LAS RAÍCES: EL VERDADERO MILAGRO DE JANUCÁ

LAS RAÍCES: EL VERDADERO MILAGRO DE JANUCÁ

El relato talmúdico sobre el asombroso rendimiento del aceite que mantuvo encendida la Menorá (candelabro) durante ocho días hasta que se volviera a producir más de aquel para encender el artefacto de iluminación, una vez recuperado y reinaugurado el Beit HaMikdash (templo de Jerusalén), contiene un secreto, tal vez inadvertido por unos cuantos, que quizás explique en qué consiste verdaderamente el milagro de Janucá y por qué se creó este relato cuasimágico, si no lo es del todo, que se rememora y se celebra año a año.

Resulta que ya en el texto bíblico, precisamente en el libro de Levítico, se establece que la ordenación de los cohanim (sacerdotes) duraba un total de siete días y al octavo se ungía la cabeza del cohen (sacerdote) con aceite de oliva. De hecho, una parashá (episodio) del libro anteriormente mencionado lleva el nombre de “Octavo” (Sheminí) en el que se detallan los pormenores de esta ceremonia de ordenación sacerdotal. La lengua hebrea recogió la relación entre el aceite y el día en que se ungía a los sacerdotes y estableció una relación morfológica entre ambos significantes: “aceite” se dice “shemen” (שמן) y “ocho” se dice “shmone” (שמונה); el número es un producto léxico de la raíz que significa “aceite” (así como también quizás el número siete (שבע) es la raíz del verbo “jurar”, tal vez en alusión a que el pueblo de Israel juró lealtad a la Torá siete semanas después de haber salido de Egipto). De esta manera, gracias a la relación entre ambas palabras, la memoria del pueblo judío pudo saber y recordar a lo largo de todos sus siglos de dispersión la interna del funcionamiento del recinto en el que se llevaban a cabo los rituales de la tradición judía, particularmente en este caso lo que se hacía cada vez que se investía a un nuevo sacerdote y entraba en funciones de servicio.

Al reflexionar sobre la relación que quedó registrada en la lengua entre el elemento emblemático de esta festividad y el número de días durante los cuales la misma se prolonga, uno no puede sino entender y atesorar el valor de conservar las raíces identitarias. Sin ir más lejos, al saber que el aceite y el número ocho están etimológicamente relacionados en el hebreo y que son significantes clave de esta festividad, uno ya puede deducir que muy probablemente habrá un vínculo entre ambos y que darán origen a un relato que, más allá de su credibilidad, representa el motivo de celebración de Janucá: el hecho de que, a pesar de constantes persecuciones, matanzas, discriminación e intentos de aniquilación, el pueblo judío supo mantener encendida la llama de su existencia y de su identidad de forma invariable. Ese es el candelabro cuyas luminarias nunca se extinguieron, y cada uno de los judíos los verdaderos sacerdotes que nunca dejaron de encender las luminarias y que preservaron y mantuvieron en alto su identidad, tal vez gracias al valor que el pueblo judío supo darle siempre a una responsabilidad y deber social cuya denominación en hebreo comparte su raíz etimológica con Janucá: la educación (JINUJ – חינוך).

 

 

 

Quizás no sea casual que la raíz hebrea, valga la redundancia, de la palabra “raíz” (שרש) se lea igual en ambos sentidos, al igual que la raíz del verbo “ser” (היה) y del nombre inefable de Dios (הוה). Lo auténtico, lo sólido, lo contundente no se degrada fácilmente y, por lo general, puede resistir hasta las pruebas más duras y desafiantes, como las que supo enfrentar y superar el pueblo judío a lo largo de su historia.

Janucá es una fiesta que se trata de reinaugurar constantemente los valores de la educación y la identidad, los pilares que han sostenido al pueblo judío ante todas y cada una de las vicisitudes que le ha tocado enfrentar. Recordar esta fecha y encender la Janukiá es un acto de consciencia, resistencia y valerosidad.

¡Janucá Sameaj!

Rodrigo Varscher

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