China, una economía centralizada y ultracapitalista

China, una economía centralizada y ultracapitalista

Indagar la evolución de la economía social de China desde asunción de Mao ofrece variadas e interesantes aristas de análisis. El crecimiento ininterrumpido de los últimos 40 años es fruto del plan económico concebido para convertir al país en una potencia, cuya posición estratégica actual no se sostiene únicamente por sus más de 1.300 millones de habitantes o sus casi 10 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Con todo, cuando los medios de todos los colores se maravillan con la construcción en pocos días de un hospital para pacientes infectados con coronavirus, dejan de lado un detalle importante: la explotación laboral de la mano de obra que logró en tiempo récord erigir la mega obra sanitaria.
Por Federico Glustein

El historiador de corte marxista Eric Hobsbawm definía al siglo XX como el siglo “corto” dados los acontecimientos de gigantesca envergadura que iniciaban y cerraban este periodo: la revolución bolchevique de 1917 y el fin de la Unión Soviética. La alternativa al capitalismo duró 74 años. La hegemonía global pasó de unas manos (Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Rusia) a otras (Estados Unidos y la URSS). Las tensiones se resolvían por medio de conflictos armados, hasta que el fin de la Segunda Guerra Mundial llevó la cuestión hacia otras opciones menos bélicas pero igual de intensas, aunque sin tantas vidas perdidas en el medio. Las guerras sucedían entre las potencias pero fuera de Europa, fundamentalmente en teatros de operaciones situados en Oriente, sea Medio o Lejano.
El orden internacional pasó a definirse por la creación de la ONU, el FMI y el Banco Mundial, entre otras instituciones, y el establecimiento de un sistema bipolar entre dos grandes potencias, con sus respectivos aliados, que llevaban aparejados sistemas políticos, económicos y sociales no sólo diferentes, sino enfrentados. De un lado los Estados Unidos y las democracias liberales occidentales, del otro la Unión Soviética y los países socialistas, en ambos casos caracterizados por su desarrollo industrial y económico. A la par de esta distribución global, se hallaban los países subdesarrollados, del Tercer Mundo, cuyas características son las economías frágiles, infraestructuras atrasadas, y en muchos casos, regímenes políticos autoritarios y/o no democráticos, cuyos gobiernos negociaban por arriba o por debajo de la mesa el apoyo o el comercio con las potencias, de a uno o ambos bloques a la vez.
El muro de Berlín cayó, la esperanza comunista parecía esfumarse. Gorbachov, como secretario general del Partido Comunista Soviético lanzaba en 1985 los programas denominados «Glasnost» y “Perestroika”, que consistían –a grandes rasgos- en eliminar las prácticas de la represión estalinista y darles más libertades a los ciudadanos soviéticos, que vieron como la mayoría de los presos políticos eran liberados y los periódicos publicaban artículos críticos hacia el gobierno y se realizaban cambios en materia económica sin precedentes. Pocos años más tarde, en algunos países de dominio soviético se celebraban libres elecciones. Mareas de gente se movían por las fronteras que comenzaban a abrirse. Las reformas económicas llevaron a que la URSS permitiera la propiedad privada y la liberalización del mercado, junto a la privatización de empresas estatales. Se permitían asimismo las autonomías locales y se empezaban a cobrar impuestos. Comenzaba un sistema bancario y financiero, y se firmaban contratos de trabajo individuales en fábricas.
Las reformas empeoraron sustancialmente el nivel de vida de la población, a la par que un empresariado fuerte decía presente. La inflación y la escasez, propias del sistema capitalista, aparecían de repente, sin poder entender que fenómeno estaba sucediendo. Para fines del siglo XX, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas pasó a ser una Rusia capitalista con presencia de nuevos ricos cuyos ingresos no provenían del trabajo y nuevos pobres, derivados de la nueva estructura del modo de producción capitalista. Explicar el proceso de culminación de la URSS lleva millones de páginas de libros y papers. Y todavía se sigue pensando.
Después de la caída de la “Cortina de hierro” parecía que los Estados Unidos tenían la hegemonía global. Solamente Japón podía hacia fines del siglo XX hacerle sombra, aunque meramente en el plano económico. Fuera con Reagan, Clinton o Bush, se expandió el beneplácito de la eficiencia del libre mercado y gobiernos a escala global focalizaban las políticas hacia los más pobres. La intervención del Estado era vista con recelo: hubo temor de que las economías terminaran como las de la Unión Soviética. Por destino, a inicios del siglo XXI aparece China en el radar económico global, amenazando primero tibiamente y actualmente con una fuerza descomunal la supremacía norteamericana. Y no es por mera casualidad.

