SPINOZA Y EL MAS ACÁ DEL ASILO DE LA IGNORANCIA

 

SPINOZA Y EL MAS ACÁ DEL ASILO DE LA IGNORANCIA

Por Pablo Cúneo

Es conocida la afirmación de Freud de que su obra suponía la tercera herida al narcisismo del hombre al descentrar al yo como actor principal en la vida del sujeto humano, siendo las anteriores la de Copérnico, la Tierra es la que se mueve alrededor del sol no siendo pues el centro del universo, y la de Darwin, el hombre deja de ser el centro de la creación siendo parte evolutiva del reino animal.

Para ser justos con la historia del pensamiento occidental y con la obra de un gran racionalista creo que es necesario agregar a Spinoza como uno de los primeros, que de esta cadena de autores, vino a golpear el narcisismo del hombre al problematizar el lugar que este se ha dado en su relación con la naturaleza. Pero para ser más precisos, no es solo un tema de justicia es también, hoy lo podemos ver más claramente, una cuestión vital.

Todo parte de un gran prejuicio dice Spinoza en su Ética y es el de que el hombre cree que todas las cosas de la naturaleza, como él mismo, actúan con un fin determinado “pues creen que Dios ha hecho todas las cosas con vistas al hombre, y ha creado al hombre para que le rinda culto”.

Así como el hombre fue creado para servir a Dios, este considera que las cosas de la naturaleza están creadas para servirle a él. Como el hombre siempre actúa con una finalidad “con vistas a la utilidad que le apetecen”, considera que las cosas de la naturaleza está en razón y función de su propia existencia. Dice Spinoza: “Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres), no han mostrado –parece— otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres”.

En otras palabras Spinoza denuncia ese narcisismo de la especie humana que parece no poder ver más allá de sí misma. Se lanza a mostrar entonces como la valoración que se hace de la naturaleza de las cosas en buenas y malas, bellas y feas, sean los olores, los gustos, etc. son consideraciones que resultan de la utilidad que tienen para el hombre: “…creen que todas las cosas han sido hechas con vistas a ellos, y a la naturaleza de una cosa llaman buena o mala, sana o pútrida y corrompida, según son afectadas por ella”. Son para Spinoza afecciones de la imaginación, que toman el lugar de la realidad.

En vez de considerar las cosas de la naturaleza de acuerdo a lo que generan a sus sentidos, así como a su conveniencia y utilidad, los hombres deberían valorarlas por su “sola naturaleza y potencia”. En otras palabras, el resto de la naturaleza tiene una vida propia que el hombre debe tener en cuenta y respetar. Como se verá el golpe que Spinoza da a la visión que de su puesto tiene el hombre es tan descentradora como la copernicana, darwiniana o freudiana. Si para Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, Spinoza nos alerta de esta concepción que lleva a estas afecciones de la imaginación.

Todo este planteo que hace el filósofo está precedido y enmarcado por su concepción de que los hombres tienen la ilusión de ser libres, cuando en realidad son ignorantes de las causas de su querer. Y esa ignorancia tiene en sí una función a cumplir, de ahí que Spinoza nos diga con una lucidez asombrosa: “Porque ellos saben que, suprimida la ignorancia, se suprime la admiración, esto es, se le quita el único medio que tienen de argumentar y de preservar su autoridad”. Spinoza marca la cualidad religiosa de esa admiración que sostiene el poder mediante la ignorancia cuando en medio de todas estas reflexiones señala: “hasta que os refugiéis en la voluntad de Dios, ese asilo de la ignorancia”. Toda una concepción teológica-política que hoy sabemos atraviesa a todo espacio de poder y régimen político, desde el más teocrático al más laico, de izquierda a derecha, y que supone también a todo ámbito de las relaciones humanas como Freud lo ha sabido mostrar con su concepto de transferencia.

Volvamos nuevamente a esta frase ya citada: “pues creen que Dios ha hecho todas las cosas con vistas al hombre, y ha creado al hombre para que le rinda culto”, para señalar el fondo sacrficial que Spinoza revela en todo este proceso y que parece acompañar toda la historia humana, desde Moloc el dios al que se debía sacrificar el primogénito a las guerras de hoy y de siempre.

Hoy sabemos que con el desarrollo de la tecnología y con la perdida de la influencia de Dios en Occidente el culto está puesto en otros fines y que la relación que el hombre sostiene con la naturaleza lo puede llevar a la destrucción final de ambos. Si el hombre no escucha verdaderamente a estos pensadores y no acusa los golpes a su narcisismo, su propia existencia correrá serio riesgo al no poder percibir que el canto de los pájaros, el rugir del león, la inmensidad de los bosques y el fluir de los ríos, entre tantas otras cosas de la naturaleza, tienen una existencia que va realmente más allá de él con sus fines y utilidades.

En la segunda parte de su Ética, al principio de la misma en uno de sus axiomas dice Spinoza: “La esencia del hombre no implica la existencia necesaria, esto es: en virtud del orden de la naturaleza, tanto puede ocurrir que este o aquel hombre exista como que no exista”, y más adelante en esta segunda parte en la Proposición X se refiere a lo absurdo de pensar que la existencia del hombre en general debería darse como necesaria.

Ello me evocó un relato del Talmud de Babilonia, que Spinoza obviamente conocía, en donde se cuenta que en ese pequeño lugar llamado Judea y que luego los romanos denominarán Palestina las escuelas de Hillel y Shamai discutieron durante dos años y medio si fue bueno o no que el hombre haya sido creado.

La escuela de Shamai sostenía: “Mucho mejor hubiera sido que el hombre no hubiera sido creado. La escuela de Hillel por el contrario sostenía: “Mucho mejor es para el hombre haber sido creado que no existir jamás”. Finalmente acordaron:”Mejor hubiera sido que el hombre no hubiera sido creado. Pero ya que fue creado lo que más le conviene es controlar y tomar consciencia de sus acciones”.

Luego vinieron Marx y Freud para alertarnos que, en la ignorancia de su querer, son la economía y la pulsión (la de vida y la de muerte) las que mueven “el destino” humano.

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