Mauricio Rosencof: Me daban por «tupa» , por judío, por existir…

Entrevista al escritor Mauricio Rosencof, cuya excepcional historia como rehén de la dictadura uruguaya junto con Pepe Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro inspiró el film La noche de 12 años, basado en su libro Memorias del calabozo

De N. Sion

Me daban por «tupa», por «bolche», por judío, por existir…

Mauricio “el Ruso” Rosencof es una de aquellas personas entrañables con quien nos gustaría conversar durante largas horas frente a una taza de café, pero como él dijo en off, prefiere hacerlo frente a vasos con bebidas que se toman con hielo. Un ser humano imprescindible en términos de Bertolt Brecht. Extremadamente asequible, querible, sencillo, humilde, inteligente, profundo y optimista. Dueño un mundo interior diverso y rico del cual brota una sabiduría práctica que contagia vida y ganas de vivirla. Un personaje lleno de historias, anécdotas y vivencias de su Montevideo natal, del barrio, familiares y las que generó en su propio derrotero personal. Testigo de la historia contemporánea de América Latina y del pueblo judío. Hijo de inmigrantes europeos escapados del hambre y la persecución. Una familia diezmada durante de la Shoá de la cual solo quedan, como a tantos otros, algunas fotos borrosas blanco y negro como memoria. Idealista, luchador, combatiente y preso político en una larga noche de doce años confinado al cautiverio y aislamiento total. Su lema, resistir, no rendirse frente a la adversidad. Escritor, dramaturgo y poeta uruguayo y judío. Su voz, testimonio vivo. Su ejemplo honra a la vida. Sus textos construyen sentido que emanan de la palabra aguda, dulce y sabia. La utopía, los sueños y los ideales siempre están presentes en él y en sus libros.
Por Enrique M. Grinberg

-¿Hay un Mauricio antes y después del cautiverio? ¿En qué se diferencian?
-Creo que siempre es el mismo y todos están metidos en la misma estructura que se va desgastando con los años, que va creciendo en algunos aspectos, decreciendo en otros. Que no corre pero camina, que no hace las cosas que hacía cuando jugaba al fútbol en Real Belgrano.

-Si te digo Mauricio, Marcos, Moishe y Ruso, ¿son la misma persona?
-Son las mismas personas, a veces compartimentadas. El nombre Marcos es una historia muy linda, los viejos habían llegado, mi padre se instaló, bueno… lo contrataron para trabajar en el interior del país, en Florida. Ahí laburaba para comprar el pasaje para el viaje desde Polonia de mi madre y mi hermano de cinco años, que había nacido allí. Llegó la vieja con mucho sacrificio, con historias muy lindas en torno a la solidaridad de los trabajadores de la sastrería, que los sábados mandaban la vuelta todos pero no le permitían a mi viejo que se las tomara porque tenía que traer a la mujer de Europa, ¿viste? Estas cosas de la solidaridad. Llegó mi vieja, y bueno, aparecí en el mundo, y me iban a inscribir. Me iban a poner Mauricio, chapurrean el nombre, querían ponerme Mauricio… Pero el escribiente simplificó y abrevió, entonces puso Marcos. En la escuela me decían Marcos, pero Mauricio era el nombre que me querían poner. Finalmente lo adopto en la literatura pero no en los documentos de identidad. Lo que me crea alguna dificultad para el cobro de los derechos de autor cuando los hay, que no son muchas veces.

-¿Qué recordás de tu niñez?
-Y, bueno… esos son el jardín de la vida. Eso que te mencioné, jugar a pelota de trapo en la vereda, con cuatro o cinco años con el hijo de unos tanos que tenían el almacén en la esquina, el tiempo en que la casa se extendía hasta el cordón de la vereda, entonces eras dueño del barrio, y los vecinos. Estábamos en una casa de inquilinato, donde un recuerdo inolvidable para mí era subir por la escalera de latón que daba a un entrepiso con un altillo donde vivía Ramón Lescano, un obrero de la construcción, que me invitaba a comer los domingo porque hacía comidas para todo el fin de semana. Tenía un braserito, lo ponía ahí en el corredor y hacia comida de pobres. Vos te das cuenta cómo éramos, entonces la comida de pobre era puchero, que tenía pecho cruzado, caracú, boniato, papa, choclo, repollo… Esa era la comida del pobre. Como no lo voy a recordar con cariño.

