Elecciones municipales en un nuevo mundo

Elecciones municipales en un nuevo mundo

Esteban Valenti Exclusivo para Identidad

El 27 de setiembre los uruguayos iremos a las urnas para elegir intendentes departamentales, ediles y alcaldes y lo haremos en un nuevo mundo, por lo tanto en un nuevo país. Estas elecciones no son la simple continuación de las elecciones nacionales de octubre y noviembre del 2019.

Naturalmente que las tradiciones, los resultados políticos de aquellas elecciones nacionales y de los seis meses y medio del nuevo gobierno estarán presentes, pero lo principal serán las nuevas y grandes dudas, interrogantes que tienen hoy la mayoría de los habitantes del planeta, en particular en América Latina, hoy transformada en el centro de la pandemia.

El poder local (departamental y municipal) es el punto de encuentro más próximo entre los ciudadanos, su vida cotidiana y el Estado, en un país como el nuestro donde desde hace más de un siglo el Estado, independiente de los partidos que asumieron el poder, juega un papel muy importante, no solo institucionalmente, sino en la vida concreta de la gente. Pero ahora va mucho más allá.

Naturalmente que es una elección con un fuerte contenido político pero también práctico, que juzgará las gestiones anteriores en cada departamento y municipio, por lo tanto también tiene contenidos programáticos e ideológicos, pero en este caso hay nuevos factores. El que pretenda reducirla a lo mismo de siempre, un programa, un conjunto de candidatos y discursos que le den sustento, estará olvidando la principal responsabilidad de la política: ser prospectiva, prevenir y proponer para los próximos cinco años, en este mundo diferente.

¿Las elecciones están siendo encaradas de esta nueva manera por algún candidato o partido? En absoluto, se repiten mecánicamente los mismos gestos, como si solo ese mecanismo llevara todo a la vieja normalidad. Es más, cuanto más plano y supuestamente práctico son los programas y los discursos, les parece mejor, más “normal”, más competitivo y marketinero.

A veces tengo la sensación de que se están haciendo campañas electorales en idiomas diferentes, para gente que habla y se interroga en otra lengua. Y aunque hagamos gestos de entenderlos, en el fondo sentimos que la política se avade de su principal responsabilidad: construir respuestas adecuadas a nuevos y viejos problemas encadenados y agudos en base a nuevas preguntas e incetidumbres.

Las interrogantes, las dudas – aunque cada país tiene su propia pandemia y el nuestro, la está pasando de la mejor manera posible – son globales, inexorablemente globales. No habrá respuestas que puedan desconocer la situación que emergerá (¿emergerá?) en  Argentina, Brasil, China, Estados Unidos, Europa, Israel (en estado de alerta ante un nuevo brote…). No hay respuestas solo uruguayas.

Las elecciones de setiembre serán el primer cruce entre esos problemas globales, los nuevos peligros globales, las nuevas visiones y propuestas globales y la realidad ultra terrenal de los departamentos y municipios, de la limpieza, del transporte, del cordón cuneta, de las obras públicas, de la iluminación, de la urbanización, de la burocracia y los gobiernos electrónicos, del acceso al saneamiento y de muchos otros aspectos, pero relacionados ahora de forma inexorable con los temas nacionales y globales.

No solo por la plata, ese maldito combustible que limita y que permite en su administración y gestión tener éxito o fracasar, sino por otros factores entrelazados con los recursos, con el punto de partida de todos los proyectos, inclusive con una moral, una ética que no puede limitarse a reclamar el respeto por la legalidad y la decencia, contra las pequeñas y grandes formas de corrupción, sino con un nuevo humanismo, una nueva sensibilidad una nueva épica.

Gobernar es también (aunque no solamente) administrar recursos, obtenerlos y utilizarlos bien, y a eso se dedica la economía, pero la economía en este nuevo mundo ha introducido nuevos elementos que tienen directa relación con estas elecciones y con todo lo que suceda en el futuro: la economía política debe ser sostenible ambientalmente, productivamente y socialmente. A nivel nacional y local.

