Dios no murió, se convirtió en dinero

Giorgio Agamben.-

Selec. Raquel Zieleniec

Dios no murió, se convirtió en dinero

“El capitalismo es una religión feroz, implacable e irracional: como no conoce redención ni tregua, celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es la obra y cuyo objeto es el dinero” ,dice Giorgio Agamben, en una entrevista con Peppe Salvà y publicado porRagusa Noticiasel 16 de agosto de 2012.

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El Gobierno Monti invoca la crisis y el estado de necesidad, y parece ser la única salida tanto de la catástrofe financiera como de las formas indecentes que el poder había asumido en Itália. La convocatoria de Monti era la única salida, o podría, por el contrario, servir de pretexto para imponer una seria limitación a las libertades democráticas? 

“Crisis” y “economía” hoy no se usan como conceptos, sino como consignas, que imponen medidas y restricciones. “Crisis” hoy significa  “usted debe obedecer!”. Ya es evidente que la “crisis” dura decenios y ya es el modo normal como funciona el capitalismo en nuestro tiempo, que nada tiene de racional.
Para entenderlo está la idea de Walter Benjamin, ya mencionada. Dios no murió, se hizo dinero. El Banco, con sus funcionarios y especialistas, asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes: al gobernar el crédito (incluso el de los Estados, que dóciles abdicaron de su soberanía), manipula y gestiona la escasa fe –incertidumbre, confianza – que resta.

Lo muestra el titulo de un gran periódico nacional (italiano) de unos días atrás: “Salvar el euro a cualquier precio”: “salvar” es un término religioso, pero “a cualquier precio” ¿implica “sacrificar” vidas? Sólo en una perspectiva pseudo-religiosa se puede afirmar algo tan absurdo e inhumano.

¿La crisis económica que amenaza con llevar consigo parte de los Estados europeos puede ser vista como condición de crisis de toda la modernidad?

La crisis atravesada por Europa no es sólo económica, es ante todo una crisis de la relación con el pasado. Conocer el pasado es el único camino de acceso al presente. Es al tratar de comprender el presente que -al menos nosotros, europeos- estamos obligados a interrogar el pasado.

Dije “nosotros, europeos”, porque el sentido de la palabra “Europa” hoy, no puede ser ni político, ni religioso y menos económico.

Para los asiáticos y americanos, la historia tiene otra significación, pero el hombre europeo puede acceder a su verdad sólo confrontando con el pasado, su componente antropológico. De ahí surge la relación especial que los países europeos (Italia, Sicilia como ejemplo)  con sus ciudades,  obras de arte, paisajes: no se trata de conservar bienes, sinola realidad misma de Europa, su falta de supervivencia. Al destruir el paisaje con el cemento, las autopistas y la Alta Velocidad, los especuladores destruyen nuestra propia identidad.
Alexandre Kojève, filósofo y funcionario europeo, afirmaba que el homo sapiens había llegado al final de su historia y tenía delante de sí, dos posibilidades entre una America del Norte animalizada (american way of life) o el esnobismo de los japoneses, cuyas ceremonias del té, vaciadas, carecían ya de significado histórico.  Europa podría ofrecer entonces la alternativa de una cultura vital y humana incluso después del fin de la historia, por ser capaz de confrontarse con su propia historia..

En su obra Homo Sacer, plantea la relación entre poder político y vida desnuda, las dificultades en ambos términos. ¿Cuál es el punto de mediación posible entre los dos polos?

Según mis investigaciones, el poder soberano se fundamenta desde su origen en la separación entre vida desnuda (biológica, que en Grecia tenía su lugar en la casa) y la vida políticamente calificada (que tenía su lugar en la ciudad). La vida desnuda fue excluida de la política y, al mismo tiempo, fue incluida y capturada a través de su exclusión. En este sentido, la vida desnuda es el fundamento negativo del poder. Esta separación alcanza su forma extrema en la biopolítica moderna: cuidar y decidir sobre la vida desnuda se vuelve lo que está en juego en la política. En los estados totalitarios del XX es el poder (también en forma de la ciencia) que decide, en última instancia, sobre lo que es una vida humana y sobre lo que no es. Contra de eso, se trata de pensar en una política de las formas de vida, a saber,

El malestar (usando el eufemismo) del ser humano ante la política tiene que ver con la condición italiana o es inevitable?