70 años de fuertes reformas
China es el país que más crece hace 40 años. La asunción de Mao Tse Tung en 1949 marcó el fin de las disputas internas y un quiebre estructural: la flamante República Popular China era fundamentalmente una sociedad agrícola con una baja tasa de alfabetización, baja estructura e industrias. Ya en la década de los cincuenta, el gobierno se embarcó en un proyecto de industrialización rápida basado en la planificación centralizada, con características similares a la URSS. Incluso, el primer plan quinquenal concentraba la inversión en grandes proyectos industriales importados desde la Unión Soviética. Los recursos destinados a la inversión en el sector provenían de la compra directa a bajos precios de productos agrícolas al campesinado. Por el contrario, los productos industriales de consumo eran vendidos a precios altos, lo que, unido a los bajos salarios pagados a los obreros, permitía al gobierno disponer de los recursos necesarios para invertir en la industria pesada y mejorar la provisión de servicios públicos. Este modelo llevó a la economía del país a estancarse poco tiempo. En 1966 Mao impulsó la ‘Revolución Cultural’, una década de oscurantismo, de miedo y censuras, de fusilamientos a opositores y el culto al personalismo. El campesinado, poco preparado para la gestión de los recursos, tomaba las riendas de ministerios. La economía no colapsó por la habilidad de Mao para suprimir las revueltas y los conflictos.
Una vez muerto Mao, Deng Xiaoping, otrora líder del Partido Comunista chino, tomó las riendas del gigante asiático en 1978. Con una visión moderada producto de vivir en Francia, tuvo en mente un plan para reformar la economía del país a modo de convertirse con el tiempo en una potencia. Ese plan se podría llamar de las “cuatro modernizaciones”: la agricultura, que se basaba en la colectivización y la propiedad pública, daba paso a la extensión de las parcelas privadas y el trabajo de tierras, otorgándole un aumento de la productividad agraria; la apertura de la economía socialista centralizada a capitales e inversiones extranjeras facilitó el desarrollo de empresas privadas en zonas económicas especiales, facilitando la libre movilidad de trabajadores y la libertad de fijar salarios, contratar y despedir trabajadores; en el campo de la ciencia y la tecnología, se financió a escuelas, universidades y centros de investigación, así como se envió a estudiar al extranjero a una gran cantidad de jóvenes, para especializarse en industrias y servicios; por último, la reimposición del Ejército y la supresión de las milicias.
Los proyectos iniciales de 1979-1984 incluían el establecimiento de programas de formación en el extranjero, programas académicos, centros de procesamiento de información como unidades clave del gobierno, y el desarrollo de métodos para tomar decisiones informadas en el contexto chino basadas en los principios del mercado. Este primer esfuerzo de asistencia técnica del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo llevó a la entrada de organismos de financiación multilaterales a gran escala, incluido el Banco Mundial y el Asian Development Bank. Estas reformas esencialmente trazaron la autosuficiencia económica. La República Popular China decidió acelerar el proceso de reforma incrementando el volumen de comercio extranjero, abriendo aún más sus mercados, destacando la adquisición de maquinaria de Japón y Europa. Con este crecimiento impulsado por las exportaciones, China pudo acelerar su desarrollo económico mediante inversión extranjera, un mercado más abierto, acceso a tecnologías avanzadas y experiencia de gestión.
La desnacionalización de servicios, unida al fin de la Guerra Fría y el auge del comercio internacional permitieron al país comenzar a registrar ese rápido crecimiento que Mao no había logrado obtener, a pesar de su economía planificada. La localización de multinacionales permitió desarrollar una industria de baja productividad –comparativamente con los países centrales- y salarios internacionales por el suelo pero exponencial cantidad de producción, lo que, a fin de cuentas, permitió bajar los costos empresariales, logrando hacer más atractivo para más empresas localizarse en toda la zona, no solamente en China. La industria imitativa local es un fenómeno que se desarrolló con una fuerza voraz. Así, en menos de 20 años desde las reformas, los productos “Made in China” inundaron el mercado global pero no solo de marcas y empresas transnacionales, sino con compañías de capitales 100% chinos. El ingreso a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el año 2001 flexibilizó el mercado global a punto tal que las barreras arancelarias y las cuotas de importación dejaron de ser un problema.

