Cuando son todos.

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Anna Donner ©®

Mis primeros recuerdos datan del año 1970. Yo iba al kínder del Zhitlovsky, a veces me llevaba mi abuelo Boris caminando. Mi maestra se llamaba Felicia. Todos los días pintábamos en hojas de garbanzo y había “niños malos” que molestaban y “se portaban mal”.  Para la fiesta de fin de año mi abuela me  hizo un traje de lavandera, tenía pollera tableada roja y un delantal blanco. Tomé entonces consciencia del concepto de “año”. Un año era “algo muy largo” para una niña de tres años. Quizá fue ese año, también, que tomé consciencia de que un año “terminaba” y “comenzaba” uno nuevo. 1970 terminaba, y comenzaba 1971. Ese año los troncos de los plátanos se iban pintando de rojo, azul y blanco. Cuando le preguntaba a mi madre porqué pintaban los árboles, mencionaba que tenía que ver con el “Frente Amplio”. Algo “nuevo” y “prohibido”. Yo sabía el nombre del presidente de la república de entonces, Pacheco. Mi madre me explicó que ese año ella votaría, y me dijo que se hacía en un “cuarto secreto”. El día de las elecciones mis padres me dejaron en la casa de mis abuelos maternos y fueron a votar. Al día siguiente le pregunté a mi madre quién había “ganado”. Me respondió que “Bordaberry”. En mi cabeza de niña, además de los años, también cambiaban los presidentes. Mi padre se quejaba de “los tupa”. Decía que eran terroristas asesinos. Pero en nuestra familia había comunistas, no tupamaros. El 27 de junio de 1973, todo cambió. Mi madre me dijo que ya no irían más a votar, porque se había terminado la “Democracia”. Me explicó que ya no había más senadores ni diputados. Yo no entendía: “¿Pero sigue Bordaberry?”, preguntaba rebatiendo el argumento de que al presidente ya no lo elegía “el pueblo”, entonces, por qué Bordaberry seguía si había sido elegido por el pueblo. Mi madre trataba de contestar todas mis preguntas, pero explicarle a una nena de seis años un golpe de estado es complicado. Igual me lo explicó muy bien. Hasta el día de hoy mi madre se acuerda del operativo en el que cayó Sendic, a una cuadra de donde vivíamos, en la Ciudad Vieja. Dice que se escuchó un tiroteo y que la cortina de enrollar quedó durante muchos años con los agujeros de las balas. Cada vez que había alguna reunión familiar, fundamentalmente en la familia de mi padre, faltaba alguien. Un día mi madre me contó que el esposo de mi maestra Felicia, León, estaba “preso”. Poco antes del informativo, todos los días pasaban la cadena de las Fuerzas Conjuntas. Mostraban fotos y repetían la palabra “subversivos”. Le pregunté a mi madre por qué los buscaban. No me dio  una respuesta concreta. Años después, supe que cada día mi madre miraba esas cadenas aterrorizada por si veía a algún conocido. Conforme yo iba creciendo, sabía que vivía en un país en el que había demasiadas cosas prohibidas. Cada vez que le preguntaba a mi madre cuándo habría elecciones nuevamente, me decía: “No sé”. Yo vivía en un país sin presidentes electos. Vivía en un país en el que cuando mi papá me llevaba al corso de 18 de julio, soldados a caballo nos apaleaban para que no camináramos por la calle. Un domingo, mi padre saltaba loco de contento: “¿Qué pasó?” Y me mostró. En mi casa compraban el diario El Día, mi madre me contó que antes compraban “Marcha”, pero que estaba prohibido. En medio de los avisos clasificados, en letras muy pequeñas, decía “milicos putos”. Al día siguiente, el diario El Día fue clausurado por un largo tiempo. Era el año 1980, yo ya tenía catorce años y se venía el Plebiscito. Para que la gente pudiera volver a votar. Los reclames de la tele eran todos por la papeleta del Sí. Y cuando fue el acto del cine Cordón por el No, yo vi con mis propios ojos cómo torturaron a todos los manifestantes. Ganó el No. Faltaba poco. En 1983, todos los miércoles mi hermano y yo golpeábamos las cacerolas durante quince minutos, sacábamos cubiertos, ollas y hacíamos muchísimo ruido, que se unía al de todas las cacerolas que golpeaban en todos los balcones de diez y ocho de julio. Hacía un tiempo que se podía pronunciar los nombres de los partidos colorado y blanco, pero no Frente Amplio. Estaba proscripto. Jamás olvidé los troncos de los plátanos pintados en 1971. Mucha agua ha corrido bajo el puente. Al principio, pensaba que el Frente Amplio jamás ganaría las elecciones, vistos los resultados electorales de 1984, 1989, 1994 y 1999. “Las próximas ganan”, me decían. “No”, respondía yo, escéptica. Hasta que en 2004, el Frente Amplio ganó. Yo miraba un millón de veces el informativo, y seguía incrédula. Así lo viví, era un sueño hecho realidad. Fue ese día, cuando Tabaré Vazquez le dijo al pueblo: “Festejen, uruguayos”. Y fue también, el comienzo del fin de mi utopía. Todo seguía como antes. Tabaré Vazquez no era un “dios bueno”, era igual que todos. La corrupción no se iba. Seguía. Me llevó mucho tiempo comprender que en esto de la política no hay “buenos” ni “malos”. Quizá, existen algunas ideologías con las que simpatizo y otras con las que no. Pero a la hora de ocupar la silla de raso bordeau, todo es igual: Clientelismo político, amiguismo y “vueltos”. Ya no soy esa nena de cuatro años que ve los troncos de los plátanos pintados de rojo, azul y blanco. Soy una mujer que detesta cualquier tipo de oficialismo, que es muy parecido al reclame del “Sí” del plebiscito de 1980: “Un país en crecimiento”. Nadie es “bueno”, todos son “malos”. Todos blanquean dinero. Todos están en “la joda”. En mi país, en todo el mundo. Ante cualquier conflicto bélico todos “están” en lo mismo: Tráfico de armas, lavado de dineros, y cero interés por la vida de los que integran los ejércitos. “Eres un patriota”, es la quimera con la que mandan a los imberbes a la guerra, haciéndoles creer que son héroes, cuando tan solo son una pieza entre millones. En ese monstruo llamado política, el honrado tiene dos opciones: o se “aggiorna” o aparece su cadáver en la primer zanja. Cambia el discurso, cambian los paskines, pero la verdad es siempre la misma. Cuando son todos, a uno ya no le interesa más nada.
Anna Donner ©® 5/2/2019

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