-Esos sabores tan especiales de la niñez que no vuelven tan fácil…
-Y, mirá… de la vieja ni que hablar. Ahora que vienen con toda esta historia de los Master cheff que aparecen en televisión. El tuco que hacía para los tallarines del fin de semana con esa carne que estaba en la cacerola cuatro horas calentándose a fuego lento, y le echaba agua, y la gran puta. Después esa carne no la comías, la untabas.

-¿Qué aprendiste de tu padre y de tu madre?
-Mi viejo era “bolche”, era sindicalista, leía el primer diario de izquierda que se publicó acá, salía escrito en idish, se llamaba Unzer Freind (Nuestro Amigo). A partir del viejo, sobre todo, empiezo a tener vinculaciones con el sindicalismo y el bolchevismo. Conductas de ética. En fin, el viejo había tenido una vida muy dura. Lo escribo en un libro que se llama Diez Minutos, a partir de una historia que se dio en un cuartel donde me estaban dando la salsa. Se había denunciado en la prensa ya todo eso, sobre todo Michelini en el Senado. Todavía no se habían disuelto las Cámaras. Para certificar que estaba en pie me sacaron del interrogatorio y me llevaron a una pieza. Autorizaron al viejo. Entró. Después me sacan la capucha, y me sientan ahí. Yo creo que estaba en avanzado estado de descomposición. Estaban los milicos, estaba el oficial, estaba la mesa, y entra el viejo y le dicen: “Bueno, ahí está su hijo, tienen diez minutos”, así como se llama la novela. Entonces el viejo los mira, mira los perros, mira a los soldados, al oficial, mira la mesa, me mira a mí, mira un cuadro en la pared, y dice: “Pero yo vine a ver a mi hijo, ¿dónde está mi hijo? ¡Ese no es mi hijo!”. Los diez minutos de esa visita estuve explicándole al viejo que eso era yo, y entonces ese es el punto de partida de la historia donde cuento la vida del viejo.

-Te adelantaste algunas preguntas, justamente esa era la número quince. Vos me habías contado hace tiempo este relato en el que tu papá te preguntó: “¿Sos vos, Moishe?”. ¿Qué sentiste cuando tu papá no te pudo reconocer? ¿Te podías reconocer a vos mismo en esos tiempos?
-Bueno, yo le di todo el certificado para el reconocimiento de mi padre. Si mi padre me reconocía era una certificación de que estoy sobre la tierra. En ese momento era eso, en ese momento era eso…. Y bueno, la vieja es la contracción, el sufrimiento. La vieja siempre esperó una carta que nunca llegó del lado mío.

-¿Una típica madre judía, dirías?
-Y, seguro… No había forma de rastrear qué había pasado con sus hermanas. Quería revivirlas de alguna manera porque su memoria se guardaba en una caja de zapatos donde estaban las fotos que había traído de Europa. Entonces me quería enseñar a recordar los nombres de las tías. Te das cuenta la estabilidad emocional de la vieja… Además, mi hermano muere a los 16 años. Eran golpes muy duros para una muchacha que conoció a mi padre en el pueblito donde vivían los dos, y él se le declaró mientras ella estaba trepada a un ciruelo donde cosechaba. Un buen día, el viejo le dice: “Bueno, Rosa, me vengo a despedir, me voy…”. –“¿Cómo que te vas?, ¿adónde vas?”. Y él responde: -“A la guerra”. Y ahí marchó. La del 14, la del 17, del 18 y 19 contra Rusia en aquel momento. Y bueno, fue una historia de lucha, de sufrimiento, de abnegación y de trabajo. Digamos, no eran instructivos que te daban, era el convivir con un sentido de vida colectivo, solidario, digno, de trabajo, de esfuerzo, de relación, de barrio… Era todo eso…

-¿Cuándo y cómo fue tu primer encuentro con la escritura?
-Mirá… yo iba al liceo nocturno y estaba en una agrupación, y en una reunión, que estaba medio pesada, una piba que nos gustábamos me escribió unos versos en un papelito, y me dije: “Pero, yo acá no puedo quedar como botella de jardín”. Entonces, le tuve que retrucar… Y ahí empecé a escribir, fijate vos.

