Dios proveerá, por Raquel Zieleniec

¡DIOS PROVEERÁ!

Por Raquel Zieleniec

(Una experiencia más allá de la territorialización que comienza en REVNO,  Ukrania)

A mediados del 2016 con el grupo dirigido por Mario Sinay,[1] viajamos a Ukrania visitando lo que quedó de la historia judía de la 2ª. Guerra, sus edificios destruídos a la vista, sinagogas abandonadas, cementerios sin cuidar, un panorama que por momentos se volvía desalentador, por momentos asombroso.

Ukrania fue parte del Imperio ruso y Kiev fue su capital. Se independiza en 1991 y Kiev vuelve a ser la capital. El ruso ya no es el idioma oficial pero el resabio de sus habitantes mantienen esa puja de pertenencia que ha generado conflictos .

Finalizada la guerra, no hubo más judíos en Ukrania por muchos años. Desde 1945 hasta ahora, habían transcurrido 70 años. El tránsito generacional se había cortado, si una generación de entonces se medía en 20 años, habían pasado más de tres, se había perdido la continuidad cultural, étnica y familiar; al menos a nivel de la conciencia, de cierta memoria accesible y la rapidez con que los presentes ocuparon los lugares de los ausentes. Lo que permanece viva es la huella de esa ausencia.

Kiev supo ser el escenario de uno de los asesinatos de judíos en masa más feroces. El 26 de setiembre de 1941 reunidos los SS, el comandante nazi ucraniano del Eisengroup, decide asesinar a todos los judíos. Les anuncian que el día del 28 de octubre, día de Iom Kipur, deben presentarse en la esquina de la sinagoga con su equipaje, bajo apercibimiento de muerte. Era el día del Perdón, como lo consigna el singular humor negro siempre presente en sus crueldades. En dos días condujeron a la muerte a cincuenta mil seres humanos sin más objetivo que hacer desaparecer la etnia. Treinta y cinco mil eran judíos, quince mil eran gitanos y otros “enemigos”.

A tres kilómetros de la ciudad, diferentes monumentos van trazando el camino hasta el Barranco de la abuela, Baby Iar, donde los nazis arrojaron vivos o muertos a sus “perseguidores”.[2] Pese a los monumentos que acompañan el camino al barranco, el público desconoce mayormente el hecho histórico en su propia ciudad. No se enseña en institutos de enseñanza.

El viaje había gozado de momentos  mágicos.  Mario logró conectarse con paisanos de sus padres de sesenta años antes.  Nuestro itinerario pasaba fugaz por un minúsculo pueblito cuya dirección él traía para acceder al lugar donde su madre había estudiado.  La calle estaba a la vuelta de la esquina donde nuestro ómnibus se detuvo. Todos fuimos con él, encontramos la casa, vimos el piso superior y señalamos la ventana de la izquierda… y aplaudimos.

¿Rescatábamos del pasado algo que había sido arrebatado?. ¿Arrebatado? Aquel pasado estaba siendo presente. La madre estudiando allá arriba y Mario desde la calle, mirando hacia ella. Ambos tenían 60 años. Si logramos unir recuerdos, el tiempo deviene uno solo, los que cambian son los personajes. [3]

Porque el recorrido incluía Chernovitz[4], Marina decidió unirse al grupo. Era el período ruso, ella tenía siete años y la familila  (su madre era comunista militante) hubo de buscar refugio fuera de la zona.  Recordaba la plaza junto a la cual había vivido, las dos cuadras que debía recorrer para llegar a casa del tío. Y todo lo vio, lo recorrió, lo recordó, era real, ahí estaba. Los años habían hecho de aquel pueblito una hermosa ciudad, una de las más cálidas y florecientes de Ukrania. Sus siete años no habían detectado la importancia de la  Universidad en cuyo enorme edificio del siglo XVIII recibía desde siempre, estudiantes de países vecinos y ofrecía becas generosas.

