MOISÉS Y ARTIGAS: LA VERDAD DE LOS MITOS

MOISÉS Y ARTIGAS: LA VERDAD DE LOS MITOS

¿Cuál es el valor de Pésaj si no sucedió en la historia? ¿Qué sentido tiene celebrarlo aunque no se trate de hechos históricos? ¿Por qué seguimos festejando Pésaj si en la realidad no sucedió nada de lo que relatamos y cantamos alrededor de la mesa durante el Séder?

La arqueología más autorizada (véase “La Biblia desenterrada” de Israel Finkelstein y Neil Silberman) establece que nunca hubo esclavitud hebrea en Egipto, mucho menos un éxodo y la presencia de este pueblo en el desierto del Sinaí. Dada la magnitud y el poderío del imperio egipcio, habría sido imposible que tantos cientos de miles de personas atravesaran todo un desierto -y todo un curso fluvial como el Mar Rojo- sin haber sido resistidos, detenidos o frustrados por la fuerza militar egipcia. La época en la que hasta hace un tiempo se creía que había tenido lugar esta célebre epopeya (siglo XIV – XIII a.C) fue definitivamente descartada: ningún Ramsés estuvo involucrado en algún enfrentamiento contra los hebreos. Los hebreos son originarios de Canaán y siempre estuvieron allí hasta que fueron desterrados por los babilonios y luego descarnadamente por los romanos.

Resulta ser que en el siglo VII a.C. el rey Josías de Judá (la existencia histórica de este personaje sí fue verificada arqueológicamente) se encontraba muy preocupado por la supervivencia de su reino y de su pueblo ante el creciente e implacable poder de conquista de Egipto en la región. Entonces Josías tuvo una grandiosa idea: recopiló una serie de leyendas nacionales, recreadas en lugares geográficos reales, que relataban el triunfo mítico y siempre anhelado de los hebreos contra la implacabilidad y la crueldad de los egipcios. El texto bíblico no nos cuenta qué fue lo que pasó realmente, sino algo más sabio y valioso: cómo era vivir en aquellos tiempos y por qué se llegó a escribir un texto fundacional con una trama tan diferente de lo que realmente ocurrió en la historia. Es una obra que en cierto modo sienta las bases de una disciplina histórica relativamente moderna, pero que estudia realidades tan o más importantes que las cronologías y las gestas heroicas: la historia de la sensibilidad. En este caso, qué se sentía ser un hebreo en la Antiguedad, cuáles eran las libertades y las limitaciones de tener esta condición y de pertenecer a este pueblo, cómo eran vistos los hebreos a los ojos de otras naciones y especialmente de las grandes potencias de la época. La historia de los testimonios, de las anécdotas, de las vidas particulares que componen la gran historia de una nación: la historia de la sensibilidad.

La investigación arqueológica constata que no solo desapareció el antiguo reino de Judá, sino que además fue muerto Josías por los egipcios. En términos estrictamente históricos, el territorio nacional de los judíos había sido arrasado y extirpado de la nación homónima. Por eso se encontró la estela de Merneptah que reza: “La simiente de Israel ya no existe”. No habían escrito esto porque los hebreos habían logrado huir de Egipto, sino porque efectivamente habían sido irremediablemente combatidos, y los pocos que quedaban habían sido desperdigados por varias zonas del planeta. Sin embargo, aunque no lo pareciera, no todo estaba perdido. A pesar de todo, había un tenue brillo de esperanza, palabra que más de dos mil años después se convirtió en el nombre del himno nacional del pueblo que resurgió de las cenizas y restableció su propio estado.

