Charna Furman, presa en la dictadura, cuenta su historia. Hay que escucharla.

Ana Jerozolimski

“Sabía cuando venían a torturarme porque me decían ´vení, judía de mierda´”.

Esta semana recibimos un comunicado de la Casa de Cultura Mordejai Anilevich invitando a una actividad en la que se proyecta el audiovisual realizando conjuntamente años atrás con el movimiento Hashomer Hatzair, recogiendo el testimonio de las vivencias de dos jóvenes judías militantes del Partido Comunista que fueron perseguidas y encarceladas por la dictadura militar. Inmediatamente después de la proyección, habrá posibilidad de conversar con una de ellas, Charna Furman (77), detenida en 1975.

Al leer la información, recordamos el espeluznante testimonio que Charna había compartido con “Semanario Hebreo” años atrás, para el número especial que dedicamos en su momento a los 40 años del golpe de Estado. Pero no sólo en fechas redondas es importante recordar lo ocurrido.

Por eso, volvimos  a Charna. La base de la entrevista, el relato mismo de lo que vivió en aquellos años oscuros, es evidentemente el mismo que años atrás.Pero también actualizó algunos conceptos y la información sobre su vida hoy.

Este es su testimonio.

P: Charna, estuviste  presa durante la dictadura militar en Uruguay. Y por lo tanto, sé que pedirte que compartas conmigo tus recuerdos,  pasa ante todo por una vivencia personal muy fuerte , como presa política ¿verdad?

R: Sí, claro, fue una experiencia muy fuerte, que no sólo me afectó a mi sino a toda mi familia, en especial a mis dos hijos que entonces tenían 4 años el varón, Alejandro  y 2 años y medio la nena, Aiala. Esto era así en el momento en que me detuvieron, o sea que fueron 4 años muy importantes de su niñez en que no me tuvieron con ellos.

La prisión prolongada, que implicó que Uruguay tuviera el mayor porcentaje de presos políticos en la región, fue la forma elegida por los represores en nuestro país, así como en Argentina lo fue la desaparición forzada. Claro que es mejor haber sobrevivido, a pesar de la carga subjetiva y las afecciones físicas que se llevan para siempre, producto de ese tiempo sin libertad sumado a las terribles torturas por las que todos pasamos.

P: ¿Qué me puedes contar sobre tu detención, tu tiempo en la cárcel, las circunstancias? ¿Y por qué fuiste presa?

R: Yo no pensaba que me fueran a detener, no hacía nada tan importante como para ser detenida, y menos para que me condenaran a cuatro años de prisión. Había sido militante estudiantil, tanto en el gremio de los estudiantes como en las juventudes comunistas, pero hacía ya bastante que estaba inactiva, salvo algunas tareas de apoyo que yo consideraba no serían causa de que me llevaran a la cárcel. Me habían expulsado de la Facultad de Arquitectura junto a la gran mayoría de los docentes, por pertenecer al gremio y por ser de izquierda, y con el que era mi esposo compramos una boutique de decoración donde yo comencé a trabajar mientras él era dibujante en una mueblería.

Cuando se acercaba fin de año de 1975 nos preparamos para las ventas de esas épocas, ya tenía bastante clientela, y me gustaba trabajar con artesanías de todo tipo. Invertimos dinero en el comercio porque andaba muy bien y nos fuimos a vivir en Parque Posadas. Pero en un mes y medio llegó la represión a casa, nos llevaron a mí y a mi marido, me buscaban a mí en especial, tenían una denuncia sobre mí, ellos buscaban a la gente de Recursos Financieros del Partido, pero yo no lo era. Fue muy feo, la irrupción de dos hombres en momentos en que yo hacía dormir a mis niños con canciones de María Elena Walsh, debe haber sido muy traumático para ellos, mi hijo tiene un leve recuerdo de ese momento, Aiala era muy chiquita, claro que no lo recuerda, pero ambos se pusieron a llorar, y yo pensaba velozmente qué cosas tratar de esconder, qué cosas no decir, pero no fue fácil. Llevaron conmigo a mis hijos abajo donde en una camioneta estaba mi madre y se fueron con ella, por suerte. Luego nos instalaron en otra camioneta a mí y a mi marido, nos pusieron capuchas y maniataron, nos tiraron en el suelo, y partimos con rumbo desconocido.