Por su parte Marcos quería corroborar que su familia provenía de Ukrania. Como no coincidía con nuestro itinerario, viajó luego por su cuenta.  La Iglesia tenía registrados los nacimientos de sus padres. Habiendo obtenido los datos y sin saber qué hacer con ellos, al regresar a su país, Argentina, envió la información a un primo. Éste de inmediato lo conectó con otro primo. Y otro, otra…  Hoy, desde los diferentes países donde residen, ligados en un WhatsApp, viajan cada año a reunirse y reconstruyen la familia que permaneció disgregada  en el olvido de la conciencia.

Todo lo anunciaba cuando llegamos a Revno.

Pero antes echemos un vistazo a Odessa. Con su aire mediterráneo sobre el Mar Negro nos esperaba con sorpresas. Su puerto alberga al propio acorazado Potemkin, (film 1925) el más poderoso de los navíos rusos cuando el motín a bordo en 1905 hizo movilizar aquel imperio.

Odessa fue también la cuna de luchas y pujanzas políticas del sionismo. Desde allí se compraron tierras, se preparó la creación del Estado de Israel, se planificó el consiguiente desplazamiento. Figuras como Pinsker, Dizingoff, Jabotinsky, Herzl, discutieron su realización.

En sus proximidades, durante la 2ª guera, las cuevas de Odessa fueron el refugio de los rebeldes. Allí vivían, organizaban la vida cotidiana compartimentando cocina, escuela para niños, oficina de comunicaciones, espacios de cuidados de agua, luz, comedores, lugares de ventilación. Caminar en aquel laberinto iluminado nos provocaba alivio y sonrisas. Casi añoramos el lugar que hubiéramos elegido si hubiera sido nuestro tiempo de vivir. Los nazis no ignoraban el escondrijo pero tampoco arriesgaban invadirlo. La entrada y la circulación en las cuevas consistía en un desfiladero angosto que daba paso a uno por vez.  Y en esa oportunidad los judíos estaban armados.

Volvamos ahora a Revno, pequeña ciudad en medio del continente. Comenzamos por ser testigos del abandono de la Gran Sinagoga. Sin judíos la ciudad, el estado no tenía intención de colaborar en su mantenimiento. Ninguna placa recuerda su existencia ni su origen ni a los judíos que la levantaron. Sería necesario mantenerla y pagar los impuestos para recuperar la memoria, impensable en esos momentos.

Un local adjunto que funciona como sinagoga está dirigido por un rabino joven.  Su modesto espacio desborda actividad. Dispone de lo necesario para que la tarea se mantenga y la concurrencia pueda congregarse. Carecen de Torah, la que disponen es prestada y las lecturas se siguen a través de los libros. La pequeña sinagoga ofrece una educación no formal, complementaria con la pública. No hay antisemitismo a la vista.

Esta tierra que supo albergar 25 mil judíos en el siglo XIII, vio borrados sus registros durante el régimen comunista y en 1941 sufrió el exterminio de 40 mil judíos – el 80% de la ciudad-, repartidos en fosas comunes.

  • ¡Es de sus espíritus que he tomado fuerzas! – nuestro rabino testifica con una sonrisa

Enviado a esta misión – en continuidad a las 9 generaciones de rabinos de sus ancestros -, llegó con su esposa e hijo, a esta tierra donde ya no había judíos.

Esta información desconcertó mi raciocinio. El suyo no tenía razón para dudar. Ante mi gesto interpelante, me hizo saber su posición desde el inicio.

  • ¡Dios proveerá! – respondió con calma

Hoy, la pequeña sinagoga cuenta con 600 prosélitos. Y cree que existen 2000 judíos que aún no arriesgan mostrarse como tales.

Mi interrogante prosiguió por sendas inexploradas. Hasta el día de hoy.

