosos yo, yo, yo que nos han inundado durante años. Las protestas nos dan nueva satisfacción porque, después de años de mentiras e hipérboles, por fin, estamos oyendo verdades. Es cierto que las protestas incluyen muchas facciones y numerosas tendencias. Su dirección es un animal de múltiples cabezas que todavía está buscando el rumbo. Pero ahí reside precisamente su fuerza: en su manera, aún torpe, de avanzar, en las energías que aportan unas personas que se sienten obligadas a romper el ahogo, en su mezcla de un rugido cada vez más fuerte con unos argumentos racionales, eficaces y bien formulados.
Netanyahu acusa a los manifestantes (y a la izquierda, los medios, el fiscal del Estado, la oposición, y así sucesivamente) de estar obsesionados, de tener una fijación con el eslogan de “cualquiera menos Bibi”. Pero la verdad es que es él quien se ha convertido en un elemento fijo: un dybbuk (un espíritu maligno) que tiene todo un país atrapado en sus garras, un país que se ha vuelto impotente y apático ante su corrupción y su egoísmo destructivo. Un país que, desde hace años, vuelve continuamente a él, se ve obligado a obsesionarse con él, su familia, sus procesos. Es como si estuviéramos rodeados por mil espejos que reflejan su imagen, en los que no nos vemos a nosotros mismos, sino a él.
De ahí que, porque nos preocupa este país, porque pensamos que el milagro que lo creó y lo ha mantenido unido y solidario está desapareciendo, para recuperar nuestro reflejo, nos manifestamos todas las semanas ante la residencia del primer ministro en la calle Balfour de Jerusalén y delante de su casa en Cesárea, además de 315 puentes y encrucijadas de todo Israel. Y seguiremos manifestándonos, y seguiremos gritando, y seguiremos diciéndole: “¡Dybbuk, fuera!”. Fuera de nuestras vidas, vete y deja que empecemos a reconstruir sobre las ruinas que has dejado detrás.
Necesitamos desesperadamente recuperarnos del largo periodo en el que hemos perdido la cordura como sociedad. Tenemos que volver a aprender algunas cosas fundamentales a la hora de relacionarnos, tenemos que volver a saber discrepar sin odio, disentir sin malevolencia. Debemos extinguir la hostilidad y la desconfianza que arden en nuestros ojos cuando miramos a hermanos nuestros, carne de nuestra carne, con opiniones distintas de las nuestras. Será un proceso largo y difícil, porque la podredumbre ha penetrado en las estructuras más recónditas de Israel. Pero hay algo indudable: no podemos empezar a curarnos mientras Netanyahu continúe en el poder. Su permanencia en el cargo lo hace imposible y condena a Israel a seguir cometiendo cada vez más infamias.
El hecho de que se hable de la posible salida de Netanyahu refleja hasta qué punto no está a la altura de lo que necesitamos: es incapaz de llevar alivio a los sitios en los que más lo necesita el país. No sabe hacerlo. Incluso sus más íntimos afirman que nunca escucha a nadie. Que es indiferente y vive en una burbuja en la que solo percibe su propia voz y sus propios intereses. Hacia fuera, puede mostrar —o fingir de forma convincente— poder, beligerancia, seguridad y una preocupación paternalista por sus súbditos. Desde luego, le gusta decir que es “el padre de la nación”. Pero es un padre extraordinariamente manipulador: cínico, aprovechado y egocéntrico.
Por más que lo intente, Netanyahu no es capaz de desprender ninguna cualidad sanadora o rejuvenecedora, ninguna compasión genuina por los israelíes pisoteados, esas personas de cuyo declive es responsable él, por acción y por omisión. Por eso, la lucha no tiene que ver con “Bibi, sí o no”. Tiene que ver con si queremos destrucción o reconstrucción. Enfermedad o cura.
Y en esta lucha, cada uno debe decidir dónde se sitúa.
Shana Tova [Feliz año].
David Grossman es escritor.

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