Humilde reflexión en homenaje al grandioso escritor israelí Amos Oz

SER HUMANO: EL SIGNIFICADO DE INVOCAR EL NOMBRE DE DIOS

Vaya esta breve y humilde reflexión en homenaje al grandioso escritor israelí Amos Oz, de encomiable agudeza intelectual, profundidad espiritual y acérrimamente humanista, quien falleciera hace pocas horas en su tierra natal.

“FUE ENTONCES QUE SE EMPEZÓ A INVOCAR EL NOMBRE DE DIOS”

El primer fratricidio del relato bíblico había dejado profundamente compungidos a Adán y Eva, la primera pareja de la historia humana que había engendrado a Caín y a Abel. Caín, que en hebreo remite a lo posesivo, había asesinado a su hermano Abel, que de por sí en este mismo idioma alude a lo efímero, a lo pasajero. Uno estaba para quedarse; el otro estaba destinado a desaparecer. Hasta aquí Dios había creado al hombre, a la especie homínida, y este había engendrado hijos, pero hasta el momento no habían surgido los seres humanos.

A pesar del profundo desaliento que habían padecido Adán y Eva, estos se animaron a volver a procrear un hijo: Set (en hebreo “Shet”, que significa “puso”, pues Eva dijo al darlo a luz: “(…) porque me puso Dios otra simiente en lugar de Abel, pues Caín lo mató”), y este nuevo hijo engendró a Enosh. “Fue entonces que se empezó a invocar el nombre de Dios” (Génesis 4:26). Así concluye la primera historia de la genealogía humana.

Hasta la generación anterior, este mundo no había conocido aún la especie humana. Hasta entonces, el desarrollo de la historia había consistido básicamente en el afán de conquistar al otro y acabar con su vida para ocupar su lugar. Caín había matado a su hermano Abel porque Dios había recibido la ofrenda de este, pero no había aceptado la que él había preparado. Por celos, por envidia, tal vez por incompetencia, lo mató. Dios, inmediatamente antes de que Caín asesinara a su hermano, le advierte: ” (…) ¿Por qué te aíras? ¿Por qué tienes la cabeza gacha? Seguramente, si haces el bien, te enaltecerás. Pero si no haces el bien, el pecado acecha a la puerta; su impulso se dirige hacia ti, pero tú lo conquistarás” (Génesis 4: 6-7).

A pesar de lo sucedido, Adán y Eva no se dejaron desmoralizar por el asesinato de su hijo y se atrevieron a traer a un nuevo hijo a la vida, que en parte restituyó la pérdida inconsolable del otro. La iniciativa y la tenacidad de esta primera pareja parece haber dado fruto, esta vez del árbol de la vida, y no del conocimiento del bien y del mal, pues este nuevo hijo, Set, fue quien engendró al primer hombre que invocó el nombre de Dios. Se llamaba Enosh: humano.

Curiosamente, el hebreo escogió el nombre del personaje Enosh para significar “humano”, que está asociado en el relato bíblico al momento en que “se empezó a invocar el nombre de Dios”. De esta manera, al decidirse a volver a procrear un hijo como forma simbólica de restituir la pérdida del otro asesinado por su hermano, al que su madre le adjudica un nombre que alude precisamente a la restitución y que será el ancestro inmediato que engendrará al primer ser humano (Enosh), el texto bíblico señala y reafirma que ser humano no es una mera cuestión natural de pertenecer biológicamente a la especie, sino que hace falta encarnar ciertos valores vinculares para poder llegar a constituirse como tal: ante todo, respetar al otro en su diferencia, no intentar conquistarlo ni pretender desconocerlo ni desplazarlo del lugar que le corresponde y que se merece ni atentar contra su integridad, ya sea física o moral; en definitiva, ser humano consiste fundamentalmente en tener la capacidad de saber reconocer la diferencia y el límite entre uno y el otro y el lugar que le corresponde a cada cual ocupar.

Solo después de estos avatares y de la restitución simbólica del hermano asesinado se digna la Biblia a registrar la genealogía del ser humano.

En homenaje a Amos Oz (ז’ל), de bendita memoria.

Rodrigo Varscher

Nota al pie: De la raíz hebrea para “humano” (א.נ.ש) también procede la palabra אנשים (“gente”, “personas”, “hombres”). Ser “gente”, “persona”, “hombre” implica ser esencialmente “humano”.

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