EL ENCENDIDO DE LA JANUKIÁ:

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EL ENCENDIDO DE LA JANUKIÁ: UN REFLEJO DE LA PROPIA VIDA

Unas décadas después del acontecimiento político-nacional que dio origen a la celebración de lo que sería Janucá, los rabinos Hilel y Shamai prescribieron dos formas opuestas de encender el candelabro, ahora de ocho brazos, como símbolo representativo de la victoria nacional y como ritual de celebración: Hilel sostenía que las luminarias de la Janukiá se debían encender en forma creciente día a día porque, así afirmaba, en cuestiones de santidad “se asciende y no se desciende”; sin embargo, Shamai, vigorosamente aferrado al relato histórico del milagro, sostenía que el encendido debía hacerse en forma decreciente, fiel a la lógica de que con el transcurso de los días, la intensidad de las llamas de las luminarias fue atenuándose. La costumbre quedó establecida como enseñaba Hilel, o sea en forma creciente, y la podemos constatar a la hora de observar cómo encienden las distintas comunidades judías del mundo el candelabro de los ocho brazos.

Al comparar la forma del encendido con la manera de colocar las velas, o las mechas, en la Janukiá, se nota un contraste sumamente llamativo que puede advertir todo aquel que ponga atención a la hora de llevar a cabo el ritual: las velas se colocan de derecha a izquierda y se encienden de izquierda a derecha. ¿Por qué las direcciones de sendos actos se entrecruzan y son opuestas? ¿Por qué no se colocan las velas y se encienden en una misma dirección? Al reparar en ambos actos, podemos apreciar que las velas se colocan en la dirección en que se escribe en el idioma del pueblo judío (en hebreo, de derecha a izquierda), es decir, la manera en que dejamos registro de la historia y, por tanto, la forma en que la recordamos cada vez que pasamos revista de ella; sin embargo, cuando encendemos las luminarias, es decir, cuando nos disponemos a celebrar el acontecimiento y festejar el triunfo de la civilización judía sobre la helénica, lo hacemos de izquierda a derecha, en dirección progresiva, hacia adelante, simbolizando que la propia superación de los acontecimientos implica siempre avanzar, pese a las dificultades, los obstáculos, el esfuerzo, el desgaste y el propio dolor que conlleva el trascender los sucesos pasados.

Ciertamente, este ritual tan simbólico representa la propia dirección de los procesos sobre los que transitan la memoria, la reflexión y la superación en la vida de todo ser humano y, por ende, de toda nación: al recordar y reflexionar sobre el acontecer de los hechos que fueron trazando el camino de la vida, nos vemos obligados a desandar nuestros pasos y mirar en retrospectiva, colocar las velas desde el día presente en que nos encontramos hasta el primero en que llegamos a este mundo, y luego, para emprender la superación, la trascendencia y la celebración de la propia vida, es preciso avanzar, verbo que en hebreo (להתקדם) se presenta como reflexivo, pues todo avance requiere de un proceso previo de reflexión para poder después impulsarse hacia adelante de manera óptima y positiva.

 

 

 

 

Sería bueno, y muy significativo, que cuando estemos cada noche frente a la Janukiá para agregar una nueva luminaria al candelabro, recordemos el significado de las direcciones de la colocación y el encendido de las velas, pues ellas son nuestras propias almas, y sus llamas la vívida intensidad y lumbre de nuestras vidas. Como rezan los Proverbios del rey Salomón: “La luminaria de Dios es el alma del hombre”.

¡Jag HaUrim Sameaj! ¡Feliz fiesta de las luminarias!

Rodrigo Varscher

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