Acuerdo político del siglo

¿Qué representa el ‘acuerdo del siglo’ de la administración Trump para el proceso de paz entre Israel y Palestina? ¿Cómo afronta internamente cada parte esta iniciativa?

Política exterior

El lanzamiento del llamado ‘acuerdo del siglo’ por parte de Donald Trump y su yerno Jared Kushner, así como la nueva convocatoria de elecciones en Israel, vuelven a emplazar la situación de Palestina en la agenda internacional. Con el proceso de paz completamente desdibujado, los campos israelí y palestino fracturados por divisiones internas, y una administración estadounidense que ha abandonado incluso la apariencia de representar a un mediador neutral, el conflicto se presenta difícil de encauzar. Preguntamos a diferentes expertos sobre el contenido de la propuesta estadounidense y la recepción que causará en Israel y Palestina.

 

José Abú-Tarbush | Profesor de Sociología de las Relaciones Internacionales en la Universidad de La Laguna. @joseabutarbush

Más allá de su ostentosa retórica y publicitación, este plan presenta importantes fisuras. Primero, carece de credibilidad al ser Estados Unidos juez y parte en este conflicto, sin crédito alguno como mediador honesto e imparcial. La administración Trump ha rebasado significativas líneas rojas con el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel (con el consiguiente traslado de su embajada desde Tel Aviv a dicha ciudad) y de la anexión israelí de los Altos del Golán sirio. Ambos precedentes, según algunas prospectivas, apuntarían a un próximo reconocimiento (al menos de facto) de la anexión israelí de Cisjordania. Sin olvidar la presión política y económica que viene ejerciendo sobre la debilitada Autoridad Palestina: suspensión de las relaciones oficiales, cierre de la Delegación Palestina en Washington, retirada de la financiación a la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) y encargo a aliados árabes del Golfo de reducir su ayuda económica.

Segundo, elude el Derecho Internacional y, en particular, las resoluciones de la ONU sobre el conflicto; y, en su lugar, diseña un plan a la altura de las exigencias e intereses israelíes y estadounidenses en la región. Lejos de abordar sus causas estructurales, pretende reducir su dimensión eminentemente política a una mera apariencia económica, buscando la cooptación de la población ocupada y excluida de todo derecho de ciudadanía.

Por último, tercero, posee un carácter unilateral y excluyente, confeccionado en connivencia con el gobierno israelí y la exclusión palestina. De hecho, no se advierte ninguna diferencia sustancial entre EEUU e Israel, tampoco en el campo israelí. Pese a la división palestina, existe una evidente unanimidad en su rechazo. En suma, todo indica que más que avanzar en la resolución del conflicto se sigue ahondando en el mismo. Convendría preguntarse si no es otra cortina de humo  más para perpetuar la ocupación colonial e intentar legitimarla.

 

Ignacio Álvarez-Ossorio | Profesor de Estudios Árabes e Islámicos y director del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz en la Universidad de Alicante. @IAlvarezOssorio

Aunque todavía no se ha hecho público, la prensa ya ha filtrado algunos detalles del ‘acuerdo del siglo’, nombre que ha recibido el plan de Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, para tratar de poner fin al conflicto palestino-israelí. Mientras el primer ministro israelí Netanyahu ha recibido entusiásticamente la propuesta, el negociador palestino Saeb Erekat la ha rechazado de plano al considerar que “lo que la Administración de Trump busca no es un acuerdo de paz, sino una declaración de rendición”.

Efectivamente el Plan Kushner, como debería ser llamado, no habla en ningún momento de Estado palestino o del regreso a las fronteras de 1967, ni del desmantelamiento de los asentamientos o de Jerusalén como capital compartida ni mucho menos del retorno de los refugiados o del respeto al derecho internacional. El ‘acuerdo del siglo’ pretende forzar a la parte débil de la ecuación a realizar todas las concesiones imaginables, mientras que la parte fuerte se queda con el botín completo.

La idea de que el principio ‘paz por prosperidad’ debe reemplazar al ‘paz por territorios’ parece estar condenada al fracaso, ya que ningún líder palestino en sus cabales renunciará a las demandas históricas del movimiento nacional a cambio de unas inciertas inversiones. Durante el medio siglo de ocupación militar, Israel ha hecho lo indecible por destruir la economía palestina y hacerla completamente dependiente de la israelí. ¿Por qué habría ahora de permitir el desarrollo económico de los palestinos, a los que ha arrebatado por completo el control de la tierra y de sus recursos? Según las filtraciones recogidas por el diario Israel Hayon, próximo a Netanyahu, el plan prevé la inversión de 30.000 millones de dólares en los próximos cinco años: el 70% a financiar por las petromonarquías del Golfo y el 30% restante por los EEUU y la Unión Europea. La próxima Cumbre de Manama, que se celebrará a finales de mes, permitirá calibrar los apoyos con los que, hoy por hoy, cuenta la administración de Trump.

