Israel el próximo 9 de abril es especialmente importante.

Nueva Sion

Dos democracias, un futuro

Toda elección nacional en un país democrático es crítica para su desarrollo, y la que se llevará a cabo en Israel el próximo 9 de abril es especialmente importante. A diferencia de pasadas y probablemente futuras elecciones, en la actual un solo tema profundo dicta la decisión del electorado. En lugar de temas “tradicionales” como paz y seguridad, la economía o la relación religión-Estado, esta ronda electoral se centra en la naturaleza misma del sistema democrático que regirá a Israel. Dos visiones alternativas compiten por el favor de la ciudadanía. Por un lado, el modelo de democracia liberal que conocemos desde la creación del estado hace más de 70 años atrás. Por el otro, un modelo de democracia nacionalista y republicana que vemos emerger aquí en la última década y que también va tomando fuerza en otros países del mundo entero.
Por Mario Schejtman *

A nivel internacional, el modelo liberal tradicional tiene defectos. A lo largo de su historia, no supo generar mecanismos que aseguren la inclusión social y el sentimiento de pertenencia de toda la ciudadanía. Distintos grupos han sido sistemáticamente discriminados durante largos períodos de tiempo. Para muchos, las promesas de igualdad de oportunidades y de una posible movilidad social grupal son sólo eso: promesas. En la práctica, los sistemas que debieran asegurar dicha igualdad han sido manipulados y cooptados por los grupos poderosos, las “elites”, para impedir todo cambio en la relación de fuerzas.

La “muerte de las ideologías” anunciada hace veinte años con la finalización de la Guerra Fría incluyó un mensaje significativo. Los líderes nos explicaron que ya no existen escollos para lograr los dos objetivos últimos del liberalismo democrático: nada impedirá la paz universal ni la prosperidad de toda la población. Evidentemente la realidad ha demostrado que dichas promesas fueron infundadas. La “guerra de civilizaciones” muestra lo vulnerable que somos frente a terroristas fundamentalistas (de todas las religiones) que actúan ya sea de manera individual o en redes internacionales. La forma en que los gobiernos y demás entes internacionales trataron la crisis financiera global demostró claramente que no todos los intereses y no todas las necesidades socioeconómicas son consideradas igualmente importantes.

Esto da lugar a visiones alternativas sobre la democracia. Visiones que proponen cambios drásticos en la organización y funcionamiento de los estados. La más atractiva de dichas alternativas se centra en cambiar una de las premisas básicas del modelo liberal: el precepto de igualdad universal entre los seres humanos. En su lugar, propone una visión colectivista-nacionalista que redefine las fronteras de solidaridad y de legitimidad en la toma de decisiones. La democracia no desaparece de acuerdo a este nuevo sistema, pero es una democracia substancialmente distinta a la que conocemos. Los conceptos de derechos y obligaciones son aplicados de manera diferencial a distintos grupos identitarios. Esta es la lógica que llevó a la victoria a Trump en EE.UU., a los proponentes del Brexit en el Reino Unido, a partidos políticos europeos (Polonia, Hungría, Italia) y no europeos (Brasil) y que sustenta la cohesividad de la coalición gubernamental israelí de la última década.

Las próximas elecciones en Israel no serán las primeras en las que estas visiones contradictorias sobre la democracia y los derechos humanos compitan entre sí. Pero a diferencia del pasado, hoy ambos modelos se presentan de manera clara y explícita.Hasta ahora la puja era entre el “campamento nacional” (del centro hacia la derecha) con posiciones intransigentes en cuanto al conflicto con los árabes y valores neoliberales en temas socioeconómicos, y por el otro el “campamento de la paz” (del centro hacia la izquierda) priorizando el llegar a una solución al conflicto israelo-palestino y la solidaridad en temas internos. En estas elecciones ambos campamentos se han transformado. Grandes cantidades de personas que se identifican con la derecha tradicional han abandonado a los partidos de su bloque, y en especial al Likud. No se volvieron “palomas” y no creen que la paz sea más lograble que antes. Sin embargo, no pueden aceptar la dirección a la que nos encamina el gobierno.

A modo simplista, se puede definir que los dos campamentos electorales actuales son los “pro-Bibi” y los “anti-Bibi”. Los que aman a Netanyahu a pesar de todo y los que lo odian indistintamente de cualquier razón lógica. De hecho la contienda es mas profunda y substancial. Es entre quienes buscan proteger o revolucionar a la democracia israelí. Quienes intentan conservar valores como la igualdad ante la ley y el universalismo de los derechos civiles por un lado frente a quienes por el otro buscan reorganizar el sistema para dar un trato preferencial a los grupos que, a su ver, representan la identidad judía en su sentido mas puro.

