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Juan Raul Ferreira, Alfonsin y Wilson.

Juan Raul Ferreira, Alfonsin y Wilson.

Por Juan Raúl Ferreira

Especial para En Sintonía.

 Ayer, o anteayer, un día como hoy, sonó el teléfono de la casa de papá, hace 30 años. Me contestó un amigo. Reconocí su voz claramente. No mediaba telefonista, ni secretario, un amigo que compartíamos con papá,  llamaba a ver “cómo seguía el enfermo.” Era el Presidente de los argentinos Raúl Alfonsín. ”¿Cómo sigue el viejo?, pasármelo que ando por cumplir años y quiero ir  a verlo antes. Cruzo el charco para darle un abrazo.” No recuerdo qué palabras usé para decirle que papá ya no podía acercarse al teléfono. Quedó helado.

 Le conté del llamado. Ya estaba muy mal. “Va a ser su cumpleaños y no voy a poder ir.” Al otro día entró en coma. El 15 de marzo cerraba, a las 7 menos diez de la mañana, los ojos para siempre. Al anochecer, no me había movido de su lado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio. El Dr. Tarigo, Presidente del Senado y en esos momentos Presidente de la República (el Dr. Sanguinetti se encontraba de viaje), me anuncia que debemos ir al aeropuerto porque llega Alfonsín con una delegación de líderes de todos los partidos. ¿Qué cargo ostentaba Wilson?, ciudadano. ¿Qué relación tenían pues entre ambos? Amigos.

 Esa amistad se forjó en horas difíciles. Cuando tras haber estado con ellos horas antes, el Toba y Zelmar desaparecen, el hijo mayor me avisa a un mono ambiente que teníamos en la calle Corrientes. En rigor residíamos en la provincia, y allí estaban en su tambo, mis viejos. Yo había llegado esa tarde, pensando en un un eventual regreso que se iba a demorar 8 años más. Directo los había ido a ver. Sobre todo Zelmar tenía un sentido de prudencia que me hacía imposible ejecutar la idea. A las 3 de la mañana, más o menos el hijo mayor de Toba me avisa del secuestro, cruzamos la Avenida, al Hotel Liberty donde vivía Michelini. Ya se lo habían llevado.

 Durante la noche, aprovechamos la diferencia horaria para hacer algunos llamados a Europa, (Amnistía Internacional etc.) y mandar a buscar urgente a Wilson y mi vieja para ponerlos a salvo. Rodamos toda la noche de bar en bar hasta que logramos un lugar seguro para que papá se quedara. Y con las primeras luces, a lo de Raúl Alfonsín, a quien no conocíamos, para pedir su ayuda. Era un líder destacado, pero aún vivía Balbín. Raúl era líder de Franja Morada Y sobre todo, para nosotros, Presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.

 Nos recibió con la calidez que precisábamos recibir.  Durante un instante se perdió su mirada. Era muy amigo de Zelmar. Y enseguida comenzó a organizar todo, a conseguir entrevistas, a mandar a uno para un lado al otro para el otro. Mamá y yo hasta fuimos sus huéspedes la primera noche “clandestina.” Me puso de enlace a Dr. R. Rulé. Sin entrar en detalles fueron varios días de esperanzas que alternaban con momentos de desazón.

 Un día Rulé me dijo que Raúl quería hablar conmigo. Me di cuenta de todo. “No, si fuera lo que pensé, me lo hubiera dicho Rulé en su nombre”. Cuando le tuve enfrente me dijo “Los mataron.” “Yo le aviso a la  familia Michelini y vos a tu viejo que va a querer ir a ver a la del Toba.” Así fue, me abrazo fuerte, con ternura sobria y seriedad para consolar y al mismo tiempo dar fuerzas. Cuando papá me vio a entrar, tampoco hubo que decirle nada. Lloró por un momento, se lavó la cara y me dijo “Vamos.” Y rumbeamos a  lo de Toba.

 Días después, ya asilados en la Embajada de Austria llegó el salvoconducto, el “show” de seguridad de las FFAA Argentinas, y antes de dirigirnos al aeropuerto, Wilson pidió una máquina y le escribió una carta. Se la iba a dar a mi madre que viajaría después que nosotros para poder venir a Montevideo y despedirse de la suya, la que no volvería a ver. Ya en Ezeiza nos encontramos en el salón de muy restringido acceso al propio Raúl esperándonos. Le dio la carta que adjuntamos en la mano y se confundió con él en un tierno abrazo. Se veían por primera vez, pero ya eran muy Amigos. “nos vamos a seguir encontrando porque andamos buscando  las mismas cosas” le escribe Wilson.

 Luego en los años del exilio, tanto yo en Washington como papá en Europa pudo verse más de una vez cuando salía a algún Congreso o alguna actividad que le permitiera denunciar la dictadura argentina.

 La misma noche que ganó yo estaba con Diego Achard en Buenos Aires y nos recibió en el Hotel donde había montado su cuartel general. Cuando asumió como Presidente invitó a Wilson a la toma de Posesión del Mando.  Wilson, por primera vez en años se acercó a la Patria y habló desde los balcones de la UCR. Luego nos invitó a regresar a la Argentina donde nos ayudó en todo, a preparar nuestro regreso. El exilio empezó y terminó en Buenos Aires.

 Cuando hace treinta años, tres días después de su cumpleaños número 61, Alfonsín llegaba a la escalinata del Palacio Legislativo. Un mar de gente en silencio se había agolpado en la explanada. Una multitud que, a pesar de lo prolongado de las ceremonias, nunca terminó de pasar. Pero ante la vista de Raúl Alfonsín, al pie de la misma se abrió como el Mar Rojo. Nadie se acercó a darle la mano, a decirle algo. El homenaje fue el silencio, de admiración con que  le fueron abriendo paso. Al llegar a la entrada del Gran Salón del Estado uruguayo, sin un sólo viva ni grito ni nada, la multitud estalló en un aplauso que se hizo ovación. En ese aplauso ambos, volvieron a abrazarse. Se volvieron a encontrar.

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