Frida.

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Anna Donner ©®

Frida nunca se había imaginado que iba a trabajar tanto. Se había jubilado a una edad temprana por la “Ley Madre”, pero las circunstancias de la familia cambiaron abruptamente. La Ley Madre había sido un fiasco y el monto de la jubilación era insolente. Tanto, que esperaba a juntar tres meses para ir a cobrarla. Su mejor amiga se dedicaba a la venta de alhajas en oficinas públicas y un día le dijo que la podía presentar en otro ámbito para que hiciera lo mismo que ella. En otro tiempo, Frida jamás se habría animado a vender así, yendo de persona en persona, pero la situación familiar se impuso y contra todos los pronósticos, dijo que sí.

Frida vendía alhajas “de verdad”, cargaba cada día con muestrarios de cadenas, pulseras y caravanas en oro 18 y plata para ofrecer la mercadería. Subía y bajaba de los ómnibus con un bolso más grande que ella y se había caído en la calle varias veces. Cada vez que el guarda la miraba con cara de pocos amigos para que se apurase, ella sacaba el carné de pasiva, quizá la única ventaja que tenía por haberse jubilado era la de pagar el boleto barato.

Entrar a vender no le resultaba tarea fácil, Frida tenía que esperar que alguna conocida la hiciera pasar por la “puerta de atrás”, pero contra lo que podía suponerse, aquella clientela era muy fiel. No se entendía cómo una enfermera compraba varias veces al mes las más costosas joyas, pero lo cierto es que lo hacían. Claro que varias veces la habían “clavado”, era uno de los riesgos a los que se sometía diariamente. Cada vez que Frida llegaba a mostrar, se llevaba varios encargos: extendía el muestrario de anillos, pulseras y cadenas, el personal se probaba y le decía: —Me gustaría un anillo como el que tenés pero sin las piedritas, ¿se podrá hacer? —Claro —respondía Frida. —¿Tendrás este anillo pero más grande? Este no me queda —Frida entonces sacaba del bolso las argollas que se usaban para tomar las medidas para anillos y medía el grosor, anotaba en su libreta y respondía —Claro, se te hace. —Anillos más anchos que los que tenía, pulseras para grabar con el nombre de algún enamorado, cadenitas para algún cumpleaños de quince, y la lista era interminable. Frida iba y venía en el ómnibus a la Ciudad Vieja, porque allí estaba Peter, el joyero que grababa en aquel dije el nombre de la quinceañera y el mensaje de quien lo obsequiaba, o las iniciales de algún galancete en esos anillos gruesos de hombre. Frida era una mujer menuda y la familia le había dicho varias veces que no anduviera cargando ese bolso tan pesado pero ella decía: —No me cuesta nada —. Era imposible convencerla para que delegara algo. Por las noches se dedicaba a actualizar las fichas de las clientas y la contabilidad.

Frida no descansaba nunca. Había descubierto que aquel trabajo le gustaba, más allá de lo agotador que le resultaba que le pagaran en fecha. Tenía un calendario de pagos de cada una de las mutualistas y hospitales y debía de estar atenta, porque de lo contrario no cobraba un peso porque las clientas ya se habían gastado toda la plata salvo honrosas excepciones. Cuando el marido se jubiló, comenzó a llevarla y traerla, sobre todo después de varias rodillas raspadas, y siempre decía: —Yo me llevo la “cantora” porque esta mujer demora toda la tarde acá adentro —. El domingo era el único día que Frida descansaba, aunque a veces aprovechaba la mañana para ir a cobrarle a esa clienta a la que había llamado cientos de veces y le habían dicho —No trabaja más aquí —. Entonces pasaba por la casa de la susodicha para que finalmente terminara la deuda. Pero más allá de eso, los domingos eran días de mate y Rosedal. No había cosa que más le gustara a Frida que oler el perfume de las rosas y observar los colores, iba allí desde que era una muchacha con su mejor amiga después de salir del liceo.

Cuando Frida enviudó, se aferró más al trabajo. —¿Por qué seguís trabajando tanto? —le decían los aprecios más cercanos y respondía siempre lo mismo: —No me molesta y me gusta hablar con la gente; me ayuda…

Frida nunca se había imaginado que iba a trabajar tanto. Y lo hizo hasta el último día.

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