 

Isaías Barreñada | Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid e investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) @Ibarrenada

Los palestinos lo han calificado como “la bofetada del siglo”. Ciertamente es una provocación. De acuerdo tiene poco porque la supuesta solución a uno de los conflictos no resueltos más longevos y complejos de la escena internacional se está diseñando en Washington, con línea directa con Riyad, y se pretende imponer como un diktat a los palestinos. Y de contribución a una paz positiva tiene aún menos, porque no busca resolver los elementos básicos del conflicto y dar pie a un nuevo orden de justicia y convivencia, sino blindar Israel.

El inexperto consejero presidencial Jared Kushner pretende “lograr la paz”, posponiendo el acuerdo político (Estado, fronteras, fin de la ocupación, retorno de los refugiados) y recurriendo a una gran operación económica. Su “I think we developed a good business plan” lo dice todo. Inversiones fastuosas en infraestructuras, industria y formación de recursos humanos, eso sí, pagadas por otros (los árabes ricos) y expandiendo Gaza hacia el norte del Sinaí. Como si las demandas de los palestinos fueran solo empleo

Los palestinos que han sufrido las medidas punitivas de Washington estos dos últimos años ya han rechazado la propuesta; otros Estados árabes también. Para Israel la negativa árabe sirve de pretexto para seguir con la colonización y progresiva anexión de Cisjordania y el asedio de Gaza.

Tras dos años de anuncios el Plan todavía no se ha hecho público. Ahora ha sido pospuesto para después de las nuevas elecciones en Israel. Pero 2020, año electoral en EEUU, tampoco es un momento propicio, salvo que el Plan sirva para asegurarse el voto conservador proisraelí.

El Plan K es otra muestra de la desastrosa y peligrosa política de Trump en Oriente Próximo. Pero si la propuesta es rechazada, Trump podrá decir que hizo todo lo posible y que como en 1948, son los árabes quienes se han opuesto. Netanyahu tendrá carta blanca para profundizar su control sobre Cisjordania y Jerusalén oriental, seguro de que los estadounidenses no irán a interponerse en su camino.

Una versión moderna del parto de los montes que dará a luz un ratón minúsculo pero perverso porque es otro golpe más al pueblo palestino.

 

Itxaso Domínguez de Olazábal | Coordinadora de Oriente Próximo y norte de África para la Fundación Alternativas. @Itxasdo

El ‘proceso de paz’ no existe desde hace años. Ni hay proceso, ni mucho menos hay paz, sino desposesión continúa y violencia estructural de la que son objeto millones de palestinos a un lado y otro de la Línea Verde y en su diáspora. Algunos intentan mantener el proceso en respiración asistida para seguir alimentando una ‘industria de paz’ hoy descomunal y, directa o indirectamente, el status quo, que bien poco tiene de estático. Otros, como la Unión Europea, se abrazan al proceso, así como a la ‘solución de dos Estados’ para no reconocer errores pasados –aceptar a Israel como aliado privilegiado y financiar a espuertas la Autoridad Palestina y, por tanto, la ocupación- ni abrir la puerta a alternativas que llevan años sobre la mesa de negociaciones y hoy prefiere parte de las nuevas generaciones palestinas, a las que casi nadie escucha.

Los rumores sobre el ‘acuerdo del siglo’ no tienen sentido alguno: su contenido mínimo ya ha sido fijado por la política de hechos consumados de Israel y la administración estadounidense. La iniciativa podría representar un nuevo ‘Versalles palestina’, tal y como Edward Said denominó en su momento a los Acuerdos de Oslo. Sin embargo, el liderazgo palestino no podrá permitirse en esta ocasión ceder en aún más cuestiones clave como Jerusalén, precisamente por la limitadísima legitimidad con la que cuenta entre el pueblo palestino.

Israel, por su parte, nunca ha querido la paz, mucho menos una paz justa en línea con los principios elementales del derecho internacional o el origen real del conflicto –los acontecimientos de 1948, no la ocupación de 1967. Son, y lo saben, la parte fuerte en un conflicto desmesuradamente asimétrico, no cuestionada por Occidente, y ahora incluso agraciada por las potencias contrarrevolucionarias del Golfo, hastiadas de la ‘cuestión palestina’ que se han visto obligadas a defender durante décadas sin obtener ningún rédito a cambio, salvo quizás el de una cierta credibilidad frente a las poblaciones árabes.