Llegamos a un lugar donde había música muy fuerte, dos estaciones de radio superpuestas, para que no se escucharan los gritos desde las casas vecinas. Después supe que estábamos en la casa de Punta Gorda, o el Infierno Chico, creo que yo deliraba ya entonces, pues estando de plantón le hablaba a mi marido y no sé si él estaba cerca o no, le pedía que se quede tranquilo, y cosas por el estilo. Me llevaron en algún momento hacia el lugar de torturas y la recepción fue un piñazo en la cara, lo extraño es que yo no sentí dolor, ni tampoco con la picana, ni con el “teléfono” que era golpear ambos oídos al mismo tiempo, pero sí estaba segura que no podría soportar el “tacho” que era un simulacro de ahogamiento en aguas sucias con una capucha de goma, como soy asmática tengo terror a la falta de oxígeno, desde niña. Pasó un tiempo hasta que lo hicieron conmigo, luego de que un médico indigno de su profesión- hubo varios- dijo que podían hacerlo, pues yo simulaba estar con asma para tratar de evitarlo.

Pero eso fue después de que nos trasladaran, en una noche de terror, rodeados de metralletas y amenazas, a otro lugar, que luego supe era el Infierno Grande, un cuartel donde un galpón fue preparado especialmente y funcionó varios años, allí pasó mucha gente, en especial comunistas, pero también de otros grupos políticos. Allí mataron gente, desaparecieron compañeros y compañeras, como es el caso de Eduardo Bleier, a quien especialmente destrozaron por mucho tiempo por ser el responsable de finanzas del partido, y tal vez más por ser judío. Una hija de Bleier vive hace muchos años en Israel.

Después de un tiempo de estar “desaparecida” en el 300 Carlos, otro nombre que tenía según claves de los torturadores  el Infierno Grande, fui llevada con algunos grupos de prisioneros a un cuartel, donde en algunos días pudimos sacarnos la venda, y comenzar una vida un poco más tranquila, siempre con el temor de volver atrás, pues los represores venían cada tanto a buscar a alguien para volver a interrogatorios y torturas. Allí comencé a recibir paquetes con ropa de mi familia, y yo pude comenzar a enviarles lo que tenía puesto desde hacía dos meses, todo sucio, roto y que me quedaba muy grande pues había adelgazado mucho. Allí cumplí 34 años, y los guardias permitieron que los compañeros y compañeras con quienes compartíamos ese galpón de cuartel me saludaran. Fue un muy triste pero emotivo cumpleaños, jamás lo olvidaré.

P: Creo que es difícil hasta imaginar la sensación…

R: Así es…. También logré transmitir de algún modo que yo estaba bien y pedir noticias de mis niños. Ellos contestaron  que estaban bien, que otra cosa me podían decir de unos niños que de pronto perdieron a su madre. Debo aclarar que a mi esposo lo liberaron en 5 días, por suerte.

Luego de cuatro meses logré ver a mi familia y en especial a mis hijos, venían cada 15 días mientras estuve en el cuartel casi un año, y luego, ya en el Penal de Punta de Rieles, veía a mi esposo y a mis padres cada dos semanas a través de un vidrio y un teléfono y a mis hijos una hora por semana y en contacto directo. La vida en el penal de mujeres tuvo sus luces y sobre todo sombras, pero hicimos lo imposible por vivir de la mejor forma  esa experiencia.

En definitiva, lo único que lograron tener como causa para mantenerme cuatro años en prisión fue el hallazgo de que en nuestra boutique de decoración se dejaban y luego retiraban materiales de propaganda contra la dictadura, nada más que mi intención de colaborar con la  resistencia al avasallamiento de nuestras libertades.

P: ¿Temiste alguna vez no salir…que esa pesadilla no termine jamás?

