NUESTRO SEMBLANTE ES REFLEJO DE NUESTRO INTERIOR

 

 

NUESTRO SEMBLANTE ES REFLEJO DE NUESTRO INTERIOR

 

Rodrigo Varscher

Otro de los aspectos fabulosos de la lengua hebrea es la posibilidad de que una palabra admita más de una articulación (ya que el alfabeto hebreo es exclusivamente consonántico) y, por consiguiente, más de un significado. De allí la posibilidad totalmente dada de que las escrituras así llamadas “sagradas” admitan más de una lectura en un buen número de casos que presenten ambigüedad.

A modo de ejemplo, y para justificar valerosamente el título escogido para esta exposición, podríamos presentar el caso de la palabra פנים, que se puede leer tanto “panim” (rostro, cara) como “pnim” (interior). La pregunta que cabría hacerse es por qué se escribirían de forma igual dos palabras que aluden a conceptos evidentemente diferentes, y hasta en cierto modo opuestos, entre sí. Nuevamente, como hemos visto en casos anteriores, la clave suele estar en los detalles. Sabemos, gracias a disciplinas como el psicoanálisis, la semiótica, la filología u otras afines, que las palabras y sus componentes constitutivos reflejan una mentalidad, una cosmovisión, una cultura, en última instancia, una manera de vivir. Y al observar cómo se vocaliza una y cómo se vocaliza la otra, notamos que la vocal cerrada se manifiesta en el significado de “interior”, mientras que la vocal abierta, precisamente la “a”, remite al sentido del “rostro”, que curiosamente se presenta como un sustantivo plural.

Si ambos conceptos son producto de una misma palabra, entonces tiene que haber una relación significativa entre ambos. La pronunciación cerrada se vincula con lo interno, lo oculto, lo recóndito; la pronunciación abierta se relaciona con el rostro, con la expresión, con la demostración de las emociones y los sentimientos. Tal vez lo que nos quiere transmitir esta ambigüedad fonética es que el rostro es una expresión o reflejo (y por eso le corresponde la articulación abierta) de un estado del alma, es decir, de nuestro interior (y por eso le corresponde la articulación cerrada), y quizás el sustantivo es plural porque señala que el interior de una persona está compuesto de múltiples estados anímicos y emocionales que confluyen en un mismo espíritu e interactúan entre sí continuamente, generando como resultado la expresión facial de un ser que manifiesta de múltiples formas sus emociones y sus sentimientos, a menudo a través de los ojos que, como dijera alguno, son la ventana del alma, pues reflejan el estado anímico y espiritual del hombre, o a través de la mismísima palabra que, según el tono, el volumen, la textura o la profundidad con que la emita, demuestra lo que está sucediendo en su interior, ya que nuestras palabras también dan cuenta, y de manera elocuente y significativa, de nuestro estado psíquico y emocional.

No es casual que hablemos de “buenas” o “malas” caras para referirnos al estado emocional de un individuo; tampoco es coincidencia que podamos advertir su estado anímico cuando lo notamos decaído, alegre o preocupado. Es que nuestro rostro, nuestro semblante es reflejo de nuestro interior.

Rodrigo Varscher

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