No conozco a fondo todos los programas departamentales, pero por lo que he visto y he escuchado, son “cacheteados”  y bastante parecidos a los anteriores. Y por lo tanto totalmente insuficientes. Son la réplica de la lucha por el poder como tema central y casi único.

¿No sería necesario que los uruguayos, utilizando las buenas experiencias del manejo de la pandemia y también experiencias horrendas en otras latitudes, utilizáramos las elecciones de setiembre para una profunda reflexión colectiva, seria, apelando no solo a los políticos, sino a todo nuestro capital intelectual, científico, académico y cultural?

¿Hay algo de eso en el horizonte?

Cinco años en el nuevo mundo son muchos, tanto desde el punto de vista de la salud, como del cambio climático, como de las nuevas tecnologías, las redes omnipotentes y feroces como Facebook, el empleo, la libertad, los indicadores sociales, la distribución de la riqueza y también de los diferentes niveles de pobreza material y cultural.

¿Cómo encararemos los servicios fundamentales en el país en este nuevo tiempo? No se trata solo de modernizarlos, sino de integrarlos a un concepto nacional y global de sostenibilidad múltiple, inclusive en la construcción de nuestras grandes, medianas y pequeñas ciudades. Un urbanismo sostenible, de convivencia y de seguridad.

Inclusive la inseguridad está cambiando en este nuevo mundo y cada día tiene menos que ver solo con la policía y sus cárceles, cuando llega a ese nivel es la medida de la derrota de una sociedad. Un país como Uruguay con 13.200 presos, 388 presos cada 100.000 habitantes (entre los 3 primeros lugares de América latina), ya es una derrota que también tiene que ver con los proyectos locales.

Las ciudades, los departamentos, los departamentos y las ciudades de frontera, ya no son los mismos, necesitan previsiones, programas, elaboraciones culturales mucho más audaces y complejas, que solo los políticos no lograremos hacer. Necesitamos de toda la capacidad positiva acumulada por el país.

Ese sería un gran cambio, un gran aporte de los uruguayos al nuevo mundo, utilizando la propia experiencia de la lucha contra el Covid-19 y nuestras fortalezas institucionales, políticas y democráticas.

Incluso, algo que para la gran mayoría de los uruguayos lo vivimos con extrema naturalidad: la democracia que reconquistamos hace 35 años, ya no es lo mismo, no son los mismos los retos y los peligros. Las pestes no son provienen solo del coronavirus mutante, sino también hay otras pestes, como la pérdida de privacidad, de libertad, en definitiva de democracia sacrificada en el altar de las supuestas seguridades sanitarias y climáticas. ¿No tendremos que estar alerta y deberemos tener un espacio principal en los poderes locales, en el contacto más directo entre el Estado y la gente.

El círculo virtuoso de más recursos para lo colectivo, siempre y cuando sean manejados con eficiencia y decencia y con la menor burocracia posible, se puede trastocar y enviciar profundamente por el poder omnipresente. Por el repliegue de la gente de la política, frente a las angustias cotidianas de sus vidas, de sus empleos, de sus ingresos insuficientes, de sus viviendas insalubres y miserables, de sus barrios y calles en malas o en malísimas condiciones. La convivencia en las ciudades adquiere nueva importancia y valor.

La humanidad enfrentó los grandes peligros a lo largo de su historia, los que nos llevaron a los extremos, avanzado. “La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio” escribió Antoine de Saint-Exupéry. La peor crisis de la historia, la del siglo XIV (con la peste negra y el cambio climático) fueron la base y el impulso para el Renacimiento.

El Renacimiento fue un movimiento global para su tiempo, no es casualidad que haya coincidido con los grandes viajes de españoles, portugueses, genoveses y chinos,  pero comenzó desde abajo, desde Florencia y otras ciudades italianas. Este nuevo tipo de crisis que afrontamos hoy, necesitan una fuerte respuesta de la gente y de los políticos con la mirada en el horizonte, en la estrategia y los pies en la tierra. Los departamentos y los municipios son eso: la tierra básica y nutricia de nuestra política y nuestra democracia.

 

 

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