El día en que lloré.

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Anna Donner ©®

En 1991 yo ya era madre. Lejos estaban mis épocas de paladear el rock como ese maní con chocolate Águila, que venía en una caja larga de color amarillo y azul. Yo era una “señora” y todo eso había quedado flotando en la nebulosa, en “stand by”. Las responsabilidades con 25 años eran muchas: trabajar, recibirme, y cuidar a mi beba. No había tiempo para pensar en otras cosas, los noventa se me escaparon como los granos de arena del desierto, todo lo contrario de los ochenta, que se estiraban en la palma de mi mano como el chicle “Ploc” y yo siempre podía volver allí. La década del noventa sería la última del siglo XX, sólo eso sabía. El nombre de Gorbachov y la palabra Perestroika flotaban en el aire pero a mi apenas me rozaban. Tampoco me aplastó el muro de Berlín cuando cayó.

Es que ser una “señora”, como me había dicho el chico de la farmacia, al día siguiente de haberme casado, me había marcado para siempre. “Señora”…, porque dos días antes el mismo empleado de la farmacia me habría dicho “Señorita”. En aquel tiempo existía un respeto que hoy se evaporó y a una le decían o Señorita o Señora. “Señorita” yo lo asociaba a mi edad, y “Señora” lo asociaba a la edad de mi madre o a la de cualquier “vieja”. Yo era una “Señora” y las señoras no escuchaban rock. Las señoras se ocupaban de la casa y del marido. Quizá por eso, cuando el 24 de noviembre y estando en casa de mi madre con mi beba en brazos alguien me dijo “se murió Freddie Mercury”, yo lloré.  Lo pensé cantando “Barcelona” con Montserrat Caballé, y caí en la cuenta de que ya no cantaría más. Freddie Mercury estaba muerto.

En 1980 mi madre me mandaba a estudiar para el liceo y yo me encerraba en mi dormitorio. Entonces me ponía auriculares y los conectaba a la radio Hitachi de mi padre. Al mover el dial un sonido me atrapó: “pum / pum /pum / pum-pum-pum-pum-pum”. Esperé a escuchar al dj y dijo que el tema se llamaba “Another One Bites The Dust” y que la banda que la cantaba era Queen. Yo tenía trece años. Ese fue el momento, quizá, en el cual el rock se me reveló de un modo en el cual nunca más podría dejar de oírlo. Vivirlo. Gozarlo. Interpretarlo. Mientras mi madre me creía estudiando para el liceo, yo me iba metiendo en el corazón del rock, de las bandas, me sentaba en  el piano y sacaba los ritmos, los tonos, las notas. Yo era la única de mis amigas que sabía de “esas cosas”. Estaba al tanto de los rankings, de lo que iba apareciendo en el mercado.

Será por todo eso que ayer, como el 24 de noviembre de 1991, lloré. Freddie Mercury moriría irremediablemente, y aquel era uno de sus últimos recitales. Me sentí en Wembley, en Live Aid. Arriba del escenario. Abajo. Freddie Mercury estaba vivo otra vez. En la época de Live Aid y USA for África,  1985, yo me la pasaba cantando el tema “We Are the Word”. Freddie Mercury estaba vivo otra vez, pero para volver a morir, como ha muerto la música de la buena, como ha muerto una época dorada.

No me importó que la película fuera mediocre. Lo que lo valió todo fue el recital de Wembley y sentirme ahí adentro.

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