El libre mercado y el ejército de desocupados

El libre mercado y el ejército de desocupados

Cr. Isaac Markus

 

En su reciente ensayo La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa analiza  la vida e ideas de Adam Smith, a quien se le atribuye el carácter de padre del liberalismo económico. Coincidiendo con la evolución de sus propias ideas, Vargas Llosa alaba el liberalismo económico como un sistema que permite generar un importante progreso social. Ese progreso se lograría al hacer que por medio de la libre competencia el egoísmo implícito en la gestión de los empresarios termine traduciéndose en una optimización de los precios y calidades de los productos que llegan al consumidor.    Podemos coincidir con esto si comparamos los resultados obtenidos en los países en que se aplicó el liberalismo económico con los de aquellos en que se intentó aplicar una economía estatista con base marxista. Como una clara manifestación de su fracaso, estos últimos han terminado casi en su totalidad trocando sus economías por sistemas de libre mercado.

No obstante, los tiempos actuales y futuros plantean problemas que la mera acción del libre mercado no parece suficiente para resolver. El libre mercado ha traspasado las fronteras nacionales a través del fenómeno de la globalización; las empresas multinacionales se han apoderado de porciones cada vez mayores de los mercados apoyándose en su poderío financiero, en las economías de escala que generan, en el uso de la robotización y también en muchos casos, en la contratación de trabajo esclavo y de ínfima remuneración en países que lo permiten.

En los países subdesarrollados, la concentración de la oferta en las grandes empresas, generalmente multinacionales, ha derivado en la decadencia y cierre de las pequeñas empresas, ha llevado a que las industrias languidezcan y a que la desocupación se incremente día a día. A todo esto debe adicionarse la desaparición en los próximos años de la mayor parte de los trabajos existentes como consecuencia de la robotización. Aunque muchos integrantes de la industria tecnológica se esfuerzan por transmitir la idea de que se generaran nuevos empleos sustitutivos, esto parece ser más un intento por defender su negocio que un hecho tangible y comprensible.

Ante este panorama futuro, y ya previendo que no habrá soluciones claras, algunos economistas e incluso algunos gobiernos están proponiendo la vigencia de un salario básico universal para atender todo ese ejército de desocupados. Una especie de sueldo equivalente como mínimo al umbral de pobreza que percibiría cada ser humano por el mero hecho de existir. Estudios del Banco Mundial han estimado el umbral de pobreza en u$s 5,50 por día, es decir, aproximadamente en u$s 2.000 anuales per cápita. Si se aplicara en Uruguay estaríamos hablando de aproximadamente de 6.600 millones de dólares anuales. Pero el reclamo social de una vida digna podría hacer que este nivel de asignación basado en el umbral de pobreza pueda ser considerado incluso insuficiente. Obviamente que los países más pobres, que son consumidores más que productores de tecnología, serán probablemente los que tendrán más dificultades para efectuar ese traslado de recursos.

¨Parece evidente que ante estos problemas el libre mercado no funcionaría como un distribuidor natural, espontáneo y justo de los recursos económicos de la sociedad para atender estas demandas, y que se requeriría la intervención del Estado para hacer llegar los flujos necesarios para la supervivencia del ejército de desocupados generados por la cuarta revolución industrial, sea a través del ingreso básico universal o de cualquier otro sistema. Son tiempos que auguran grandes conflictos políticos y sociales.

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