¿CAMINANTES FANTASMALES?

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¿CAMINANTES FANTASMALES?

Rodrigo Varscher –

“Según el relato bíblico, los hijos de Israel vagaron por el desierto y las montañas de la península del Sinaí desplazándose y acampando en distintos lugares durante un total de cuarenta años. Aunque el número de israelitas huidos (seiscientos mil, según el texto) constituya una exageración fabulosa o se pueda entender como la representación de grupos humanos más reducidos, el texto describe, no obstante, la supervivencia de un gran número de personas en las condiciones más dificultosas. Debería haber aparecido algún resto arqueológico de sus andanzas por el Sinaí a lo largo de una generación. Sin embargo, si exceptuamos los fuertes egipcios situados a lo largo de la costa norte, nunca se ha identificado en el Sinaí ni un solo lugar de acampada o signo de ocupación de la época de Ramsés II y sus inmediatos predecesores y sucesores. Y no ha sido por falta de intentos. Las repetidas prospecciones arqueológicas realizadas en todas las regiones de la península, incluida la zona montañosa de los alrededores del emplazamiento tradicional del monte Sinaí, junto al monasterio de Santa Catalina, sólo han proporcionado pruebas negativas: no se ha encontrado un solo fragmento, ninguna estructura o casa ni resto alguno de un campamento antiguo. Se podría alegar que no es esperable que una partida relativamente pequeña de israelitas errantes dejara tras de sí restos materiales. Sin embargo, las técnicas arqueológicas modernas son muy capaces de hallar en todo el mundo huellas incluso de los escasísimos restos dejados por cazadores, recolectores y pastores nómadas. De hecho, el registro arqueológico de la península del Sinaí presenta testimonios de una actividad pastoral en épocas como el tercer milenio a. de C. y los periodos helenístico y bizantino. En el supuesto momento del éxodo, siglo XIII a. de C, no existen, sencillamente, ese tipo de pruebas”.

Israel Finkelstein & Neil A. Silberman: “La Biblia desenterrada”

A MODO DE REFLEXIÓN

Si el Éxodo es un relato mítico, y nunca tuvo lugar históricamente, resulta deslumbrante la capacidad creativa del pueblo de Israel al desplegar un ingenio que ha permitido urdir las tramas más apasionantes y trascendentes de la literatura universal. En este relato, los pueblos occidentales se han inspirado para reclamar su derecho a la independencia y a la libertad nacional otorgado por ese Dios, obra del ingenio literario del pueblo de Israel, que exhortó a Moisés a enfrentarse al arquetipo del tirano de la época para exigirle que liberara a un pueblo que tenía subyugado bajo la servidumbre. Como bien señalan estos investigadores en el presente trabajo de arqueología, no es casual que el nombre de este faraón al que se enfrentó Moisés no tenga nombre propio: “Paró”, es decir “faraón”, no es un personaje histórico sino un modelo de tiranía egipcia. Y el hecho de que el relato se haya escrito, según indican las investigaciones, en los últimos tiempos del poder imperial de Egipto cobra sentido al narrar el relato bíblico que “vio Israel a Egipto morir a orillas del río” (Éxodo 14:30). El así llamado “Cántico del mar” es un reflejo literario del declive histórico del imperio egipcio cuando el reino de Judá se encontraba en su mayor auge (s. VII a.C).

La festividad de Pésaj (Pascua) no es la conmemoración histórica de una liberación nacional ocurrida en un tiempo y lugar determinados sino la celebración nacional y universal de los valores de la libertad, la justicia y el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Las plagas acaecidas en Egipto son metáfora de los males que puede llegar a sufrir cualquier nación, independientemente de su estatus y poderío en el mundo, cuando ignora el sufrimiento y la opresión de los habitantes que residen en su territorio: el agua del río, que representa la fuente de la vida, se convierte en sangre, plaga que representa la muerte cuando los gobernantes se empecinan en mantener subyugada a la población; las plagas de los animales representan lo contaminado que puede llegar a verse un pueblo cuando margina y discrimina a las minorías; las úlceras que sufren los egipcios es vivo reflejo de lo hiriente e irritante que resulta la dominación y la opresión del otro; el granizo representa precisamente el frío dolor de ser dominado por tiranos entumecidos de insensibilidad por tanta soberbia y arrogancia de poder; la plaga de la oscuridad es evidentemente el reflejo de una visión enceguecida que se mantiene indiferente a lo que sucede a su alrededor y que invisibiliza a aquellos que se encuentran padeciendo; y la peor de las plagas, la muerte de los primogénitos, una calamidad que no hace más que señalar el sumo y grave peligro de que se extinga una nación entera cuando se anula la posibilidad de que la sigan construyendo las subsiguientes generaciones debido a la vana y fútil obstinación de quienes las preceden en atornillarse a las cumbres del poder y seguir alimentando su mortífero narcisismo.

El Dios que se invoca en esta epopeya es un Dios de la libertad, un Dios de la justicia, un Dios de la sensibilidad humana; un Dios que vela por la liberación de un pueblo, pero que también llora por el sufrimiento de los inocentes que involuntariamente están involucrados en ese imperio opresor. La única exigencia del Dios de Israel ante semejante imperio y faraón es una muy simple que se hace oír por boca de Moisés: “deja a mi pueblo salir”.

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