Con el correr del tiempo, el consumo que se encontraba regulado y restringido comenzó a dinamizarse y los propios trabajadores locales pudieron llenar sus hogares con la producción china, con fuerte predominancia por la tecnología. Esto movilizó –y lo sigue haciendo- el PBI, y lograr que el sector privado represente más del 70%. China hoy día sigue siendo el primer destino de las inversiones, así como es el país con mayor cantidad de reservas de divisas en el mundo, siendo el “acreedor del mundo”. También es el mayor importador del mundo. Importa productos primarios pero del mismo modo industrializados de alto valor agregado. Para reducir el déficit, el actual mandatario, Xi Jinping, planteó el programa “China 2025”, que contempla abrir nuevos sectores de desarrollo, como por ejemplo la robótica y la industrialización de servicios médicos, principalmente sectores de importación costosa.
La dominancia china no es solo por los más de 1.300 millones de habitantes o por los casi 10 millones de kilómetros cuadrados de superficie. El imperialismo económico lleva a invertir en África y Medio Oriente, sin distinción ideológica de los gobiernos. En América Latina financia programas energéticos tanto de petróleo como de energías alternativas. Con el desarrollo de la “nueva ruta de la seda” a través de un tren transoceánico, que irá desde el este de China hacia España, y mejoras en las vías marítimas, se busca exacerbar con mayor facilidad el comercio entre la Unión Europea y el gigante asiático.

Inconvenientes para el gigante en crecimiento
El problema hoy día que tiene China es la guerra económica con la todavía mayor potencia global, los Estados Unidos. Peleas, treguas, aranceles sí, aranceles no, pero si China y EE.UU. no colocan sus productos entre sí, los derramarán en otras economías. En este mundo globalizado no hay mejores o peores, hay gigantes capitalistas que buscan su crecimiento a costa de países con menor capacidad. Solo una crisis económica con un fuerte incremento del proteccionismo podría zanjar las pequeñas cuestiones que alejan a estos dos gigantes. Porque mientras tanto, la búsqueda de otros mercados hace peligrar a muchos países, por mayores que sean las barreras arancelariaOtro inconveniente fuerte es la pobreza que aqueja al gigante asiático. Si se toman parámetros internacionales, más del 40% de los habitantes de China estaría en esa condición. El 40% de la población es rural y trabaja en pequeñas granjas, con nulo acceso a agua potable y servicios básicos. En cualquier país del mundo se encontrarían en total indigencia. Mientras que el restante 60% urbano, una masa obrera que trabaja más de 13 horas diarias, entre seis y siete días a la semana en condiciones deplorables de seguridad, no vive mejor, pese al acceso a servicios básicos y a la educación y salud. El PBI per cápita es de menos de 19.000 dólares anuales, inferior al de Argentina y México, y con elevados índices de desigualdad. El índice GINI que mide desigualdad es de 0,42, donde más cerca de 1 es más desigual; un guarismo similar al de nuestro país.
Por último, otro tema son las libertades individuales. La libertad de expresión es uno de los pilares más cuestionados al gobierno chino y no es para menos. La libertad de organización sindical es nula y es un hecho de público conocimiento que las condiciones laborales no son las mejores. Así, cuando los medios de todos los colores hablan del milagro chino de construir un hospital en 10 días para los pacientes infectados con coronavirus, se olvidan de una parte importante: la cantidad de horas de trabajo no ha sido inferior a las doce diarias durante esos diez días consecutivos. El milagro es que el capitalismo más salvaje se ha disfrazado con el mote de “comunista” por unos días, bajo un régimen de dictadura, avalado por la comunidad mundial. Sin embargo, podemos asumir que este “unicato” tiene sus ventajas ante estas crisis humanitarias: el desplazamiento de médicos en cantidad para el desarrollo de una estrategia de inmunización es fascinante y sencilla. En síntesis: China es un país con un régimen no democrático de gobierno, con una gestión centralista ultracapitalista que facilita el desarrollo de una planificación a largo plazo. Si bajan o suben los precios internacionales de los productos, si hay un virus o una emergencia nacional o si sufre contratiempos con Estados Unidos u otro país, el Estado centralista le da un encause para sortear esas situaciones, aunque eso afecte las libertades y los derechos humanos. Eso puede llevar a pensar en la agenda que los derechos humanos tienen en el mundo en general y para el desarrollo capitalista en particular. O para el comunista. O cualquier otra forma que no sea tradicional capitalista.

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