¿Cómo es posible que surja una cultura ex – nihilo?  En un territorio, un país , en el que los judíos fueron exterminados por los nazis, en el que se destruyó todo vestigio de su existencia, inclusive los edificios documentaban la fecha misma de su destrucción… cómo de la nada surge nuevamente una comunidad y se asienta con toda parsimonia en su derecho de existir. Y  se levanta de sus cenizas… ¿Cómo?[5]

El psicoanálisis ofrece una teoría que abre una brecha en el misterio. Muy  puntual. Queda siempre mucho más, que vuelve a tapiarse y  permanece en lo desconocido. Me impresiona como una puerta que se cierra antes de permitirme entrar para captar el entorno. Me interesé en el tema de la transmisión, entre generaciones que nunca contactaron entre sí.  Lecturas y experiencias dan cuenta de improntas personales avaladas en casos clínicos. En esas circunstancias siempre juega una ruptura del tiempo continuo, registra un salto al vacío donde la historia parece cortarse, interrumpirse, perderse en la bruma. Y de pronto el tiempo ha regresado y el analizante repite una escena, una situación, un sentimiento, sin tener el menor conocimiento de su causa, sin poder interpretar qué significa.

Esta vez estaba ante un fenómeno colectivo, comunitario y quería atravesar la puerta.

A mi regreso a casa, escribí al rabino para obtener esos primeros registros del acercamiento a la pequeña sinagoga.  Fue una odisea lograrlo, pero finalmente mi carta llegó a destino.

Sus amables comentarios me orientaron en la imposibilidad de responder a mis preguntas. Tendría que ir yo misma a entrevistar a los habitués para captar, percibir, algún dato que sirva de indicio. Recoger algo de lo que queda sin imagen, sin palabras. Recordé viejos relatos: un chico escapa a la matanza, se mimetiza con los no judíos y continúa su vida, guardando su secreto. ¿Por qué no? Quizás organizaría un grupo de escapistas silenciosos… se reunirían… o lo relataría a alguno de sus descendientes… ¿por qué no?

Me disculpo ante el rabino, agradezco su molestia y mis preguntas vuelven a  su vieja cuna. Sospecho que adhiero a la vieja convicción del rabino… ¡Dios proveerá!  La no respuesta deja su huella: ni yo la olvido, ni ella a mí.

Hasta hoy. En estos días recojo la baraja y participo de una reunión de sefaradíes que están queriendo aprender su lenguaje original, el ladino.

No sé por qué decidí participar. Era un domingo soleado y había sido invitada por Reina, mi compañera de habitación en el viaje a Grecia, hija de judía y cristiano.[6]

Mientras escribo dando cuenta de los acontecimientos que saltan en desorden, pienso que aún quiero creer que el tiempo es un registro continuo y me cuesta reconocer su disrupción, la ruptura con la que opera constantemente.

Mi primer sobresalto fue cuando Graciela Tevah que venía de Bs As a dar la clase, comenzó a hablar en ladino. Yo amo el idioma, la música me transporta, las canciones se me quedan en el corazón. Siento la sabiduría de la antigüedad, el ritmo, la ternura, la sutileza, la travesura de su espíritu. Las palabras me transmiten su coquetería, me cosquillean, me resuenan  despertando en mí, un feliz desconcierto que me hace bajar a tierra y sonreir con cierto aire bobalicón. No sé por qué.

Pero no conozco el ladino.

  • Lo cierto es que esta lingua se pedrió -explicaba Graciela – porque no hay

Los expulsados de España recorrieron otras regiones incorporando palabras de otros idiomas como portugués, árabe, judeo español, hasta afincarse en Balcanes, Turquía, Israel.

Graciela sostiene que –en el inicio, desde la destrucción del primer templo en Jerusalén- los exiliados accedieron a España desde La Cantabria. Se dice que ellos fueron los nombrados fenicios. Asegura que la primera imprenta, así como las traducciones del arameo, vieron la primera luz en Toledo, Sefarad, cientos de años antes de nuestra era.  La España judía está toda en Galicia –aseveró- y su signo es la Menorah y no La estrella de David.

