JANUCÁ 5779, EDUCAR E INAUGURAR: VALORES DE UNA MISMA RAÍZ

 

JANUCÁ 5779

Prof. Rodrigo Varscher

EDUCAR E INAUGURAR: VALORES DE UNA MISMA RAÍZ

Dos verbos hebreos trazan entre sí una enigmática pero reveladora relación: “educar” (לחנך) e “inaugurar” (לחנוך) comparten una misma raíz etimológica: ח.נ.כ. Tan solo se diferencian por pertenecer cada uno a un paradigma verbal distinto. Los dos son verbos transitivos, es decir, comportan un objeto directo, y los dos pertenecen a la voz activa del idioma hebreo (פיעל y פעל respectivamente).

Si prescindimos del sistema de puntos y rayas para vocalizar las palabras hebreas, ambos verbos lucen exactamente iguales, es decir, quedamos ante la presencia del mismo concepto, ante la raíz de una misma noción. Inevitablemente, no podemos dejar de hacernos la evidente pregunta: ¿qué tiene que ver el educar con el inaugurar? ¿Acaso guardan alguna relación significativa que a simple vista se nos pasa desapercibida?

Si nos ponemos a reflexionar profunda e inquisitivamente, podremos darnos cuenta de que tienen mucho que ver entre sí: el acto de educar supone una oportunidad única de inaugurar en la mente, el alma y el corazón del individuo un espacio consagrado a la nutrición intelectual, espiritual y emocional de la persona que se va ampliando conforme se van inaugurando / educando nuevos aspectos o dimensiones subjetivas del individuo. Educar es consagrar al sujeto de tal forma que lo más valioso que pueda llegar a lucir sea la propia educación que haya recibido y que haya forjado para sí. No es casual que las oportunidades laborales, profesionales, comunitarias y sociales aumenten en función del grado de formación que haya alcanzado el individuo: es consecuencia lógica del trabajo educativo y formativo que haya realizado para acceder a ellas. Y todo este hilo de pensamiento puede articularse empleando indistinta pero significativamente esa raíz (ח.נ.כ) que a veces significa “educar” y otras veces significa “inaugurar”. El sentido específico y puntual de la palabra no está dado por el concepto sino por el contexto y la situación, siendo estos los que permiten vocalizar la palabra de forma adecuada al sentido de lo que se quiera decir.

Curiosamente, en la tradición judía celebramos una fiesta cuyo nombre proviene de esta mismísima raíz: “Janucá” (חנוכה), que significa precisamente “inauguración”, en alusión al antiguo Templo de Jerusalén que reinauguraron nuestros antepasados cuando los macabeos lograron derrotar al imperio seléucida de cultura helenística. Sin lugar a dudas, Janucá es una fiesta que está íntimamente relacionada con la educación y la identidad, con los valores del pueblo judío. Por eso no es casual que lo que recordemos sea una “inauguración”, ya que en ese acto de reinaugurar el templo se volvió a afirmar el valor de la educación, y es por eso que esta fiesta también recibe el nombre de “Fiesta de las luces”, que encendemos progresivamente durante los ocho días de la festividad en recuerdo de la leyenda talmúdica del milagro de ese exiguo aceite que alcanzó para que el candelabro del templo ardiera hasta que se pudiera producir nuevo aceite, milagro que en el fondo transmite la idea de que la victoria del pueblo judío no consistió concretamente en la hazaña militar sino en la tenacidad espiritual de mantener viva la llama del pueblo y su tradición milenaria, esa misma luz que alumbra la mente y el alma y que representa lo diáfana que podemos percibir la realidad y lo claro que se puede trazar nuestro sendero de vida cuando estamos bien educados / inaugurados. Por esa razón, cada vez que inauguramos un nuevo espacio que consagramos por algún motivo o propósito especial (hogar, escuela, comunidad), la tradición judía nos invita a colocar en la jamba de la puerta una marca distintiva que señala, refleja y nos recuerda los valores espirituales y nacionales que debe encarnar todo pueblo: la unidad, la justicia, la igualdad entre todos los seres humanos, el esfuerzo conjunto y el amor al prójimo.

Que siempre podamos generar las energías para emprender la desafiante pero gratificante tarea de educar, que no es otra cosa que inaugurar y consagrar nuevas personas, nuevas mentes, nuevas almas y nuevos corazones. Así podremos ver realizado el milagro de una buena vida que en cada Rosh HaShaná nos deseamos y en la que pedimos ser inscriptos y rubricados, milagro que solo es posible si nos consagramos seria y comprometidamente a la tarea inauguradora de la educación.

¡Janucá Sameaj!

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