LAS CAMPANAS DEL VÍSTULA.

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Anna Donner ©®

(19 de abril de 1943. Levantamiento del Gueto de Varsovia )

Mi mamá me había llamado a la mesa. La muñeca de trapo con pelo azul se había quedado esa noche conmigo. Helena me la prestó hasta el día siguiente. La baba Sara había preparado gefilte fish, rábanos picantes y sopa de pollo. Mi hermanito dormía en su cuna, no era un buen momento para que hubiera nacido un niño judío, hacía tiempo que mi papá no se reía. Varsovia se había rendido, veintisiete días después de la invasión alemana.

Cuando le llevé su muñeca, Helena me la arrancó de un tirón, y sólo me quedé con un mechón de pelo azul. —¡Tú trajiste a los alemanes a Polonia! ¡Tenés la culpa de Todo! —Helena a ya no quería jugar más conmigo, volví a casa llorando.

—¡Queda terminantemente prohibida la entrada de los judíos a parques y museos, no pueden usar más el transporte público, tienen que sacar a los niños de las escuelas públicas, quedan cerradas todas las sinagogas y los judíos no pueden ejercer más profesiones ni oficios, queda prohibido su ingreso en los cines, teatros y hospitales, y sólo pueden viajar en el vagón que tenga el letrero “para judíos”! —pregonó enaltecido el novel Kommisar de Varsovia. —¡Los alemanes somos víctimas de la escoria judía!—se excusaron las bestias ante la nacionalista plebe polaca.

Desde la caída de los Templos, al principio de mi memoria, fuimos abusados. No bastaron dos mil años de dispersión para olvidar las expulsiones y carnicerías; éramos brujos y contagiábamos la Peste Negra. Cuando llegamos al reino de Polonia fuimos bien recibidos porque éramos necesarios. Le dimos nuestras artes y oficios, pero la satisfacción nos duró un suspiro. Polonia tuvo el honor de crear el primer gueto del mundo, demarcó nuestra frontera y nos hizo construir una raza aparte.

—La suciedad de los judíos tiene a la nación polaca en vilo. ¡Sus casas están plagadas de piojos, y los piojos trasmiten el tifus!. Con el fin de dominar el problema que los judíos trajeron a Varsovia, quedará aislado un sector de nuestra ciudad bajo cuarentena. Todos los judíos tienen que mudarse en el plazo de dos semanas —hizo eco la voz del Kommisar en los altavoces de la Plaza Parysowski.

Mi mamá tenía los bolsos listos. Dejábamos muchas cosas, los alemanes nos habían dicho que no nos preocupásemos, que ellos nos las alcanzarían después. De todos modos, ya no tendríamos lugar para ellas. Nos mudábamos a una nueva vivienda. La baba Sara cerró la cortina de la ventana, y vio nuestra calle por última vez.

En la antigüedad, ya habíamos trabajado como esclavos y construimos muros para la gloria de los faraones. Mi papá, junto a los demás hombres, trabajaba en la construcción del muro. Las filas de ladrillo que circunvalaban el gueto se iban elevando en el aire. Arriba clavaron pedazos de vidrio para deshacernos las manos en caso que se cruzase por nuestra mente la imprudente idea de escalarlo. Encima, tres cuerdas de alambres de púa. El muro tenía trece puertas.

Helena y su madre caminaban presurosas, cuando escucharon el susurro de una voz con el último aliento. —Ayudenme, por favor –-¡No lo toques! ¿No ves que saltó del muro? ¿No ves que es un judío?

En el gueto había un solo árbol. Mi mamá trabajaba en el hospital, y todo lo que podían hacer era poco. El porcentaje de defunciones por el tifus era alarmante. La neumonía, tuberculosis y desnutrición eran problemas críticos. Mi hermanito tenía las defensas bajas, y había perecido.

Un día, había acompañado a mi mamá a llevar medicinas, cuando llegaron los alemanes. Trepamos a la buhardilla. Vimos como sacaron a los cincuenta ocupantes de la finca – hombres, mujeres y niños – y los cargaron en camiones del Ejército. Pegaron un cartel en el edificio declarándolo “Contaminado por el Tifus”.

Más tarde nos enteramos que llevaron a los evacuados al cementerio judío. Los obligaron a cavar una zanja enorme, desnudarse y alinearse en el borde. Los fusilaron, y cayeron dentro.

Las ejecuciones en masa eran cada vez más frecuentes. Los grupos eran acusados de actividades criminales o intelectuales, y rotulados como seres Infrahumanos.

—Polacos: A los inhumanos se les dará el tratamiento que merecen, y liberaremos a vuestro pueblo polaco de la peste judía. Estamos eliminando judíos en nombre del bien, para defenderos a vosotros.—Los alemanes ya estaban pensando en la Solución Final.

La liquidación del gueto era un asunto prioritario en la agenda de Herr Kommisar —Todos los judíos que viven en Varsovia, sin distinción de edad ni sexo van a ser deportados al Este.

—¡No se presenten! ¡Escondan a sus hijos! ¡Resistan! —Mi papá se había unido a la fuerza armada de la resistencia. Los judíos todavía sabíamos luchar. ¿Seríamos oídos?

Nos enterramos abajo del gueto. Estábamos apretados en una cueva subterránea. Sólo podíamos subir para respirar unos minutos al día. Estar en la calle pasó a ser un recuerdo. ¿Cuánto podríamos resistir? Masada…

Esperábamos con fervor al enemigo. Todo lo que nos quedaba era el honor de librar esa batalla.

La noche de Pesaj, mi mamá prendió una vela y me dio un trozo de pan duro.

Anna Donner Rybak

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