¿Qué fue lo que mantuvo vivo al pueblo judío en su larga historia de diáspora? ¿Por qué no desapareció si lisa y llanamente lo había perdido casi todo? Ya no tenía su propio territorio ni soberanía ni independencia ni siquiera libertad, pues fue perseguido por todas partes y a lo largo de más de dos mil años. La clave es esta: el remanente del pueblo judío nunca dejó de contarse el cuento, su propio cuento, su relato fundacional, no histórico, sino su convicción espiritual. Al principio, no se escribía para hacer crónica de los hechos acaecidos, sino para expresar lo que cada uno sentía y creía para poder existir. La literatura es anterior a la historia. Y para eso es necesario trascender los límites y las posibilidades de la realidad, atravesar por medio de las letras lo que no se puede atravesar en la realidad concreta. El relato del éxodo de Egipto es a la vez un relato de frustración y de victoria: la realidad es que aquella vez no pudimos, pero gracias a la encaprichada tenacidad de no bajar los brazos, de no darse por vencidos, de transmitir ininterrumpidamente a través de las generaciones lo que nunca dejamos de anhelar, el sueño de ser libres e independientes acabó concretándose varios siglos más tarde.

El cuento vale, y a veces más que la propia historia. Porque el ser humano no se afirma sobre la tierra por hechos comprobables o históricamente verificables; se pone de pie porque hay deseos y convicciones que lo hacen erguirse, que le permiten encontrar un sentido trascendente a la vida y que lo mantienen animado y contenido hasta en la más desalentadora de las circunstancias. Para eso se escribió el relato del Éxodo: para mantener altos y vivos el espíritu y la moral de un pueblo abatido y derrotado.

Pésaj es una celebración que hace uso de la literatura epopéyica, y hasta en cierto modo ficticia, para transmitir verdades y valores que no son comprobables en ningún laboratorio ni por medio de ninguna investigación arqueológica, sino mediante la propia experiencia y reflexión de la vida. Las fiestas del pueblo de Israel no son históricas sino filosóficas: la pregunta relevante no es cuándo o cómo obtuvimos la libertad sino qué es la libertad; no nos preguntamos cuándo o cómo recibimos la ley, sino en qué consiste y para qué está; no nos interrogamos acerca del origen del hombre, sino qué es el hombre y para qué vive; la pregunta judía es de naturaleza cualitativa y no cuantitativa: la cuestión del concepto, lo que nos define, lo que nos constituye. Ser judío es hacer filosofía todo el tiempo en que uno esté en pie.

De este modo, podemos trascender la inquietud o la preocupación, en cierto modo vana, por los elementos compositivos de la narrativa bíblica. En efecto, la historia se tiene que haber escrito de esta manera para que fuera estudiada y meditada desde un espíritu reflexivo, crítico y cualitativo. Emprender su análisis con un talante histórico es realmente absurdo. Si los dos protagonistas de esta historia no tienen nombres propios (“Paró” es “faraón” y “Moshé” es “rescatista”), es porque la historia no alude a personajes históricos sino a arquetipos humanos, muy reales por cierto.

Esta historia ha sido tan influyente y tan conocida en el mundo, que en este otro lado del planeta, siglos y siglos más tarde, cuando José Artigas, personaje histórico y real, emprende su caravana hacia el interior de la entonces Provincia Oriental con todos sus seguidores y defensores del federalismo, la historiografía rotuló ese suceso como el “éxodo del pueblo oriental”, epopeya aventurera y aparentemente triunfante, pero finalmente fracasada en la historia. Vaya casualidad que ambos líderes, Moisés en el mito y Artigas en la historia, no llegaron a ver materializado su sueño; pero bien sabemos que sin la valentía y sin la determinación de estos dos grandes personajes, no podemos asegurar que hubiera tenido lugar alguna de estas dos gestas libertadoras, mucho menos la formación del relato fundacional de cada nación. En diferentes planos de la realidad, Moisés y Artigas son igualmente míticos.

“Deja libre a mi pueblo”, dijo Moisés. Artigas dijo: “con libertad no ofendo ni temo”. Eso es lo que celebramos y enarbolamos: la intachabilidad, la osadía y el valor del que exige y pregona la libertad.

¡Jag Sameaj para todos!

Rodrigo Varscher

 

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