R: No, en absoluto, veía que otras mujeres iban saliendo, así como otras nuevas iban llegando, sabía que sólo saldría cuando ellos lo decidieran, incluso le recomendé a mis padres no contratar un defensor privado, nada podría hacer, tal vez ni siquiera ver un expediente real. Pensé que sería mejor uno de oficio, o sea un simple militar sin título de abogado, pues pensaba que dada la acusación tan poco importante no iba a estar mucho en la cárcel. Pero no fue así, supimos, que la condición de profesional universitario hacía más larga la condena, y esto es sólo un ejemplo, no sé cómo funcionaban esas mentes diabólicas. Yo vivía pensando que pronto saldría, y cada año que pasaba sufría una nueva frustración.

Cuando finalmente salí a la libertad, me esperaban afuera mis seres queridos y fue gran asombro verme salir en un estado calamitoso, estaba en los huesos, toda la ropa se caía, en la primera foto que me saqué para los documentos, mi cara cadavérica asusta. Esto era debido a que teniendo gastritis, que llegó a ser una hemorragia gástrica con internación en el hospital militar, no tenía dieta especial como otras presas en estas condiciones. El médico del penal, para nosotras el “cuervo”, me dijo que no había autorización para adjudicarme comida de dieta, la razón nunca nadie me la dio. ¿Por ser judía? No lo sé, pues si bien no era una presa condescendiente con los guardias, otras compañeras más rebeldes recibían su dieta. Mi familia traía siempre todos los alimentos permitidos que pasaban a integrar una despensa común, y esas cosas me ayudaban mientras estaba  en los celdarios comunes, pero no me llegaban a calabozo. Fue un último castigo especial para mí.

P: Ensañarse porque sí…¿Cómo se pasa años en prisión fuera del marco de la ley de un marco democrático, sin perder la cordura?

R: Hubo dos cosas que nos salvaron siempre de la locura a la mayoría de las compañeras. Lamentablemente no a todas, una querida compañera terminó suicidándose, a pesar del constante cuidado y vigilancia de quienes estaban con ella en esos días. No fue la única, otras se suicidaron luego de ser liberadas.

Un hecho que ayuda a vivir en esas condiciones, es que se tiene clara la razón por la cual se está presa:  por haber apoyado una causa noble, por  la libertad, la democracia, contra el fascismo y el terrorismo de estado.

Otra circunstancia muy positiva fue la gran hermandad y solidaridad que surgió entre nosotras, de tal modo que una caída de ánimo de cualquiera era inmediatamente tenida en cuenta por todas. Nos unía y nos sigue uniendo ese lazo invisible pero indestructible de la hermandad, de haber compartido momentos tan difíciles, tan extraordinarios como fue el haber estado expuestas a situaciones de violencia extrema de todo tipo, incluída la violencia sexual. Todas vivimos esta clase de violencia en distintos grados, comenzando por la desnudez forzada, el manoseo, hasta la violación en algunos casos.

MUJERES ANTE UN DESAFÍO ESPECIAL

P:¿Crees que las  mujeres tienen una forma especial, distinta, de lidiar con esas circunstancias?

R: Nosotras estábamos seguras que nuestra forma de encarar la cárcel era diferente a la de los hombres. Una ventaja, según lo vemos algunas fue que compartíamos una celda con varias compañeras, era una vida colectiva en todos los sentidos, desde compartir la despensa hasta las penas y las alegrías. Prepararnos para la visita de familiares era un evento como el tener que salir por alguna causa del penal, allí se compartía ropa, se preparaba lo mejor posible a la visitada o la que debía salir.  Cuando se llevaban a una compañera a calabozo, también se juntaban cosas de todas, lo mejor, lo más abrigado en invierno, se enviaban otros detalles que podían pasar la vigilancia y que daría alegría a la destinataria, como hizo una querida compañera conmigo, me envió crema de leche y maicena para la gastritis y abajo escondido venía dulce de leche, ella sabía que a mí me gustaba mucho. Es imposible pensar en Punta de Rieles sin verlo como un espacio compartido y colectivo, casi diría una forma socialista pura de convivencia.

