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Wilson y su compañero de habitación, Barry Lindembaum.

Wilson y su compañero de habitación, Barry Lindembaum.

Apostando a la Vida, Por el Dr. Juan Raul Ferreira.

 Mamá y Babina trataban de descansar de a ratos. Eran objeto de todo tipo de cuidados por parte de Quique Fischer. Estaban alojadas en la residencia de Uruguay ante la ONU y Quique tenía una sola obsesión: que se sintieran queridas y apoyadas. Tuvo más éxito Quique con sus cuidados que papá con su sueño. Ya internado en el octavo piso del cruce de la calle 68 y York Avenue le costaba conciliarlo. Desde esa mañana sabía que su tumor era algo serio. Por lo pronto, no operable y muy poco sensible a la quimioterapia. Pero no era eso lo que no lo dejaba dormir. Nancy Ronald, la nurse de piso, le preguntó varias veces si quería un sedante y él contestó que no. No estaba intranquilo. La falta de sueño era porque su compañero de cuarto no dejaba de quejarse.

Efectivamente. El hombre que ocupaba la cama vecina estaba esa noche muy angustiado. No quería molestar a su compañero de habitación, con quien hasta entonces apenas había intercambiado un par de palabras… Sabía que era un sudamericano de un país cuyo nombre era difícil de recordar, más aún cuando su compañero de infortunio le había dicho que no quedaba al lado de Paraguay, lo que había terminado de confundirlo. Ordoguay… algo sí era el país de donde venía su “room mate”. En todo caso, no quería molestarlo, pero tenía al final de un día difícil cosas que le preocupaban más que no hacer ruidos molestos. Le angustiaba tener que enfrentar, aún muy joven, la perspectiva de la muerte.

No pasó mucho tiempo antes de que Wilson calzara sus pantuflas y caminara los pocos metros que lo separaba de la cama de su compañero de internación. En un inglés todavía con fuerte acento hispano, a pesar de los años vividos en Londres, le dijo:

–My name is Wilson. My name, because my last name is Ferreira. But my given name is Wilson, and you?

 El desconsolado vecino le respondió

–No quería molestarlo, estoy muy mal.

–No, molestarme no me molesta, en todo caso me molesta el cablerío este que me enchufaron, usted no. Bueno, los quejidos… tampoco me encantan mucho… en fin, para qué andar con cumplidos si recién nos estamos conociendo, un poquito me joroban. ¿Cómo se llama?

–Barry, Barry Lindembaum.

–Ah, judío…

–Sí, claro. Me crié en Colorado. Mis padres eran inmigrantes. Yo soy americano. Agnóstico…

–¿Cómo? ¿No cree en Dios?

–No, sigo las tradiciones judías por un tema de identidad… Pero no soy creyente. Fui al Colegio Hebreo, me presentaron al templo a los trece años .Me casé con una judía según el rito de nuestros mayores. Pero realmente… no soy creyente.

–Con razón se queja –dijo Wilson–. Estar en este lugar donde nos trajeron y no ser creyente debe ser feo, bien feo, yo no sé, no me imagino. Pero feo ¿eh? Bueno, en todo caso dejemos eso para más adelante. Tenemos todavía unos días complicados para compartir. Ahora, no creer en este momento… Qué cosa… De curioso. Pero no creer siendo judío es medio como un lío familiar.

–¿Con mi esposa?

–No, con Dios, hombre, un judío no creyente, un lío familiar complicado. Yo no debería meterme mucho. El que se mete en líos de familia sale mal.

–Bueno, a esta altura qué más da –agregó desconsoladamente Barry–. Me tienen que operar.

–¿Y por eso se queja? ¿Qué deja para el oriental?

–¿Para quién?

–Para mí. Después le explico lo de oriental. Hasta hora usted me ha contado de Denver, pero ya me va a llegar el turno de explicarle cómo es Melo. Ya llegará el momento, ni le digo cuándo le cuente la carga de Arbolito.

–Pero Mr. Wilson, me van a operar…

–Mister no, yo soy Mr. Ferreira. Wilson es sin Mr. Es como si yo le dijera Mr. Barry. Mr. Lindembaum o Barry. Yo prefiero decirle Barry, así que usted… Wilson, sin mister.

–Bueno Wilson, me tienen que operar.

–Y todo el escándalo por una operación. A mí entonces… ¿qué me deja? Si a mí ni me van a operar. Tengo que ver cómo le cuento a Susana. A mi gente.