Estamos ante un fenómeno nuevo más allá del desencanto y desconfianza entre los ciudadanos y el poder; tiene que ver con el planeta entero. Hay una transformación radical de las categorías con las que acostumbramos pensar la política. El nuevo orden del poder mundial es un modelo de gobierno que se define como democrático, pero nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas. Que este modelo sea, del punto de vista del poder, más económico y funcional, es probado al ver que fue adoptado también por aquellos regímenes que hasta hace pocos años eran dictaduras. Es más simple manipular opiniones a través de los medios, debe imponerlo cada vez con violencia.

Las formas de la política que conocemos – Estado nacional, soberanía,  participación democrática, partidos políticos, derecho internacional – llegan al final de su historia. Siguen vivas como formas vacías, pero la política tiene hoy la forma de una “economía”, un gobierno de las cosas y de los seres humanos. La tarea será pensar integralmente lo que hasta ahora definíamos como “vida política”.

El estado de excepción, que usted vinculó con soberanía, hoy  tienen carácter de normalidad, pero los ciudadanos viven en la incertidumbre. ¿Es posible atenuar esta sensación?

Hace decenios que el estado de excepción que se convirtió en regla,  así como en la economía, la crisis se volvió condición normal. El estado de excepción no está limitado en el tiempo, es el modelo normal de gobierno, precisamente en los estados que se dicen democráticos. Pocos saben que las normas que se introdujeron en materia de seguridad, luego del 11 de septiembre (en Italia ya habían comenzado a partir de los años de plomo), son peores que las que estaban bajo el fascismo. Y los crímenes contra la humanidad durante el nazismo, fueron porque Hitler, apenas asumió el poder, proclamó un estado de excepción que nunca fue revocado. (Y no disponía del control de datos biométricos, videocámaras, celulares, tarjetas de crédito).

Hoy el Estado considera a todo ciudadano un terrorista virtual. Esto solo puede empeorar e imposibilitar la participación en la política que debería definir la democracia. Una ciudad cuyas plazas y cuyas carreteras son controladas por videocámaras ya no es un lugar público: es una prisión.

¿La gran autoridad que se atribuye a investigadores  de la naturaleza del poder político, puede traernos esperanzas de que el futuro será mejor que el presente? 

El optimismo y el pesimismo no son categorías útiles para pensar. Marx en carta a Ruge: “la situación desesperada de la época en que vivo me llena de esperanza”.

En un homenaje a Piero Guccione en Scicli, pequeña ciudad en la que viven importantes pintores vivos. La situación del arte es ejemplo de entender que el único lugar en que el pasado puede vivir es el presente, y si el presente no siente más el propio pasado como vivo, el museo y el arte, (figuras eminentes de aquellas épocas), se vuelven lugares problemáticos. En una sociedad que no sabe qué hacer de su pasado, el arte queda presionado entre la Cila del museo y la Caribdis de la mercancía. Y muchas veces, – sucede en los templos del absurdo que resultan museos de arte contemporáneo- las dos cosas coinciden.

Tal vez Duchamp fue el que se dio cuenta del callejón sin salida en que el arte se mete. Cuando inventa el ready-made, toma un objeto de uso cualquiera, (inodoro), lo introduce en un museo, forzado como obra de arte. Luego del instante de la sorpresa y la extrañeza- en realidad nada alcanza: ni la obra, (es un objeto de uso cualquiera, industrial) ni la operación artística (no hay ni siquiera artista, quien firma con irónico nombre falso el inodoro no actúa como artista, sino, como mucho, como filósofo o crítico, o, como decía Duchamp, como “alguien que respira”, un simple ser vivo.
Él no quería producir una obra de arte, sino desobstruir el camino del arte, cerrado entre museo y mercadería. Qué ocurrió? Una colusión, por desgracia aún activa, en que “vivos” especuladores transformó el ready-made en obra de arte. La llamada arte contemporánea solo repite el gesto de Duchamp, llenando con “no obras y performances” a museos, mero organismo para acelerar la circulación de mercancías, que, al igual que el dinero, ya alcanzaron el estado de liquidez y quieren todavía valer como obras. Esta es la contradicción del arte contemporáneo: abolir la obra y al mismo tiempo estipular su precio.

Fuente: Revista IHU Online

 

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