Los participantes de aquella jornada que dejó tantas inscripciones nuevas para mi, actuaron de forma entusiasta, aportando palabras, gestos, costumbres que recordaban de sus parientes vivos y muertos. Solían repetirlos desconociendo su motivación. En acto.

  • Es que sin darnos cuenta repetimos las costumbres judías – dijo Graciela.

Sin darnos cuenta, implica una transmisión no racional, que opera en un registro en el que la conciencia no está en el control. Todos, gestos  y actos,  suman y aportan a la cultura a la que pertenecen. El abuelo canta mientras trabaja, la madre canta mientras cocina, la nieta acompañará la actividad, cantando a su vez. Los pequeños ya están cantando.

La propia cocina recoge costumbres y sabores de los diversos itinerarios por donde los ancestros pasaron hace 500 años, desde que comenzó el destierro. Y de todos aquellos lugares recogieron lengua, canto, música, recetas, en transmisión oral.  El judío español ha de transmitirse como tradición oral  porque esa lengua no tiene escritura.

Y se mantiene; la mantienen viva los viejos, los jóvenes, todos aportando a la olla de la tradición. Convocando la multidiversidad que se expande y se vierte hacia adentro. El gesto permanece abierto. Si alguien enuncia un recuerdo que los demás nunca observaron ni escucharon, es válido, –Graciela insiste en ello- se incorpora sin cuestionar, porque contribuye a formar cultura. Y se escribe como se puede, y se publica, y su bagaje cultural crece,  y va en aumento…

La pobreza con la cual comenzó la emigración implicó precisamente ir haciendo acopio de lo que se podía obtener, comprar, copiar, acuñar.

Si la mar  fuera de leche…  cantaba el abuelo sin permitir que sus nietos interrumpieran: era necesario que escucharan y aprendieran la letra. La comunicación es emocional y esa es la verdadera vía de transmisión. Tal vez tenga algún gen ladino en mi sangre o tal vez lo adopto porque me enamora. Costumbres e intercambios, aparecen en oriente, Grecia, Turquía, Siria.

¿Qué sabemos del flamenco? La cantica, la copla y el cante, son memoria genética, están en la cultura. Provienen de la musicalidad de los templos. El cante hondo es la liturgia sefaradí judía en sus orígenes. El flamenco nace en Sevilla, gran reservorio judío. En Córdoba, Granada, Toledo, la cultura marca su existencia desde el año 1200

El romancero español es nuestro – proclama Graciela aumentando mi sorpresa- se repetía a los chicos y se les conminaba a aprender de memoria sus estrofas, su letra, su música. Todos lo sabían. Y entre el público surgen recitados, cantes…

Las charlas sabias de los veiyos contenían su ritmo particular, tres palabras dichas, seguidas de un proverbio. Cuatro palabras que abrochaban con un refrán. Surgían viscerales, del propio sentir, del propio pensar; en comunidad. Por eso Graciela trae esta frase que todos festejan.

  • Más vale el buen vecino que el hermano o el primo

Las mujeres eran las que asesoraban y cuidaban a las niñas con apretados consejos  que no admitían transgresiones. La sabiduría femenina de tías y abuelas apartaba a los varones, para advertirle a las niñas:

  • Y el buraquito lo cuidan. No dejen que un hombre lo toque… me cuidan el buraquito…!!!

Las niñas reían pudorosas, el mandato había llegado a destino.

Finalmente descubrí otro término que me intrigaba. ¿Por qué el significante ladino ha sido desviado a cierta significación de travesura, de astucia maliciosa? No me di cuenta que ya tenía mi respuesta, me faltaba ligarla con el entorno. Los judíos que permanecieron en  España obligados a convertirse, nunca abandonaron en verdad sus costumbres y creencias. Pasaba la guardia nocturna a través de las ventanas que debía permanecer abiertas para ser vigilados. La guardia los veía jugando a las barajas (Baraja viene del hebreo Brajá, oración).  Cuando los gendarmes continuaban la marcha, debajo de las barajas extraían la Torah y retornaban a la lectura, camuflada debajo del juego.