–¿Susana?

–Mi señora…usted la vio hoy.

–Ah, mi esposa se llama Esther… Esther Bloomingstal.

–Susana Sienra. Bah, Susana…Y a mi gente, le tengo que contar a mi gente.

–¿Qué gente? ¿Sus hijos?

–Bueno, está preguntando demasiado. Mis hijos ya saben, siempre deben de haber sabido, son así de fuertes. A mi gente… Sí, eso es bien difícil de explicar. Yo soy blanco ¿vio? Oriental y blanco. Todavía es muy pronto para que entienda. Pero llorar por una operación… Yo me vuelvo a Montevideo sin operación ni nada.

–¿Montevideo? Yo una vez vi una película que pasaba en Montevideo.

–Seguro que no. ¿No sería Montecarlo, que queda en otra parte?

–Mmm…

–En todo caso, Barry, yo estoy muy cansado. Si le tuviera que contar de mi viaje, de dónde vengo, en qué vine… ni me creería. Así que vamos a descansar un poco. Así mañana tenemos toda la jornada para conocernos mejor.

–Pero Wilson…

–Wilson nada, no se habla más de la operación hasta que salga del quirófano.

–Pero…

–Pero nada, yo tengo que dormir. Si quiere terminamos con una apuesta.

–A bet?

–Eso, una bet. Le apuesto un dólar que me muero yo antes que usted, Barry.

–¿Cómo?

–Sí, Barry, un dólar, para seguir viviendo no es tanto. Le apuesto un dólar que yo me muero antes que usted. Igual voy a hacer lo posible para que usted gane.

 Lindembaum vaciló y luego estalló en una carcajada. Luego de las risas, apagaron la luz y empezaron a descansar. Barry contó cómo esa noche recordó su niñez: “Mi padre, mi hermano mayor, soy segundo en una familia de siete. Pensé en mi esposa, en mis hijos, mi segundo nieto en camino, y lentamente me quedé dormido”.

Amanecieron los dos de buen humor y la charla de la noche anterior marcó su relacionamiento. Había nacido una amistad. Al otro día a las 14 operaban a Barry y pasó contento. A la hora de las visitas, le presentó su esposa a Wilson y él les presentó a Susana. Por la noche, Barry durmió como si el día siguiente no fuera el de la mayor prueba de su vida. Pero en medio de la misma lo despiertan unos ruidos en la cama de al lado. Esta vez parecería ser Wilson el que no iba a dejar dormir a Barry. Quiso incorporarse para hacerle una broma al respecto y vio que papá estaba dolorido. Tenía una pequeña inflamación y por una vía le pasaban un calmante.

Las nurses, que se distinguían de las enfermeras por el color celeste de sus uniformes, mientras que sus asistentes tenían túnica blanca con viso celeste (mamá le había hecho un código de colores después que papá le pidiera calmantes al personal de limpieza), lo estaban atendiendo con cierta prisa, como si el problema tuviera mérito para ello. Serían, recordaría Barry después, algo más de las cinco de la mañana del 29 de julio.

Se quedó quieto, cerró los ojos haciéndose el dormido y sintió que la nurse rezongaba a Wilson:

–¿Cómo no llamó antes? Debe de estar muy dolorido, está muy inflamado.

–Shhh –protestó Wilson– no hagan ruido que Barry se quedó dormido. Pobre, tiene que descansar… mañana lo operan.

 “Esa noche”, le contó por carta Barry a mamá luego de la muerte de Wilson, “se me hizo un nudo en la garganta. Ya no me angustiaba el temor a la cirugía, estaba conmovido. Me di cuenta de que Wilson era mi amigo y que mi nuevo amigo era una persona extraordinaria. Volví a llorar, pero esta vez, Dear Susana, no fue de angustia sino de emoción”.

“Vi que Wilson no había dormido aún, estiré mi mano, él hizo lo propio con mucho esfuerzo. Estreché la de mi nuevo amigo ‘oriental y blanco’, según ya había aprendido, la apreté fuerte y con la dificultad que me impuso la emoción, llegué a decirle: ‘¡Lejaim Wilson, Lejaim!” (Por la Vida, tradicional saludo y brindis judío). Comenzó a comprender que aquellas charlas con Wilson de aparente humor negro no eran sobre la muerte. Eran sobre la vida.

