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“Héctor es judío, pero primero es argentino”

“Héctor es judío, pero primero es argentino”

 Selec.  Miriam Schwartz.

 

La presidente Cristina Fernández de Kirchner escribió, días atrás, un mensaje en twitter que provocó el asombro: “Héctor es judío, pero primero es argentino. Como yo, que soy católica, pero primero soy argentina…”, haciendo referencia Héctor Timerman, ministro de Relaciones Exteriores de Argentina.

 

Cristina Kirchner entró en un terreno de discusión que ya parecía finalizado, como es el de que los judíos son tan ciudadanos argentinos como los de otras denominaciones religiosas. Muchos suponíamos que este tipo de comentarios ya estaban superados, pero la “sospecha” de que los judíos argentinos no son de confiar, o que son otro tipo de ciudadanos, también lo reflotó el senador Miguel Ángel Pichetto, cuando se debatió el memorando con Irán, y distinguió entre los “argentinos judíos” y los “argentinos argentinos”…
¿De dónde viene esta diferenciación? En 1853, cuando se debatió el texto de la Constitución argentina, la cuestión que despertó las discusiones más ásperas fue la de la libertad de cultos. Una minoría de constituyentes exigía no sólo que el Estado sostuviera al catolicismo romano, sino que además lo estableciera como “única religión verdadera”. Ese bloque minoritario se opuso a la libertad de cultos (art. 14) y demandó que no sólo el presidente fuese católico, sino todos los ministros, legisladores, gobernadores, hasta llegar al último empleado público. Como fórmula de transacción ante tanta intransigencia, se resolvió que sólo el presidente y vicepresidente debían profesar el culto católico romano, lo que fue reformado en 1994. A partir de esta Constitución, se inició un importante proceso de secularización, comenzando por los cementerios y luego con la ley 1420 de educación, la creación del matrimonio civil y registro civil. Esta ola de leyes laicas se detuvo en los comienzos del siglo XX.
En tiempos del primer centenario argentino, en 1910, algunos intelectuales plantearon la necesidad de “argentinizar” la gran masa inmigrante; en 1914, el 75% de los habitantes de Buenos Aires eran extranjeros, una gigantesca Babel. El escritor Ricardo Rojas propuso la argentinización a través de la educación cívica y la formación en historia en las escuelas; pero hubo otros, como el prolífico y popular novelista Manuel Gálvez, que dieron inicio a otra visión: el argentino es católico y habla castellano. En su novela “El diario de Gabriel Quiroga”, publicado en 1909, sugirió la expulsión de los protestantes y el Ejército de Salvación, aunque esto violentara la Constitución.
Una señal de alarma de la creciente identificación de los judíos como algo “extraño” en Argentina fue en la semana trágica, de 1919, en donde hubo un pogrom por parte de grupos armados, en pleno conflicto entre sindicalistas y fuerzas policiales, con el auxilio de civiles armados por la Liga Patriótica. Allí fue naciendo el concepto de la “Argentina católica”, que cobró fuerza durante los años treinta y alcanzó su cumbre en el golpe de Estado de 1943.
En el período de entreguerras, se articuló el “nacionalismo católico”, una corriente que ponía el énfasis en la función primordial de la religión católica romana como fundante de la nacionalidad argentina, con el apoyo activo de las Fuerzas Armadas. Sus modelos políticos eran la Italia fascista, la España de Franco y, ya durante la segunda guerra mundial, la Francia del mariscal Pétain.
Otro escritor que se enroló con entusiasmo en esta corriente fue Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo literario Hugo Wast. En su novela “Oro” y “Kahal”, y después en “Juana Tabor” y “666”, adhiere a la teoría conspirativa contenida en los probadamente falsos Protocolos de los Sabios de Sión. En esos libros de ficción, que se leyeron con avidez morbosa, el autor noveló cómo los judíos conspiraban para tomar el gobierno de Argentina a través de las finanzas, destruyendo la religión cristiana. En la segunda de las novelas mencionadas, la presidente era una mujer judía, Hilda Kohen de Silberman, que no sólo había logrado destruir el cristianismo, sino que además establecía un régimen de explotación y degradación. Este autor, que uno podría suponer marginal, en 1943 fue designado ministro de Instrucción Pública de la Nación por el régimen militar, y en diciembre restableció por decreto la enseñanza de la religión en las escuelas.
Ya sea por la literatura de ficción como por obras de carácter filosófico y teológico, así como por cursos de adoctrinamiento en las Fuerzas Armadas, el nacionalismo católico difundió ampliamente la convicción de que los judíos eran un grupo infiltrado en Argentina para implantar el reino del Anticristo. Era, entonces, una lucha del espíritu contra la materia, representada esta por la democracia, el liberalismo, el judaísmo, la reforma protestante, la masonería y el socialismo –como si todo esto fuese lo mismo-.
El historiador Loris Zanatta llama a esto el “mito de la nación católica”, una idea que también estuvo presente en el peronismo de los primeros tiempos, pero que con el correr de los decenios fue menguando en fuerza. No obstante, la semilla de la sospecha constante ha quedado presente, y de tanto en tanto rebrota como una cizaña que envenena la convivencia.

 

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