Bicho de asfalto.

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Anna Donner ©®
Hay barrios y barrios. En el barrio  de mi abuela se sabía cuándo estaba por pasar el 526 Malvín-Sayago porque el ruido del ómnibus se escuchaba mucho antes que se detuviera en la parada, se sabía la hora en que el aire estaría impregnado por el olor a galletitas recién salidas de los grandes hornos, se sabía la hora en que los trabajadores finalizarían su jornada porque se escuchaba el ruido de la sirena a las seis de la tarde en punto, se sabía cuándo pasaba el afilador, se sabía cuándo era la hora de la siesta porque no pasaba casi ningún auto, se sabían las horas en punto porque tañían las campanas de la iglesia San Miguel. La casa de mi abuela era la primera de la cuadra, en la casa de al lado vivían el panadero y su esposa, un poco más adelante estaba la pescadería, a media cuadra la peluquería y en la esquina con San Fructuoso, un bar de copas. En la proa de Arenal Grande y Democracia había un rancho de lata, allí vivía Lilián, que jugaba con nosotras: Sandra y Mónica, las hijas del dueño de la pescadería, Ivonne, la hija de la peluquera, y yo.  Nos gustaba dar la vuelta a la manzana, Arenal Grande, San Fructuoso, Porongos, Concepción Arenal, así, en ese sentido y no al revés, en nuestras chivas. La mía era una Ondina anaranjada, en el reclame de la tele decían “Ondina, La Chiva más Divina”.  Estaba en el barrio sólo en el verano, porque en invierno tenía que ir a la escuela. Pero en verano… mis padres se iban a trabajar así que me dejaban por la mañana en casa de mi abuela. Pero no sólo me la pasaba en la calle. De mañana escuchaban un programa en Idish, y con el tío Ioshke jugábamos a la generala, pero a la generala “de verdad”, la de los seis partidos en uno. El tío Ioshke me enseñó todas las argucias para las jugadas, no era lo mismo el partido de la columna seis que el de la columna uno, así que las malas jugadas las ponía en las primeras tres columnas y las buenas en las tres últimas. Jugaba a “las maestras” porque mi madre tenía un pizarrón “de verdad” con tiza y borrador en el que había sido su cuarto mientras miraba con embeleso una colección de banderines que se había traído de Brasil, cuando viajó con los de la facultad de Arquitectura en el año 1959. Aquellos banderines me subyugaban, en particular uno que decía “Paqueta”. Siempre pedía papas fritas para comer, la tía Krashe prendía el primus de la cocina y me has hacía. Pero todos los días no, decía, entonces me hacía fainkojun con cebolla. Cuando el sol caía, sacaban todas las sillas al zaguán y charlaban con los vecinos mientras los niños jugábamos en esa cuadra de Arenal Grande entre Concepción Arenal y San Fructuoso.
Pero esa vida tan de barrio terminó porque llegó una edad en que mi hermano y yo podíamos quedarnos solos en casa. Y nosotros éramos bichos de apartamento. Era imposible salir a jugar a la vereda en 18 de Julio y Joaquín Requena. Pero nos las ingeniábamos para entretenernos. Escuchábamos cuentos en el tocadiscos Dual que mi padre nos había traído de la disquera de un amigo, eran cuentos hablados en español de España. Otras veces se nos ocurría jugar carreras en el largo living con diferentes desafíos. Los días de verano eran muy largos, la tele empezaba a las seis de la tarde, antes no había. Mi madre nos regalaba muchos libros, a mi hermano, como era más chico le traían libros de cuentos en formato comic, pero yo también los leía. Así pasábamos hasta la hora en que empezaba la tele: Mirábamos Pibelandia, y de noche series como Chips o S y H.  Mi madre trabajaba de mañana y cuando llegaba nos llevaba a la playa. Nos tomábamos el 77, que iba a Punta Gorda y nos bajábamos en la terminal, e íbamos a La Mulata. Era un playita mágica, chiquita, pero hermosa. El viaje en el 77 era de lo más entretenido para mí, iba observando cómo la gran urbe se transformaba en un barrio de casas lindas con jardines todos cuidados, no era como el barrio de mi abuela. Mi madre nos llevaba a la playa todos los días, excepto que lloviera. Aquello era un acto heroico de su parte, porque se levantaba muy temprano para ir a trabajar, y cuando volvía cargaba con nosotros y viajábamos en el ómnibus media hora de ida y media hora de vuelta. Cuando regresaba el invierno, nuevamente pasábamos todo el día en la escuela. A mis nueve años empecé a ir sola; mi madre me acompañaba a la parada, yo tenía prendido el cartel que decía “Escolar” para que no me cobraran boleto, y una vez que veía que yo había subido al ómnibus, se volvía tranquila a casa. A veces, los domingos mi padre nos llevaba a tomar un “vermout con platitos” al Hispano y estábamos en la gloria, el mozo traía y traía más y más platos, todos con cosas deliciosas que por lo general no se hacían en casa. Otras veces, acompañábamos a mi padre a comprar los ravioles a Los Dos Leones. Y las mejores eran cuando mi padre traía asado de tira, papas fritas y papas al roquefort de El Submarino Peral.  Éramos bichos del asfalto, aunque eso a veces traía sus grandes ventajas. El hecho de vivir sobre nuestra principal avenida hacía que viviéramos las cosas importantes de primera mano. Los cacerolazos de los miércoles los gozábamos como condenados. Sacábamos las ollas y de tanto darles, las abollábamos todas pero con mi hermano nos sentíamos en la gloria. Eran todos los golpes sincronizados, desde todas las ventanas, desde todos los balcones. También vi el Río de Cabezas desde el balcón de casa, era así como dicen los diarios de época, no pude ir porque mis padres habían viajado a Buenos Aires y me habían dejado sola. Las veredas habían desaparecido porque sólo se veía gente y gente por diez y ocho de Julio, yo miraba y no podía dejar de mirar, entrecerraba los ojos y pensaba que eso era un río. Supe de inmediato cuando Germán Araújo inició una huelga de hambre porque los milicos hicieron un escándalo bárbaro y arrinconaron a la gente en la esquina de la Farmacia Lyon, todos con los brazos en alto. Sólo a una mujer que estaba embarazada la dejaron con los brazos abajo. Pero lo más impactante, me digo hoy, fue vivir las elecciones de 1984 en 18 de Julio y Requena. En aquel entonces, no nos molestaban los parlantes de los distintos clubes políticos, aquello tenía olor a democracia. Mi hermano coleccionaba las listas, hasta la de Bolentini tenía, a este lo va a votar sólo la madre, decíamos. Nos encantaba ver todos los jingles por la televisión, también tenían olor a democracia. Y dieciocho de julio olía a democracia.
Hay barrios y barrios.  De lo que fue la casa de mi abuela ya no queda nada, tampoco de la tranquilidad del barrio, las veredas están abarrotadas, ahora le llaman “Barrio de los Judíos”. La casa de mi abuela tiene vidrieras para todas partes, pusieron como cuatro negocios, cerró la panadería Las Pirámides, la cuadra es una masa homogénea de hordas buscando los mejores precios, qué suerte que mi abuela ya no está porque de ver el barrio así se habría muerto de la tristeza. Tampoco es la misma diez y ocho de julio, nada es como era, sólo queda la librería América Latina. Será por el nombre, digo yo, América Latina.

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