-El amor te hizo escribir, por lo menos el deseo de alcanzar el amor…
-Sí… Y además me gustó. Me gustó el asunto de los poemas porque me parecían que como eran más cortos daba menos trabajo.

-¿Y tuviste éxito con esta chica o no?
-Con todas. Todas están en la memoria. Si vos lees La Margarita, que musicalizó Jaime Roos, que está escrito en la cana, se trata de la historia de una piba, pero en esa piba están todas.

-¿Qué significa para vos la palabra?
-El punto de partida de todo. Primero fue la palabra. Como así fue con la luz… Y si la luz se hizo, necesito palabras… Sin las palabras, cómo lo hubiera hecho….

-Así es. Hay una oración que se recita en los templos judíos a la mañana que dice: “Dios habló y el mundo se hizo”. O sea, el mundo fue creado por medio de la palabra.
-Y sí…, seguir. Es el punto de partida de todo.

-Tengo tres palabras que me gustaría conocer como las definís vos, no la definición del diccionario, que son: sueño, utopía y lucha.
-Bueno, un individuo complementa los días de su vida con los sueños. Digamos, uno lo puede vivir eternamente en la realidad tangible, la del horario, despertador, laburo, estudio, universidad, militancia, lo que sea, pero uno tiene en la cabeza sueños que abarcan absolutamente todos los rubros. Desde que se tiene conciencia de “revo”, mi primer sueño era de entrar a la izquierda, ¿te das cuenta? Ahora le ponen el número diez, pero el lateral izquierdo es quien arma el cuadro, eso es de los sueños. Y los sueños siguen siendo la zanahoria para seguir viviendo.

-¿Y las palabras utopía y lucha?
-Bueno… la utopía yo te diría que no es un valor en sí mismo, sino que la utopía está en el que lucha por alcanzarla. Y la utopía es, para los que somos de mi palo, digamos…, los que quieren un mundo más justo con una igualdad mayor, como contaba hoy, el barrio, los suburbios y América… Entonces, si hay un Dios, se distrajo, porque esto lo tienen que arreglar los hombres. No puede haber tanta hambruna, tanta miseria, tanta desgracia; y tanta acumulación de riqueza entre quienes han logrado un mecanismo no siempre saludable.

-¿Y la lucha?
-Y, la lucha es eterna… Desde que el mundo es mundo siempre se ha luchado por progresar, por mejorar, por asegurar la familia, los hijos, tu barrio, tu patria. El mundo siempre es una constante, nada se obtiene sin esa cosa que abarca muchas cosas, la lucha. Pero la lucha es el corolario, porque se lucha por los sueños, se lucha por la utopía, se lucha por el bienestar. Es una constante integrada en algún órgano del individuo que hace que permanentemente lo tenga ahí. Fijate que el individuo decae, desfallece, se angustia, termina en el psiquiatra o en el nosocomio cuando deja de luchar por lo que sea.