Otras formas de lidiar con la prisión fueron: el humor a través de algunas representaciones teatrales, el compartir la lectura de libros, a veces por varias compañeras, una leía mientras las otras hacían manualidades, la música, el estudio de algunas materias con compañeras enseñando y otras aprendiendo. El juego de vóley bol durante el recreo, todo hacía a que la vida cotidiana fuera más agradable, o menos terrible.

Algunas familias no podían traer algo a sus presas, comida, tabaco, ropa, depositar dinero en la cantina del penal, pero eso no era un problema pues se compartía lo que venía de quienes sí podían.

P: Imagino que debe ser difícil contar todo esto. Y al mismo tiempo, es importante que se sepa lo que pasó….. …¿La prisión dejó huellas indelebles? ¿Crees que tu vida sería hoy diferente si no hubiera ido presa?

R: No sé cómo sería, esas huellas claro que existen, en la psiquis y en el organismo, pero no podría asegurar que hoy sería mejor o peor si no hubiera vivido esa experiencia, sumado a que al salir mi esposo se separó de mí, pues en esos años de soledad se enamoró de otra mujer. Yo crecí y me fortalecí como persona con esa vivencia, fue muy terrible, sobre todo el desarraigo de los hijos, de la familia, de la vida cotidiana, pero hubo que hacerse fuerte y enfrentarlo.

P: ¿Y cómo es hoy tu vida?

R: Ya soy una mujer mayor, con dolores que limitan mis actividades pero sigo con proyectos varios. No puedo vivir sin ellos. Sigo buscando el financiamiento de la escultura “El abrazo de los Pueblos” en homenaje a la inmigración judía al Uruguay en particular al barrio Goes y Villa Muñoz donde pasé mi infancia, adolescencia y juventud. Tengo más proyectos….

Por ahora quiero resaltar la importancia de transmitir a los más jóvenes las historias terribles del siglo XIX: la Shoá donde perdí a gran parte de mi familia paterna. También la dictadura en Uruguay y en todo el Cono Sur. Mi objetivo es que no se pierda la memoria, para que estos hechos no se repitan.

Hoy brota el facismo por todos lados y es muy peligroso. Nosotros, los judíos, debemos estar alertas.

Mis hijos y nietos son mi gran alegría. Alejandro sigue viviendo en el Caribe, ahora en Martinica donde trabaja en un Estudio de Arquitectura.  Tiene 3 hijos con su esposa que es una hermosa mujer negra. Una adoptiva de 16 años y dos biológicos de 6 y 2 años.

Mi hija Aiala es Doctora en Informática y tiene sus 2 hijos que son dos joyas: Manu de 18 años que ya entró en la Universidad, en Ciencias y en Ingeniería y Cleo de 15 años que está en secundaria y se inclina más por las artes. ¿Qué más puedo pedir a la vida luego de aquellos años oscuros?

Judía presa

P: ¿Tu condición judía incidió en algo durante tus años de prisión?

R: El hecho de ser judía debía ser un agravante, o se usaba con objetivos humillantes, yo sabía cuándo venían a buscarme para torturarme pues me decían “vení  judía de mierda”. Esto fue estando en el Infierno o 300 Carlos.  Ya conté sobre el asunto de la dieta por mi gastritis que llegó a ser grave. Esto ya era en el penal de mujeres. No puedo decir con certeza que era por ser judía, no me lo dijeron nunca, pero no había otra causa, no tenía sentido.

P: ¿Protagonizaste algún incidente antisemita explícito por parte de tus carceleros?

R: No especialmente, además de lo que ya relaté sobre el tratamiento de “judía de mierda” durante la etapa de la tortura. Lo que sí me extrañó fue el contenido de algunos libros propiedad del Penal, que fue lo único que pudimos leer durante un tiempo, no recuerdo cuánto, en que nos prohibieron recibir de la biblioteca nuestros libros, los que habían traído nuestras familias. Eran escritos o difundidos por la iglesia católica argentina. Allí se hablaba sobre el proceso que seguía el “anticristo” pasando por la masonería, el comunismo y el judaísmo. Yo algo leí, pues como no había otra cosa aprovechaba a saber algo sobre la masonería. Pero lo demás, agregado a esto, era toda una locura producto de mentes absolutamente fascistas. No dejó de preocuparme porque me involucraba directamente, y no olvido de dónde vengo. Mis antepasados por parte de padre, como de tantos de nosotros, fueron víctimas de la Shoa. Y eso se estaba repitiendo, no a tan terrible escala, pero parece que la bestia parda no descansa.