Y mi amiga Reina me explica:

  • ¿Ves lo que hacían!? ¡Eran ladinos!

Me dejé conducir por la fascinación y el enamoramiento de una sonrisa despojada de razón.

Si vuelvo a mi interrogante, veo que todos podemos seguir imaginando opciones que pudieron darse. Diría que una investigación posible llegaría a los mismas conclusiones que la comunidad sefaradí puso en acto.

No sé si atravesé la puerta, pero transité con ellos ese día la emoción de una experiencia de transmisión transgeneracional, sin pensar. Me sentí rescatando los sentimientos de solidaridad, en comunidad; de costumbres circulando, abiertas haciendo acopio de todos los aportes. Fue redescubrir esa consonancia fraterna que  genera  paz cada vez que logramos integrar la diferencia con otros. Un otro que es parte de nosotros mismos.

¡Cómo lograrlo!

Alucinaba. Cerré los ojos y la vieya frase cruzó rauda esquivando mi conciencia.

  • ¡Dios proveerá!

Lic. Raquel Zieleniec

[1] Ex – coordinador del curso en español en el Museo del Holocausto, Jerusalén

[2] A la vera del boulevar una escultura de Tatiana Markos rememora su compromiso con compañeros que jamás delató.

Un primer monumento recordatorio levantado por Ukrania, es seguido unos cientos de metros más a delante por el de Rusia que pretendía legitimizar su lugar junto al barranco. En aquella oportunidad nuestro guía, delegado por Israel  había sorteado y sostenido dura resistencia por el destino final del lugar.

La tercer escultura está dedicada a los niños asesinados, en actitud de jugar sin resquemores. Luego encontramos una suerte de gran diligencia que conmemora a los gitanos sacrificados. Frente al enorme abismo de Baby Iar, hoy acompaña aquellas almas en su destino final, la Menorah israelí que logró el triste privilegio de velar su recuerdo.

[4] Suele confundirse con Chernoville, cerca de Kiev donde se desaconseja llegar en tanto aún preserva riesgo de contaminación.

[5] En psicoanálisis Lo real, lo imaginario y lo simbólico son términos utilizados por Lacan para señalar campos o “registros” de lo psíquico. Cualquier entidad, proceso o mecanismo de lo psíquico es enfocado y analizado en ese nudo de tres registros. Un proceso de pensamiento del orden simbólico involucra siempre, una base o soporte en lo real y una representación en el registro de lo imaginario.

Lo simbólico juega con el lenguaje, lo imaginario mantiene una imagen (representación) y lo real es ese algo más que se substrae a toda  formalización. Es más fácil definirlo por lo negativo: no es  imaginario (carece de representación) y no se puede simbolizar. Pese a tener existencia propia, no lo podemos pensar, imaginar o representar, no se puede poner en palabras. Nos es incontrolable. En ciertas circunstancias, logramos rescatar algo de esa zona sin agotar jamás el real.

En la psicosis, el significante fundamental simbólico (nombre del padre que organiza la ley el orden) no se inscribe y los significantes permanecen escindidos en el registro de lo real. Los tres registros no logran hacer nudo, no responden porque están escindidos. Por el mecanismo de forclusión retornan (en lo real) los significados que quedaron separados y escindidos, como alucinaciones o delirios. Al no poder inscribirse el significante del nombre del padre, no hay corte- castración entre sujeto, objeto y Otro.

[6] Me sorprendía su identificación con la comunidad, sus conocimientos y hábitos tan comprometidos. Durante el viaje, supo incorporarme a ciertas festividades judías, iniciativa que nunca habría estado en mis planes. Nos enviamos buenos deseos para el shabat, si bien no nos habíamos vuelto a ver desde nuestro regreso, un año atrás.

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