Siria, una visión de intelectuales árabes

Foto: Asad un problema ético

Ignacio Álvarez-Ossorio | Profesor de Estudios Árabes e Islámicos y director del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz en la Universidad de Alicante.

Efectivamente, considero que estamos en las últimas fases de la guerra, pero todavía quedan muchas incógnitas por despejar. En primer lugar, el régimen sólo controla dos terceras partes del país, quedando la provincia de Idlib en manos de grupos yihadistas y de facciones rebeldes y toda la ribera oriental del Eufrates en manos de las YPG kurdas. Aunque muy debilitado, Dáesh todavía mantiene algunas posiciones en zonas desérticas. De tal manera que el régimen no controla, ocho años después del estallido de las movilizaciones populares, el conjunto del territorio y probablemente no lo vaya a hacer a corto plazo dado que Irán, que ha movilizado a 50.000 milicianos chiíes en Siria y ha llevado la voz cantante en las ofensivas terrestres, se encuentra en una situación extremadamente delicada como consecuencia del restablecimiento de las sanciones por parte de Estados Unidos y, por tanto, no podrá destinar tantos recursos como en el pasado para defender a su principal aliado regional: El Asad.

Por todo ello, creo que todavía es precipitado hablar del final de la guerra. Por otra parte debe tenerse en cuenta que la tarea pendiente es ingente, dado que buena parte del país ha resultado destruida como consecuencia de los choques armados y los bombardeos indiscriminados. La reconstrucción será sumamente costosa y no parece que Irán, dada su crisis económica, pueda asumir excesivo protagonismo en ese proceso. Es probable que China pudiera reemplazarle en dicha tarea, pero esto obligaría a revisar los acuerdos alcanzados por Rusia e Irán para explotar los principales recursos del país (petróleo, gas, minerales, telefonía…) durante las próximos décadas, algo que parece poco probable dado el importante esfuerzo que han realizado dichos países para sostener a El Asad.

Por último, está por ver si se garantiza un retorno seguro a aquellas personas que se vieron forzadas a abandonar el país en los últimos años: más de seis millones de personas (el 25% de la población). Por ahora se tiene constancia que tan solo han retornado unas decenas de miles de los refugiados de los países de entorno (en especial Turquía y, en menor medida, Líbano), ya que muchos de ellos temen ser detenidos por los servicios secretos o ser reclutados de manera forzosa para combatir contra los últimos focos rebeldes. El reforzamiento del régimen sirio podría llevarle a caer en la tentación de vengarse de quienes simpatizaron con la oposición o militaron en los grupos rebeldes, lo que hace poco atractivo la opción del retorno para una inmensa mayoría de los refugiados.+

Lurdes Vidal | Directora del área de mundo árabe y mediterráneo del IEMED y jefa de redacción de afkar/ideas

Lo primero que deberíamos preguntarnos es si la victoria de El Asad significará realmente el fin de la guerra. Lo que sí podemos anticipar es que tal victoria no supondrá el fin de la violencia en Siria y su entorno. Los múltiples conflictos superpuestos que se entremezclan en Siria hacen muy difícil prever que la victoria de El Asad pueda significar una paz real, sostenible y duradera. La cuestión más compleja es que el destino de Siria ya no depende de los sirios y ni tan siquiera de El Asad. El futuro del país está ahora en manos de terceras partes –Irán, Rusia, Turquía, Israel, Arabia Saudí, EEUU, Qatar, EAU…–, y en función de sus intereses nacionales perseguirán uno u otro objetivo en Siria, tal como han hecho hasta el momento. Por ello, el futuro de Siria dependerá también de cómo evolucionen las tensiones israelo-iraníes, irano-saudíes, ruso-estadounidenses, etcétera.

Por otra parte, cabe reflexionar sobre el papel que Europa podría o debería asumir. A pesar de que algunos países europeos se han implicado más sobre el terreno que otros, es cierto que Europa es uno de los pocos actores que pueden actuar como verdadero puente de encuentro, no tanto entre facciones políticas o militares opuestas, sino como puente entre ciudadanos y entre Estados. Europa debería evitar convertirse únicamente en el “pagador” de la reconstrucció,n pero podría implicarse para intentar que este proceso no se convierta en una fuente de conflictos todavía mayor. Esta labor podría generar suficiente consenso en el seno de la UE. La cuestión clave será qué hacer al respecto de El Asad. Su rehabilitación y relegitimación política y diplomática podría convertirse en la estocada de muerte a un sistema de derecho internacional en crisis. Y el mensaje que se lanza de que “todo vale” con el fin de mantenerse en el poder es tanto más peligroso en un contexto de creciente securitización de la política global.

Política Exterior

 

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