-¿Qué autores influyeron en tu vida?
-Yo te diría que son un lote. Te contaba de los poemas del liceo nocturno, por ahí me apareció Nazim Hikmet, un maravilloso poeta turco, a quien terminé conociendo en La Habana después de que lo liberaron tras 20 años de prisión en Turquía por “bolche”. Años después, llegué a estar en Estambul y habían musicalizado todos sus poemas. Eran poemas con un estilo particular. Yo terminé haciendo los poemas con un estilo particular también, salvando las diferencias de Nazim Hikmet, en otros tiempos. También me tocó mucho Florencio Sánchez, porque hay una leyenda que Florencio Sánchez era del barrio, de mi barrio. Eso te tocaba mucho, entonces tenías que saber cómo eran los vecinos. Participé de muchacho en una obra que se titulaba “No hay barrio como mi barrio“, que se estrenó en una cancha de bochas. Mirá de lo que te estoy hablando… Y ahí, claro, te encontrás con Florencio Sánchez, que había combatido en 1897 en un alzamiento de campesinos de Aparicio Saravia. Después reniega de la brutalidad de la lucha y escribe “Cartas de un flojo“, que es una cosa maravillosa. En el barrio, en el cruce de dos calles, había un ombú que era conocido con el nombre del ombú de Florencio Sánchez. No hay ningún cartel que lo identifique como tal, pero para el barrio es el ombú de Florencio Sánchez, porque se decía que vivía en un lugar que se llama Los Siete Ranchos, frente al estadio Centenario, y que se lo veía en la puerta de su rancho haciendo trabajo de sequería, que luego vendía en la feria y con eso compraba vino. Después, con unos papeles usados que conseguía en el correo, se sentaba debajo del ombú y te escribía “Barranca abajo“, “La tigra“… Y bueno, esa era un poco la leyenda. Lo notable es que cuando las cuento, las leyendas son solo leyendas y no necesitan certificación. Si no, ¿qué leés vos de la mitología griega? Si aplicás ese criterio, tenés que borrarlo de la historia.

-¿Qué líderes te marcaron?
-No tengo una imagen individualizada en una persona. Yo creo más que nada en la globalidad del pensamiento, y que por ese pensamiento aparecen figuras notables, que las encontrabas en la vida, en la información, en el contacto, en el conocimiento, y que de alguna manera te incentivan a seguir.

-Si pudieras elegir un momento histórico y un lugar para vivir, ¿cuál elegirías y por qué?
-Mi ambición es mucha. Elijo este momento y en el lugar que estoy.

-Excelente respuesta. Te tomó menos tiempo responderla que a mi pensar y formular la pregunta.
-(Risas). Dale con fe, dale con fe…

-¿Te identificás “con lo judío”? ¿Por dónde pasa esa identificación?
-Mirá… a Ilyá Ehrenburg, que es uno de los referentes literarios que recién me preguntabas, corresponsal de guerra, militante, combatiente en la lucha contra el nazismo, autor de libros memorables como la novela Ola, le hicieron la misma pregunta y él lo respondió a su manera: “Soy judío y seguiré siendo judío mientras haya un antisemita sobre la tierra“.

-¿Y hacés propias sus palabras para tu definición de judaísmo?
-No. Te cito eso como una de las cosas que se pueden decir. Lo mío ya no lo entro a discutir ni a definir: yo soy judío, y andá a cantarle a Gardel.

-¿Te identificás con algún líder judío de la historia?
-Siento una gran admiración y una proximidad con Mordejai Anilevich. Digamos, el alzamiento del Gueto de Varsovia, la forma que combatieron, el coraje, la decisión, ese aislamiento… Hay dos grandes barricadas contra el nazismo, que son las primeras que se arman. Una es en la Guerra Civil Española, en las Brigadas Internacionales el 20% eran judíos. Incluso estaba la brigada Botwin, que tenían un diario en ídish que imprimían en Francia. Eran combatientes judíos, que además lo sabían en todos lados. Y en el Quinto Regimiento, ni que hablar. En todas partes. El otro fue el alzamiento del Gueto de Varsovia. De ahí que el Día del Holocausto, en mi opinión, también tendría que ser el Día de la Resistencia. Porque esa imagen de que los judíos marcharon como corderos al matadero es mentira. Han combatido en las filas nacionales de todos los países que ha invadido el nazismo. Hasta hubo formación de grupos judíos en los montes, en Rusia, en todas partes. Guarda, a no confundir.

