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¿Quién y qué autoridad se apropió de la “verdadera”? ¿Qué queda para los judíos agnósticos o ateos?

¿Quién y qué autoridad se apropió de la “verdadera”? ¿Qué queda para los judíos agnósticos o ateos?

FRONTERAS DIFUSAS

Ing. Roberto Cyjon
Ex presidente del CCIU 

Con estas dos palabras, tan metafóricas como reales, intentaré asumir y resumir, la difícil interpretación de las causas y consecuencias, de los logros y desgracias de Israel.

Comencemos con los éxitos. Es un verdadero “milagro” desde la perspectiva de una sociedad, lograr sobrevivir, democráticamente, desarrollar su economía, ciencias y artes, y aumentar en forma incesante su demografía, en un país con fronteras de legitimidad vulnerable. Ejercer el dominio de la política en un territorio indefinido, donde bulle con efervescencia un crisol de etnias y religiones, frente a enemigos -varios de ellos encarnizados- fuera y dentro de dichos confines, exige una extraordinaria determinación para vencer todo tipo de obstáculos. En lo cotidiano, y en los desafíos temporales de su porvenir.

Israel lo está logrando sobrellevar -hace ya más de setenta años-, pero la carga es muy pesada y conlleva a desórdenes multifacéticos, que parecerían fracturarla, o al menos, fraccionarla.

En estas condiciones, la paz se asemeja a un espejismo. Ello alimenta a las fuerzas ultraconservadoras y religiosas nacionalistas mancomunadas, a resignificarse bajo el argumento de conducir circunstancias “imposibles” de resolver de “otra manera”. Lo cual, las retroalimenta políticamente como una única alternativa, ante dicha construcción “semántica”, de una realidad insalvable. Esta perspectiva también vale como crítica, reversible, para los enemigos de Israel. No solo no cabría la auto representación de diseñar un escenario diferente, sino que aquel que lo proclame, sería poco menos que un “traidor”. Si es que no fuese catalogado como un reverente iluso, de opinión ridícula y descartable.

Estos “axiomas” parecerían marcar la hoja de ruta de la conducción actual del Estado. El cual debemos recordar insistentemente -y por última vez en esta nota-, que emerge sometido al Derecho Internacional, y a las razones de un antisemitismo milenario. Salvaje durante el siglo XIX, incalificable e inmensurable durante el siglo XX.

Esta síntesis, eventualmente, reduccionista, por la imperiosa necesidad de ser breve y conciso, configura, a su vez, la actual problemática de Israel.

No resulta sustentable ejercer un régimen democrático a largo aliento, con ciudadanos artificialmente bajo dominio israelí, que no están dispuestos a ser regidos por un Estado que desconozca, o avasalle según su sentir, sus instituciones y derechos. Cuánto mejor sería volcar todos los esfuerzos posibles en definir de una vez las fronteras definitivas. Este desafío es igualmente válido, reiteramos, para los árabes palestinos. Son parte del mismo problema y la obligación es compartida.

No resulta sustentable profundizar las diferencias entre laicos y religiosos judíos, dentro de Israel, y cuánto menos con los judíos de la diáspora. ¿Cómo sostener un distanciamiento entre “mi Israel” de un ciudadano israelí, y “nuestro Israel” de los judíos fuera de él? Ello podría carcomer las bases del sionismo fundacional, el actual y el futuro.

No resulta sustentable categorizar, hasta el nivel de la “exclusión”, a aquellos judíos más, o menos, religiosos -incluso rabinos-, que entienden las Sagradas Escrituras desde emociones, rituales o interpretaciones diferentes. ¿Diferentes a cuál definición? ¿Quién y qué autoridad se apropió de la “verdadera”? ¿Qué queda para los judíos agnósticos o ateos? O acaso: ¿no serían ni tan siquiera judíos?

Asumimos estas hipótesis como primer objetivo para dimensionar la complejidad particular del Estado de Israel, el “judío de los Estados”. Para bien y beneplácito de los sionistas, y para regodeo de los eternos detractores antisemitas, o tan solo antisionistas, que abundan -con reflexiones a menudo irracionales, de “cosa juzgada” por titulares de prensa o fotografías fugaces-. El segundo objetivo, desde la óptica y sentimiento judío y sionista, es elevar una voz de alerta a los responsables de estos agravios del actual gobierno de Israel.

Más allá de lo que votásemos los judíos de la diáspora si viviésemos en Israel, tenemos el pleno derecho de criticar, defender o condenar a la dirigencia política del Estado. “Pobre Israel” si no nos importase. Su problematización sería infinitamente mayor.

Esta austera mirada sobre la actualidad israelí, nos reafirma una condicionante que se debe mantener vigente para la autoridad máxima que conduzca al país: su Primer Ministro está “obligado” a ser un estadista. No alcanzan sus virtudes para ser electo o relecto. Si las elecciones son válidas, también lo será su cargo, pero si su único afrodisíaco es el poder por el poder mismo, y a cualquier precio, podría ser, simultáneamente el síntoma y la enfermedad de una sociedad obnubilada por sus triunfos, y desatenta a sus miserias. O que no contemplase en su justa dimensión, su corresponsabilidad con estos efectos.

Esta reflexión no implica conclusiones ni infiere soluciones. Refleja, por el contrario, un apoyo genuino desde la angustia de percibir que se recorre o perfila, un camino peligroso que se debe desandar. Asume, asimismo, el compromiso de acompañar las rectificaciones con el ideal e ilusión latentes, de un Israel que nos continúe enorgulleciendo y nos permita sentirlo cercano y propio.

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