El problema comienza cuando los “datos” se convierten en Banderas.

Anna Donner ©®

Como individuo parado en el mundo que uno es, se requiere de ciertos datos para ser parte del gran diccionario de terrícolas. Cuando nacemos, somos inscriptos en el registro civil con un nombre, un apellido, un sexo biológico y la fecha y lugar de nuestro nacimiento y a partir de entonces nuestra edad se define en referencia a la fecha en que nacimos.

Estos datos “primarios” nos serán imprescindibles para ser reconocidos como seres individuales en este amplio y vasto mundo. A partir de los mismos tendremos un número de identidad (cédula) que nos será requerido para (casi) todo nuestro andar por este planeta. Con estos datos nos inscriben en la sociedad médica, en la escuela y otros. Los datos personales son esenciales para todo: a la hora de solicitar un empleo, una tarjeta de crédito, una cuenta bancaria, nos presentarán un formulario que deberemos de llenar en el que se nos solicita la cédula de identidad, apellidos y nombres, nacionalidad, etc.

Claro está que, conforme crecemos, vamos entendiendo más acerca de quiénes somos y podemos definir Otros datos: creer o no en algún dios, a qué queremos dedicarnos, ideología. Así vamos definiendo, conforme a las circunstancias en las cuales estamos parados en el mundo, nuestros valores fundamentales: para algunos el dinero estará en un lugar superior, para otros la religión, para otros la ideología. Nadie vale menos que nadie por eso, simplemente como seres individuales que somos, tenemos el derecho de ser quienes queremos ser, sin que nadie nos ande señalando por ahí.

Pero por desgracia, que los hay Señaladores, los hay. Allí está el dedito inquisidor de jueces de toga negra que creen que todos tienen que ser como ellos y en caso contrario, son “mala gente”. Me refiero a individuos que funcionan respondiendo a rótulos: “De izquierda”, “De derecha”, “Conservador”, “Progresista”, “Ateo”, “Católico”, “Judío”, Musulmán”, “Machista”, “Feminista”. El tener cierta ideología, y profesar determinado credo religioso (o ninguno) debería de ser un elemento que hace a la riqueza de ser quienes somos, pero nada más, esos datos no deberían ser marcas ni banderas.

El problema comienza cuando los “datos” se convierten en Banderas. En la Edad Media todo se medía “en el nombre de Dios”. La Santa Inquisición perseguía a todo aquel que no profesara el catolicismo: las personas eran torturadas hasta la muerte o eran quemadas vivas en los autos de fe. En el siglo XX, los turcos exterminaron a todos los armenios en tan sólo una noche del modo más espeluznante, luego vino el nazismo y con él, exterminaron a seis millones de judíos, luego surgió el terrorismo con bombas humanas propiciado por el fundamentalismo islámico…

Pero no nos quedemos sólo con los extremos que terminan en muerte. Analicemos la realidad de hoy: parecería ser que los individuos necesitan desesperadamente identificarse con alguna Marca para reconocer su valía: así es que los “Capitalistas” miden el mundo en monedas, para ellos los seres valen según su patrimonio, estas lógicas entienden que un país es “Una gran empresa”, sólo importan sus activos y sus ganancias, pero no la gente. Del mismo modo que somos un “recurso” en una empresa, y a nuestros jefes sólo les importa nuestra productividad, pero no nuestra vida personal y menos aún nuestros problemas. Y ese es un gran error, porque un país no es una empresa sino un territorio delimitado por ciertas fronteras y habitado por personas, que requieren de derechos, atención y políticas sociales coherentes. Por el otro lado, los “Socialistas”, “Comunistas”, “Populistas”, miden al mundo según su relación con “El Imperio”, y se embanderan con “La Equidad”. Estos últimos, en esta posmodernidad binaria, se equivocan en la praxis. Porque no es que hayan leído a Marx, Engels, o De Beauvoir, sino que se mueven por instintos. En ese afán demencial de “Pertenecer”, creen que Todo les está permitido porque son “Progresistas”, “Feministas” y pelean por “La Equidad”. Son los que jamás harán autocrítica porque creen que el rótulo “per se” es suficiente y no le deben a nadie explicaciones de sus comportamientos. Por lo tanto, si su/s referentes se equivoca/n (todos los seres humanos se equivocan, al menos que sean dioses) jamás lo reconocerán.

Así funcionan los Oficialismos: tanto los de derecha, como los de izquierda. Así tenemos a un Trump construyendo un muro y sus acólitos dicen que es sólo para “ladrones” o “gente del mal vivir”, cuando sabemos que obtener los papeles en la tierra del “Tío Sam” para algunos es muy difícil y nada tienen que ver los años que lleven viviendo en el país, ni sus intenciones. Estas políticas proteccionistas y anti migratorias son absolutamente abyectas y racistas. Muchos han olvidado que si no fuera porque otros los recibieron en un país que no era el de sus ancestros, no serían hoy quienes son. Así, todos los mexicanos retenidos en la frontera son “capos narcos” o “malvivientes” que se merecen lo que les sucede. Son los mismos que avalan cualquier intervención bélica por parte de los Estados Unidos, porque si es de parte de ellos, es “por el bien de todos”. Por el otro lado, tenemos a regímenes populistas en los cuales todo se ha desvirtuado, “izquierdas” que son tan corruptas como aquellos a quienes señalaban en otros tiempos, una industria que mueve millones basada en la “inclusión”, el “empoderamiento de la mujer”, los “géneros no binarios”, y un sinfín de nobles causas que hacen que sus abanderados se crean dioses omnipotentes porque son “personas de bien”, “inclusivas”, “tolerantes”, “solidarias”, cuando en el fondo son como todos los individuos, ni mejores, ni peores.

Todos los oficialistas (ya sean los unos o los otros) harán la vista gorda ante la corrupción de sus líderes (lo que no se nombra, no existe), mientras que repetirán como loros barranqueros toda la propaganda de las mejoras y los logros, maquillaje de “pobreza cero”, “menor desocupación” y otros, al igual que lo hacen las empresas capitalistas que ellos denostan, cuando reúnen a su personal a fin de año bajo el lema “Somos una gran familia”, y hacen un desayuno de trabajo en un hotel elegante de “la city”, o una cena un sábado en alguna chacra fashion, y entre cenas y desayunos pasarán todas las diapositivas de gráficos y comparativos para que todos los miembros de la gran familia “entiendan” que “son los mejores”, y sigan trabajando como un recurso productivo para seguir mejorando las estadísticas los años venideros. Ni los unos ni los otros son capaces de hacer autocrítica, ante todo porque para hacer autocrítica se requiere de valentía y honestidad, se requiere reconocer que aquello que nos define también tiene sus fallas. Por eso, prefieren quedarse en su “zona de confort” siendo bien oficialistas y nada críticos, mejor dicho, críticos de la otredad, pero no de ellos mismos.

Como individuo parado en el mundo que uno es, se requiere de ciertos datos para ser parte del gran diccionario de terrícolas. Y se requiere también, de cierta coherencia para caminar por el mundo, que es tan necesaria y tan escasa en estos tiempos que vivimos.

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