El día de la operación Barry no parecía preocupado. Se había afeitado temprano y hasta se percibía buen humor en su conversación. Tuvo que permanecer en ayunas. Cuando ya lo estaban preparando para el quirófano, seguían conversando. Contó que Denver no era su lugar natal. Era del estado de Colorado, pero de una población más pequeña. Aunque luego de casado había tenido que trabajar en la capital. Con el tiempo pudo regresar a su ciudad querida de Engelwood, donde veía nacer el río Colorado y las montañas Rocallosas a las que aludía Luther King en sus sermones. Barry era muy cosmopolita. No era el estereotipo de un yanqui como los que vemos en las películas. No sólo por ser hijo de inmigrantes, sino porque Colorado es así. Tiene su historia y su vida propia. Sólo se incorporó a Estados Unidos al cumplirse cien años de la declaración de la independencia americana.

Uno de los últimos cuentos que hizo Barry que no paraba de hablar, era que en otros estados despectivamente los llamaban “insectos”. En realidad es un juego de palabras, porque en inglés se conoce con el mismo nombre a un pequeño bichito muy molesto, con un lomito de franjas amarillas y negras. “Es un gran enemigo de los agricultores porque come la papa y el boniato”, explicaba un verborrágico Lindembaum.

–La papa y el boniato me importan un rábano –dijo Wilson con gracia–, son manyas.

–¿Son qué?

–De Peñarol.

 Eso explica por qué en una de sus primeras cartas, después del regreso de Wilson, Barry le pregunta: “Sin ofender Wilson, ¿qué es Peñarol?”.

La intervención fue exitosa. Luego de un breve pasaje por el CTI hizo su pos operatorio en otro piso. Allí lo fue a visitar Wilson y lo encontró con un rabino.

–¿Se puede?

–Adelante, déjenme presentarlos.

–No, Barry, yo tengo que hablar con el rabino. Mire –agregó dirigiéndose a éste–, anda medio dudando este hombre. ¿Se da cuenta? Un judío que duda de la presencia de Dios… ¡hay que ver cada cosa!

 Barry contó que había recibido una formación religiosa muy rígida. Se había alejado de la fe desde joven. Luego de la muerte de sus padres, volvió ir a la sinagoga cada tanto, a dirigir –evocando a Jerusalén– la oración de su padre en presencia de diez hombres. También iba para conmemorar las festividades judías, celebrar el Bar Mtizvá de sus hijos. Pero enfrentar la duda, la muerte… en fin todas aquellas cosas le habían hecho sentir nuevamente la presencia del Creador. El rabino Holland conversó con ambos por un rato y los dejó a solas. Cuando Wilson se fue, Barry le increpó por qué no se quedaba más y Wilson le dijo:

–Me tienen que dar unos remedios. Estoy tratando de perder la apuesta.

 “El humor de Wilson”, recuerda Barry, “era algo más que humor, era un estado espiritual de alegría, de apego a la vida, de disfrutar todo lo disfrutable. Nada de lo que hacía resultaba intrascendente”.

Papá logró salir del sanatorio y volver a la residencia de la Embajada de Uruguay ante ONU. En el próximo capítulo se cuentan algunos detalles de su estadía.

Después del periplo americano se habían intercambiado algunas cartas. No muchas. En una de Barry a Wilson, aquel le escribió:

“Mis hijos han regresado, algunos al estudio, los mayores al trabajo. Físicamente no cabe duda que estoy mejor. A las nueve de la noche ya estoy cansado… no será porque estoy por cumplir cincuenta años sino por la operación. Y debo estar muy bien para cuando sea abuelo. Me falta para ello apenas ocho semanas. Todos ellos actúan como si estuvieran seguros que me sobrepondré a estas circunstancias.

Conservo conmigo el amuleto que me regalaste. Va a todas partes conmigo. Le he puesto al mismo [una moneda de diez pesos uruguaya] una cadena y la llevo colgada. No siempre comprendo bien las raras vueltas de la vida. Puede ser que a veces sean trágicas, pero le dan sabor a nuestra existencia. Mientras que el Señor me permite caminar sin miedo en los valles de la muerte, mi encuentro personal contigo durante aquellos breves y tensos días ha dejado una marca indeleble hasta el último instante de mi vida. Hay un antes y un después de haberte conocido”.

 Desde que el 8 de agosto había regresado a Uruguay, la vida había vuelto a un cauce casi normal. Pero con un convidado de piedra que ya no nos abandonó: El tumor maligno. Los tiempos se acortaban y cuando llegó la hora su vida se apagó. Lo enterramos y desde entonces nos acompañamos los unos a los otros todo lo que hemos podido para resistir su ausencia.

