PESAJ: ritual y su significación

RITUAL

 

Diana Sperling

La proximidad de Pesaj me hace volver a pensar en el ritual y su importancia. No hay otra festividad, en el calendario judío, tan rica en símbolos, gestos, preparativos, como esta. Desde la limpieza que debe realizarse en la casa el día anterior para sacar todo el jametz (alimentos con levadura), hasta la posición en la que se debe comer (recostados como reyes, a fin de marcar la diferencia con la esclavitud que dejamos atrás), cada paso de la celebración está pautado al modo de una compleja partitura. Y, como en toda sinfonía, hay momentos diferenciados, tonos festivos y compases tristes, crescendos y diminuendos…
La comida tiene un alto valor simbólico: la keará, bandeja especial para esa noche, contiene todos los elementos que conforman la narrativa y representan sus distintas instancias. La pasta de dátiles o manzanas como símil de la argamasa con que se construían las pirámides, el hueso de cordero o pollo que recuerda el sacrificio pascual, las hierbas amargas que remiten a los padecimientos de la servidumbre…
La lectura de la Hagadá (el relato del éxodo de Egipto que constituye el núcleo de la reunión) es, en sí misma, una pieza coral. Los chicos preguntan, los padres responden, todos participan leyendo una frase o entonando una melodía… Quien comanda el seder (orden) de la cena es como el director de orquesta: cada instrumento aporta su voz, su tono peculiar, su timbre, en una polifonía coordinada y dinámica.
Al final de la cena, los niños deben hallar el afikomán, un trozo de la matzá que se ha escondido y que da pie a una suerte de búsqueda del tesoro, con premios y recompensas que hacen las delicias de chicos y grandes.
Comemos, cantamos, jugamos. A veces, incluso, algunos de los invitados se disfraza de Moisés o el Faraón o alguno de los personajes de la trama, como en una casera obra teatral. Suele ocurrir que los adultos -incluso, o especialmente, los más “laicos” o alejados de la observancia- recordemos con gran vivacidad esos momentos de la infancia, esas noches iluminadas, esa combinación única de los mayores de la familia explicando y enseñando y de chicos riendo y aportando sus cantos y preguntas.  Porque, de qué otra manera se graban las tradiciones sino a través de esas formas concretas? Cómo “fabricar memoria” sino mediante acciones en las que intervienen los cuerpos, la música, la repetición de versos y melodías?
El ritual es un dispositivo imprescindible para que las vivencias que es preciso transmitir y grabar tengan un espesor vívido y concreto. No se recuerdan abstracciones ni enunciados teóricos: se guardan en la memoria las coreografías de las que hemos participado. El ritual es una puesta en escena que inscribe, en cada uno de nosotros, una obra milenaria, un orden que nos antecede y nos alberga, una composición que hace lazo y nos liga a una historia común. Como una delicada caligrafía, como la notación de la partitura, el ritual le da forma y coherencia a los momentos privilegiados que se destacan sobre el fondo amorfo del tiempo profano.
Diana Sperling
abril 2019

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.