 

Leila Nachawati Rego | Activista por los derechos humanos y profesora en la Universidad Carlos III de Madrid. @leila_nae

“Mucho proceso, poca paz”, es un dicho común entre la población de Oriente Próximo en referencia a los encuentros que distintos actores geopolíticos anuncian cada cierto tiempo en torno al conocido como conflicto palestino-israelí. Desde los Acuerdos de Oslo en 1992, cuando se llegaron a albergar esperanzas de algo parecido a una solución justa para ambos pueblos, cada uno de los siguientes encuentros solo ha servido para diluir la realidad sobre el terreno, una realidad de abusos y violaciones de Derechos Humanos que hace tiempo que han vuelto imposible la paz de una solución justa.

Conferencia de Paz de Madrid, Camp David, Hoja de Ruta, Conferencia de Annapolis… con cada encuentro las principales potencias, con EEUU a la cabeza, se han presentado como mediadoras en un conflicto del que en realidad son parte activa. Una cumbre tras otra, todas han pasado a engrosar un léxico diplomático que sacrifica la paz en favor del proceso, que reemplaza la implementación de soluciones reales con discursos vacíos y que favorece el avance de la política de hechos consumados sobre el terreno.

En esta línea, no sorprende la retórica grandilocuente de Donald Trump, y de su yerno y enviado especial para Oriente Próximo Jared Kushner, al referirse a sus planes para la región como el ‘Acuerdo del Siglo’. Un “acuerdo” que, entre una declaración islamófoba y la siguiente, promete seguir la estela de los últimos movimientos en apoyo a Israel: declaración unilateral de Jerusalén como capital de Israel –algo que ningún anterior presidente se había atrevido a hacer– y respaldo absoluto de la política de asentamientos y anexiones en Cisjordania y Jerusalén Este, ambos ocupados por Israel desde 1967.

Si entendemos por acuerdo una decisión sobre un asunto tomada en común por las distintas partes implicadas, no parece que el Acuerdo del Siglo sea más que una burla tanto a la población de la región como a todo el sistema de derecho internacional y justicia. Un nombre pomposo para la guinda de un proceso que legitima una ocupación ilegal y la desposesión del pueblo palestino, que continúa viendo cómo su territorio se reduce y sus posibilidades de una vida digna se desvanecen.

 

Jesús A. Núñez Villaverde | Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) @SusoNunez

Cuando ya se acumulan, desde 1947, más de setenta (fracasados) planes e iniciativas de paz palestino-israelí se impone la cautela a la hora de valorar lo que la administración Trump se atreve a calificar como el ‘acuerdo del siglo’. Si a eso se une que todavía no se conoce su contenido y que la apurada decisión de Benjamin Netanyahu de convocar nuevas elecciones israelíes puede retardar aún más su presentación hasta noviembre toda reserva es poca.

En todo caso, apoyándose en las posiciones de cada uno de los actores más directamente implicados y las filtraciones producidas hasta ahora, una valoración de urgencia llevaría a considerar que sus posibilidades de éxito tienden inexorablemente a cero.

Netanyahu (que promete a sus votantes anexionarse parte de Cisjordania) no va a ceder nada sustancial cuando considera que el tiempo corre a su favor, gracias a su propia superioridad, al incondicional apoyo estadounidense y a la pasividad del resto de la comunidad internacional. Trump se ha volcado decididamente a favor de Netanyahu -con regalos tan sobresalientes como el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí (poniendo allí su embajada) y de los Altos del Golán sirios como territorio israelí-, al tiempo que cierra su consulado en Jerusalén (anulando todo contacto con la Autoridad Palestina), suspende sus transferencias a la  UNRWA y replantea el concepto de refugiado. Los palestinos, que no han sido consultados, se mueven entre una Autoridad crecientemente debilitada y deslegitimada y un Hamas prácticamente ahogado, sin capacidad alguna para hacerse oír.

Lo que plantea el equipo proisraelí encabezado por Jared Kushner -cambiando el principio ‘paz por territorios’ por el de ‘paz para la prosperidad’- es una vuelta a planes anteriores que demostraron que no es posible “comprar” la paz palestina a cambio de promesas de ayudas e inversiones. La paz solo puede empezar a vislumbrarse con el fin de la ocupación y eso no está en la agenda. Aun así, todavía hay quien cree en los milagros.

 

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