-¿Durante tu cautiverio sufriste algún tipo de discriminación por ser judío?
-Me daban por “tupa”, por “bolche”, por judío… (Risas). Por existir…

-¿Cómo y con qué elementos enfrentaste la adversidad de la prisión y el aislamiento?
-El hombre se prende a la vida como la hiedra al muro. El instinto de sobrevivencia está por encima de las ideologías. El ser humano pelea para resistir. Nosotros nos dimos otras pautas también. Llegábamos a hablar. En la pared, reinventamos el Morse a golpe de nudillos, porque no nos vimos las caras durante trece años. Una vuelta discutimos políticamente así, a vibración de muro, cuál era nuestra función política en ese momento ahí. Es, curiosamente, la necesidad de escribir cortito. Y los tres llegamos solos a la misma conclusión y a la misma palabra, resistir. Nada de boletearse, nada de dejarse estar, de dejarse caer. Y así aprendimos, entre otras cosas, que no solo de pan vive el hombre, también de humor. Así fuimos llevándola.

-¿Qué lugar ocupa en tu obra el libro “Las cartas que no llegaron”?
-Bueno, uno quiere a todos sus hijos, aunque alguno le haya salido más lindo o más inteligente. Es… digamos… “La calesita de Doña Rosa”, que es la historia de mi madre en casa, en el barrio, y “Diez minutos“, que es toda la historia del viejo, son como una saga, como una continuidad. Como es una continuidad esto, acabo de sacar una novela que se llama “La vida privada de la Tota“, y entre otras cosas se cruzan , personajes que son del barrio, y con este cuento de este nuevo ñato que saqué, que acaba de salir hace poco tiempo por ahí, y con esto me despido. Hay una escena donde en la casa de la Tota donde hay un mulito ahí en la calle, y un kuentenik, Yakup, cargado de frazadas, de pronto ve que viene el tranvía y del tranvía baja una muchachita. Ahí se da cuenta que la muchachita es la hija, y no quiere que lo vea trabajando en eso. Él, que fue partisano en Europa; él, que fue profesor de literatura, y está en eso. Entonces, corre para ahí y se esconde. Pero la hija lo ve y sale corriendo, baja del tranvía y va corriendo hacia dónde él está escondido, atrás de un muro. Y le dice: “Papá, papá… ya te vi, ya te vi, sos mi papá, sos mi papá, sos mi papá”. Ese es un flash. Un segundo flash, te lo abrevio: en el barrio estaba el gallego Menéndez, que era un exiliado que había combatido en la Guerra Civil Española y la familia había quedado allá. Vivía en un baldío, en un ranchito que se había construido y era muy parco. Además, tenía la costumbre de cultivar en todos los terrenos baldíos que había en el barrio. Un día, yo le dije: “Pero Menéndez, usted planta todo esto, y cuando están los choclos, vienen y se los afanan”. Y entonces se apoya, y me dice: “Sí, es verdad, pero no importa, porque siempre es mejor cosechar”. Y bueno, se cruzaban siempre y se saludaban con un gesto, el gallego Menéndez rumbo al boliche y Yakup, que era poeta además. Se saludaban con un gesto respetuoso, barrial, pero esta vuelta el viejo Yakup iba cantando algo, y el gallego Menéndez, que iba por la vereda, después que lo oye, lo pasa, se para y le dice: “¡Alto ahí! ¿Qué está cantando usted? ¿En qué idioma canta, qué es lo que canta?”. Entonces, parado y firme, en el mismo tono que el otro, lo que está cantando es el Himno de los Partisanos. Y ahí terminan, mirándose los dos, uno cantando en ídish y el otro en gallego. Y con esto, me despido. (MR tararea el Himno de los Partisanos)

-Qué hermoso el relato. El encuentro que se daba naturalmente en esos tiempos y en esos barrios de inmigrantes, ¿no?
-Porque están allí las raíces de lo que somos. Nosotros venimos de todo eso también.

-Como siempre, un placer poder conversar contigo. Muchas gracias por el tiempo dedicado.
-Gracias a vos por el interés, las preguntas y la escucha.

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