El cuerpo, sin dejar de ser cuerpo, se ha vuelto alma

 

Sin libertad no hay lo que llamamos persona.  ¿La hay sin alma? Para la mayoría de los científicos y para muchos de nuestros contemporáneos, el alma ha desaparecido como una entidad independiente del cuerpo. La juzga una noción innecesaria. Pero al mismo tiempo que decretan su desaparición, el alma reaparece no fuera sino precisamente dentro del cuerpo: los atributos de la antigua alma, como el pensamiento y sus facultades se han convertido en propiedades del cuerpo. Basta con hojear un tratado de psicología moderna y de las nuevas disciplinas “cognoscitivas” para advertir que el cerebro y otros órganos poseen hoy casi todas las facultades dl alma. El cuerpo, sin dejar de ser cuerpo, se ha vuelto alma. (Volveré sobre este punto al final de mi ensayo) Por lo pronto señalo que desde un punto de vista estrictamente científico, hay todavía varios problemas que no han sido resueltos El primero y central es explicar el salto de lo físico -químico al pensamiento. La lógica hegeliana había encontrado una explicación probablemente quimérica: el salto dialéctico de lo cuantitativo a lo cualitativo. La ciencia, con razón, no es partidaria de estos passe-partout lógicos, pero tampoco ha encontrado una explicación realmente convincente del supuesto origen físico-químico del pensamiento.
Las consecuencias de esta manera de pensar han sido funestas. El eclipse del alma ha provocado una duda que no me parece exagerado llamar ontológica sobre lo que es o puede ser una persona humana. ¿Es mero cuerpo perecedero, un conjunto de reacciones físico -químicas? ¿Es una máquina, como piensan los especialistas de la “inteligencia artificial”? En uno y otro caso, es un ente o, más bien, un producto que, si llegásemos a tener los conocimientos, podríamos reproducir e incluso mejorar a voluntad. La persona humana, que había dejado de ser el trasunto de la divinidad, ahora también deja de ser un resultado de la evolución natural e ingresa en el orden de la producción industrial: es una fabricación. Esta concepción destruye la noción de persona y así amenaza en su centro mismo a los valores y creencias que han sido el fundamento de nuestra civilización y de nuestras instituciones sociales y políticas. Así pues, la confiscación del erotismo y del amor por los poderes del dinero es apenas un aspecto del ocaso del amor; el otro es la evaporación de su elemento constitutivo: la persona. Ambos se completan y abren una perspectiva sobre el posible futuro de nuestras sociedades: la barbarie tecnológica. (Fragmento de La Plaza y la Alcoba, de La Llama Doble, de Octavio Paz.1993)ii

 

Selec. Ana Teitelbaum

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