Justamente, el tema de mi trabajo en un taller literario que estamos haciendo con algunos compañeros  es la necesidad de transmitir a las futuras generaciones, a mis hijos y nietos, las tragedias que han vivido sus familiares, tanto los asesinados por los nazis, como la mía propia que no he logrado aún transmitirla claramente a mis hijos. A muchos nos pasa que no logramos encontrar el diálogo necesario con nuestros hijos, tal vez porque es difícil contar detalles dolorosos y también porque ellos sufrieron mucho. Tengo esperanzas todavía de poder hablar con mis nietos. El  lunes se publica un libro donde una de las entrevistadas soy yo, sobre la tortura, hecho y editado por el gremio de los funcionarios del Poder Judicial y por IELSUR, una ONG de abogados que defienden nuestro caso. La historia comienza a abrirse, y yo quiero que no sea ajena a la de mis familiares, la memoria de la Shoa y la mía son eslabones de una misma cadena para mí.

P: ¿Cómo era el hogar en el que creciste? ¿El judaísmo cumplía allí algún rol?

R: Sí, claro, la nuestra era una típica familia judía, las fiestas y fechas especiales las vivíamos todos reunidos en casa de mis abuelos maternos, yo los visitaba en el shil, cuando ellos rezaban, pero en casa la religión no tenía un papel, sí la tradición. Mi padre, sin ser religioso, quería que nosotros, mi hermano (fallecido a los 28 años por enfermedad) y yo, conociéramos nuestras tradiciones y nuestra cultura. Fuimos todas las mañanas a la idishe shule los 6 años en que hicimos la escuela pública por la tarde. Recuerdo los libros en español para niños que nos compraba, uno se llamaba,  “Leyendas y parábolas judías”.  Ahora, de veterana, he vuelto a estudiar idish, y las palabras vuelven a mí, están guardadas dentro mío. Pero esto cesó con mis hijos, su padre no es judío, y a mí, la época histórica que me tocó vivir siendo joven, me llevó por otros caminos, aquellos años de grandes ilusiones, que en el ambiente universitario se vivían con mucha intensidad.

P: Para los judíos la memoria es algo muy central….¿cómo vives la memoria de aquellos años?

R: Desde hace años he comenzado a integrar con otras compañeras y compañeros proyectos varios de reconstrucción de la memoria reciente de nuestro país. Uno de ellos fue un documental que hicimos con compañeras sobre la cárcel de Punta de Rieles. Se llamó Memorias de Mujeres y fue dirigido por Virginia Martínez, reconocida documentalista y actual directora del canal de TV oficial. Hace varios años, jóvenes de la Casa Mordejai Anilevich nos entrevistaron a dos compañeras judías ex presas políticas. Querían que relatáramos nuestra experiencia en la tortura. Cuando un viernes, luego de encender un candelabro y compartir la jale y el vino, ceremonia a la cual no estoy acostumbrada pero me emocionó realmente, se proyectó el video, el silencio asombrado de decenas de jóvenes fue un signo de esa realidad. Ellos mismos lo dijeron: “nosotros siempre respetuosos con la memoria de la Shoa, y desconocíamos lo que pasó acá en nuestro país hace tan poco tiempo”. Fue muy emocionante ese momento y para mí personalmente una satisfacción haber contribuido con esa misión.

P: Y ese es el video, filmado hace casi diez años que se transmitirá este viernes en la actividad de la Casa de Cultura Mordejai Anilevich y Hashomer Hatzair.

R: Así es. Éramos dos las compañeras filmadas, pero sólo yo podré estar. Y ahora, lo podrá ver otra generación.

Fuente: Semanario Hebreo Jai

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