Mamá estaba aprendiendo sus nuevas rutinas y a convivir que el recuerdo del amor que se habían brindado con aquel hombre con el que compartió casi medio de siglo de vida. Habían estado en noviados cinco años (del 39 al 44) y 43 años casados. Sonó el timbre. El cartero entregó una carta certificada. Venía de Estados Unidos, Colorado 80110. Al ver el remitente la recibió sabiendo ya su contenido. Un billete de un dólar.

El remitente no era extraño. Habían llegado otras cartas con el mismo. Pero todas antes del 15 de marzo. El flamante billete venía oculto en recortes de diario doblados y una carta.

Firmó el recibo de DHL. Esperó estar a solas. Se preparó un té. Se sentó en aquel living que había sido testigo de tantos episodios de la vida del país. Abrió lentamente el sobre sin tristeza, más bien con una sonrisa cargada de nostalgia. Tomó el oculto billete en sus manos. Fue desdoblando los recortes que lo protegía: un cuarto de página del NY Times con la foto de su esposo muerto. “Líder uruguayo muere en medio de dolor popular”.

Con un clip sujetaba otros recortes que demostraban que, al enterarse, Barry había comprado los diarios de circulación nacional en Estados Unidos y en todos decía algo. El Washington Post tituló: “Wilson Ferreira Aldunate. Muere líder político en Uruguay” Y comentaba: “Wilson era un líder carismático, jefe del Partido Blanco, era la figura más representativa de la oposición uruguaya”. Contaba luego su vida para agregar que “durante los doce años de dictadura fue encarcelado, exiliado y sobrevivió un intento de secuestro. Hace tres años se le impidió por parte de los militares ser candidato a la Presidencia de la República en su país. El presidente Julio María Sanguinetti declaró duelo nacional en homenaje al señor Ferreira. El presidente argentino, Raúl Alfonsín, lamentó su muerte diciendo en conferencia de prensa: ‘siento la muerte de una figura notable de Uruguay y de la democracia Latinoamericana’. Ferreira apoyó a Sanguinetti en uno de los temas más tormentosos de su gestión: qué hacer con los militares que habían violado los derechos humanos [...]”.

El artículo luego habla del pueblo de Nico Pérez donde nació Wilson, cuenta sus años en Londres, cómo perdió las elecciones en el 71 siendo el candidato más votado. Más adelante el Washington Post narra las vicisitudes vividas por Wilson en Argentina y luego su regreso a Uruguay: “Los militares temieron un alzamiento popular, lo arrestaron, encarcelaron y liberaron después de las elecciones”. Y concluye: “Le sobrevive su esposa, Susana, una hija y dos hijos, uno de los cuales es senador por el Partido Blanco”.

Barry no sabía nada de todo esto. En sus horas de conversación con Wilson, habían llegado a conocerse y hacerse amigos. Wilson no le contó su riquísima historia ni la popularidad que tenía en Uruguay.

La carta venía de Engelwood, donde Barry había vuelto a llevar una vida bastante normal con su familia. “A mi edad el cáncer no es más que un estorbo, creo que moriré de viejo. Aunque no es muy receptivo a la quimioterapia, la operación fue bastante exitosa, lograron quitar casi todo lo maligno y a mi edad la evolución es lenta”.

Barry se sorprendió cuando leyó la noticia en el diario de más circulación de Estados Unidos: la muerte de su compañero de hospital había sido advertida por la prensa americana y en su país natal (que él ya había aprendido a llamar Urrrru gu áy) Wilson era un hombre famoso y querido. “Mis amigos conocen a Wilson por mis cuentos, no por su trayectoria pública”.

La carta no era tan larga como las que había intercambiado con Wilson tras su regreso de Nueva York. Pero decía todo.

“Yo he recuperado mi fe. Siento la ayuda y disfruto la presencia del buen D’s [los religiosos judíos, por respeto no escriben el nombre de Dios a quienes sus antepasados bíblicos llamaban el ‘Innombrable’]. Creo que Wilson tuvo algo que ver con ello. Lo que no dudo, sin embargo, es que Wilson me devolvió otra fe tan necesaria como aquella. La fe en el hombre, en la gente, en las circunstancias de la vida: Susana, ha pasado su vida al lado de un gran hombre. No necesité conocer su trayectoria para saberlo”.

 Esta Historia fue Publicada en el Libro Tocando el Cielo copyright Juan Raúl Ferreira.

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