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Itxaso Dominguez: ¿Y si los judíos estadounidenses abandonan a Israel?

Itxaso Dominguez: ¿Y si los judíos estadounidenses abandonan a Israel?

 

 

La población estadounidense está más polarizada que en cualquier otro momento de su historia moderna, pero tiende a estar menos dividida en materia de política exterior. Y si hay algo que hasta ahora podía darse por sentado en este terreno era el consenso bipartidista de apoyo a Israel y sus políticas. La elección de “bando” había representado durante mucho tiempo un tabú para la política estadounidense, y todos los presidentes del país habían afirmado que Estados Unidos debía permanecer neutral como único aliado de excepción para negociar la paz. Sin embargo, un informe reciente del Pew Research Centre ha arrojado luz sobre una tendencia que se ha manifestado con cierta timidez estos últimos meses, y a la que la administración de Donald Trump, con decisiones como el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel o la suspensión de la contribución estadounidense a la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), ha contribuido sobremanera: el fin del respaldo incondicional bipartidista a los respectivos gobiernos israelíes. Así, mientras el 79% de los republicanos simpatizan más con los israelíes que con los palestinos, solo el 27% de los demócratas se pronuncian en el mismo sentido. Esta es la brecha más amplia desde que la organización estadounidense comenzó a plantear esta pregunta en 1978.

Parte de esta evolución, ya preocupante de por sí, es la cada vez mayor distancia que un cada vez mayor número de miembros de la comunidad judía expresan hacia las políticas adoptadas por Israel. EEUU tiene la mayor población judía fuera de Israel, y los judíos estadounidenses han sido tradicionalmente más liberales que los nacionales de Israel. Un dato: el 78% y 69% de los judíos estadounidenses, respectivamente, votaron por Barack Obama. Dentro de la comunidad judía estadounidense se pueden distinguir dos extremos, entre los cuales se sitúa normalmente la gran mayoría, aunque los miembros de la comunidad adoptan posturas cada vez más maximalistas. En primer lugar, aquellos que muestran un considerable apego a los valores liberales y los derechos universales, que creen que los palestinos merecen un Estado viable propio en el marco de la solución de dos Estados (algunos incluso empiezan a pronunciarse a favor de un Estado democrático binacional). Por otra parte, aquellos que respaldan y respaldarán las políticas de Israel incondicionalmente, en virtud de una cierta “lealtad ciega”. Estos últimos también se pronuncian a favor de una solución de dos Estados –aunque muchos de ellos en términos de un mal necesario frente al Gran Israel–, pero su compromiso con Israel es aún más profundo.

 La desconfianza creciente entre la comunidad judía estadounidense está íntimamente relacionada con el contexto doméstico y el panorama geopolítico, pero es sobre todo consecuencia de varias acciones y de la actitud del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Este último se dirigió en 2015, sin la bendición del entonces presidente Obama o de algún miembro de su administración, a una sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado contra el acuerdo nuclear iraní, a punto de ser suscrito. A esto se añade la reacción templada, e incluso indiferente, por parte de Netanyahu ante numerosos incidentes de antisemitismo en EEUU a lo largo de 2017, y la deriva cada vez más antidemocrática, no solo en Cisjordania y Gaza, sino también en el “interior” de la Línea Verde, que los gobiernos de la derecha israelí han ido adoptando a lo largo de estos últimos años.

La gota que colmó el vaso llegó en junio de 2017, cuando Netanyahu abandonó en el último minuto y presionado por sus socios ultraortodoxos de coalición, un plan –que había llevado meses consensuar– para crear un espacio donde hombres y mujeres pudieran orar juntos frente al Muro de las Lamentaciones en Jerusalén. La decisión creó un cisma con los judíos no ortodoxos de todo el mundo, entre el Estado de Israel y los judíos en la diáspora. No son pocos los que acusan a Netanyahu de centrarse en lo que es mejor para Israel, no en lo que es preferible para el pueblo judío, crítica que se extiende a una eventual aprobación de un proyecto de ley que definiría Israel como “hogar nacional del pueblo judío”. Por si la controversia en torno al llamado Kotel fuera poco, el gobierno israelí decidió, también en junio de 2017, impulsar la aprobación –hoy ante la Corte Suprema de Justicia del país– de una legislación que negaría el reconocimiento de las conversiones al judaísmo realizadas en Israel fuera del sistema ortodoxo. En otras palabras, los judíos convertidos por rabinos conservadores y reformistas, y en algunos casos incluso por ordenados ortodoxos no aceptados por el liderazgo ultraortodoxo, no tendrían acceso a la ciudadanía israelí de acuerdo con la Ley de Retorno. Una decisión también percibida con descontento por la comunidad judía estadounidense, en la que la abrumadora mayoría pertenece a movimientos reformistas y conservadores. De hecho, algo similar sucedió en 2010, pero Israel dio marcha atrás después de que su ejecutivo fuese presionado por un grupo de senadores judíos estadounidenses.

 A las acciones y actitudes de Netanyahu y su gobierno habría que añadir factores adicionales. Los judíos estadounidenses más jóvenes sienten menos apego a Israel que sus mayores. Esto se debe en parte a que las generaciones más jóvenes no ven Israel como su “último refugio” en el supuesto de que necesitaran escapar: nacieron después del Holocausto y una vez que el antisemitismo no representa una amenaza a la supervivencia de los judíos estadounidenses. A esto se une el altísimo nivel de integración de la comunidad con el resto de la sociedad estadounidense, como demuestra el cada vez mayor número de matrimonios “mixtos”.

También juega un papel importante la evolución de la propia sociedad israelí, cada vez más dominada por la otrora minoría ultraortodoxa, con lo que a los judíos estadounidenses les resulta cada vez más difícil identificarse con el Estado hebreo, que equiparan en cada vez mayor medida con el barrio de Mea Shearim en Jerusalén y no con las playas y clubes animados de Tel Aviv. Es cierto que los judíos laicos que desde la independencia del país en 1948 dominaron la vida israelí todavía siguen teniendo una influencia no desdeñable, pero esta ha disminuido y es probable que se siga reduciendo en las próximas décadas, sobre todo si tenemos en cuenta los altísimos índices de natalidad de los ultraortodoxos y el cada vez mayor número de israelíes liberales que han dejado Israel para vivir en el extranjero: se estima que entre 750,000 y un millón, una tendencia que se agudiza a medida que la etnocracia israelí se hace más patente.

Cabe preguntarse ante estos datos por qué los gobernantes israelíes no parecen alarmados ante unas menores cifras de apoyo entre los ciudadanos de su aliado por excelencia. Y precisamente alguna de las claves anteriormente mencionadas es la justificación a la que se acude: en un par de generaciones, los hijos o nietos de los judíos estadounidenses reformistas o conservadores, muy particularmente aquellos que simpatizan con el Partido Demócrata, estarán completamente asimilados. La estrategia parece consistir en “dar por perdidos” a estos últimos y mantener el apoyo de los judíos “no progresistas”. A esto hay que añadir una cierta sensación de invencibilidad que otorga a Netanyahu el disponer de una línea directa con la Casa Blanca de Trump, y por lo tanto una menor dependencia respecto del lobby judío, así como un mayor apoyo entre los evangélicos estadounidenses, principales impulsores de la polémica decisión sobre Jerusalén

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