De manera cínica se podría explicar las acciones imprecedentes del Primer Ministro Netanyahu y sus compañerxs – los ataques constantes a todos los mecanismos legales, los pactos con quienes proponen visiones supremacistas judías o la definición explícita que Israel “no es un Estado de todos sus ciudadanos”– como tácticas dirigidas a esquivar las acusaciones criminales. La aceptación de dichas acciones como válidas por enormes porcentajes de la población muestran que para ellos lo que está en juego no es el destino personal de un líder específico, sino algo mas profundo. Lo que está en la balanza es la visión misma que Netanyahu personifica.

 

Benny Gantz, ex Jefe del Estado Mayor del Ejército de Israel, quien dirige junto a Yair Lapid la alianza Azul-Blanco

De coaliciones anchas y angostas…
A tres semanas de la apertura de las urnas, las encuestas muestran una paridad constante entre ambos campamentos. Sin embargo, ya hemos visto, tanto a nivel local como global, que las encuestas no logran predecir fehacientemente los resultados. La composición de la nueva Knesset, que dictaminará las posibilidades coalicionarias, dependerá de factores difíciles de anticipar. Uno de ellos será cuáles de los partidos pequeños lograrán pasar el alto umbral electoral (3.25%) necesario para recibir escaños parlamentarios. Otro, la capacidad de Netanyahu de pilotear en las agitadas aguas políticas y criminales simultaneamente, evitando que dentro de su propio partido le den la espalda y lo obliguen a renunciar a su liderazgo.

En caso de que los resultados finales no difieran en demasía respecto a las encuestas, habrá dos posibles tipos de coalición: muy angosta o muy ancha. En ambos casos, la estabilidad política será constantemente jaqueada y el espectro de una nueva elección estará al acecho. La opción angosta es la mas probable. O sea, un gobierno de entre 61 y 65 escaños (de los 120 que componen a la Knesset). En caso de que gane el campamento nacionalista, la coalición estará liderada por el Likud e incluirá a todos sus “aliados naturales”. Presiones internacionales y en especial el esperado programa de paz norteamericano amenazarán a desmoronar al nuevo gobierno. Por otro lado, si el campamento liberal es el victorioso, un gobierno liderado por el partido Azul-Blanco muy probablemente podría ser un gobierno minoritario, ya que como prometieron, ellos no están aún dispuestos a incorporar a los partidos que representan a la ciudadanía árabe a la coalición. La legitimidad de un gobierno de este tipo será claramente débil.

La alternativa ancha es un gobierno de “unidad nacional” que incluya a ambos partidos grandes más varios de los pequeños y llegue a contar con el apoyo de cerca de 90 miembros de la Knesset. Por primera vez desde la cooperación entre Shamir y Peres, un gobierno de este tipo es matemáticamente muy factible. El problema es que la brecha que divide a ambos socios potenciales es a la vez ideológicamente real y substantiva así como la desconfianza y hasta el desprecio mutuo lo es a nivel personal. A pesar de tener una base aparentemente sólida, una coalición así compuesta será extremadamente débil y muy probablemente paralizada en toda decisión importante. Una ramificación de este escenario sería que, debido al avance en los procesos judiciales contra Netanyahu, la rama liberal que aún existe dentro del Likud se organice internamente y logre destronar al “Rey Bibi” de su puesto como mandamás del bloque. Un Likud bajo una nueva dirigencia podrá definir una base mas sólida de cooperación con Azul-Blanco.

Obviamente existe otra alternativa. Esta es que las encuestas estén muy erradas y los resultados nos deparen una sorpresa mayor, en la forma de una pronunciación inequívoca de la población claramente a favor de uno de los campamentos. En un escenario así, con un gobierno cohesivo ideológicamente y relativamente ancho a nivel cuantitativo, veremos una nueva coalición estable que gobernará por unos cuatro años más.

En pocas semanas la ciudadanía se pronunciará. Será el fin de un proceso electoral específico, pero definitivamente no el fin de la saga. Sea el resultado el que fuera, la puja entre los dos sistemas ideológicos continuará.

* Director General de “Etgar. ONG por la Transformacion de Conflictos”

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