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Tel Aviv y La Habana hermanadas por Orly Solomon.

Tel Aviv y La Habana hermanadas por Orly Solomon.

On Cuba Magazine. 

Una artista nacida en Israel y criada en Francia fue en los noventa la más joven animadora de televisión del mundo. Su música es hoy mezcla de francés, hebreo y español, chanson, rikudim y salsa.
Conocida en el mercado latino como Candela, primero, y como Explosión Francesa, después, Orly podría pasar por una muchacha habanera. Si no fuera por su acento. Pero lo peculiar de esta treinteañera está en la mezcla de la perseverancia de los judíos, el glamour de los franceses con la alegría de los cubanos.
—Eres israelita, creciste en Francia y ahora vives en Cuba. ¿Cómo te identificas a ti misma?
—Nací en una ciudad pequeña, Naharya, al borde del mar, cerca de Haifa, en Israel. Al año estaba viviendo en Francia, sin embargo, yo no me siento francesa. He vivido casi toda mi vida en Francia, pero teniendo un padre rumano, una madre tunecina, haber nacido en Israel…bueno, que en realidad es una mezcla muy grande. Aunque nunca abandono mis raíces, ahora digo que soy cubana.
—Ahora dominas varios idiomas, incluido el hebreo, el francés y el español, que usas en tus canciones…
—Sin embargo no aprendí otra lengua hasta los 15 años, cuando fui a Israel nuevamente a aprender el hebreo y a conocer su cultura. Yo me sentía mal por tener una ciudadanía y un pasaporte de un país que no conocía y por ser tratada como extranjera en Francia. Después aprendí muchos idiomas, esa fue una pasión para mí.
—¿Cómo entraste al mundo del arte?
—A a los siete años vi un anuncio de un concurso de canto infantil y le dije a mi mamá que quería ir. Gané el primer lugar. Mis padres produjeron un disco con mi primer sencillo, una sola canción. Enviaron las 500 copias a las estaciones de radio y televisión, en todas partes de Francia. Tuvo muy buena acogida. Lo demás ocurrió muy rápido: me llamaron y entrevistaron, fui a cantar a la televisión y luego me escogieron como locutora de un boletín para niños en un programa en vivo. El premio de récord Guiness en 1990 llegó también como la “animadora de televisión más joven del mundo”. Así fue como nació la petit Orly.
—Y ahí fue cuando la prensa te llamó la “Shirley Temple de Francia”, ¿no?
— Así mismo, imagínate que recibía 10 mil cartas de niños de toda Francia, por semana. Todos querían ser mis amigos. El programa se transformó de cinco minutos cada quince días a tres horas semanales. Tenía mis secciones como el boletín de Orly, la gimnasia de Orly y otros. Tenía que aprenderme 15 páginas todas las semanas por dos años seguidos. Mis hermanas me ponían a cantar y a bailar, yo era como un divertimento para mi familia. Entonces me grabaron el disco, uno de los negros grandotes, de acetato.
A los nueve años, me cuenta Orly, se quedó desempleada. Privatizaron el canal y escogieron nuevas figuras. Continuó cantando en fiestas y cumpleaños, y hasta hubo quien la confundió con una adulta disfrazada de niña, por la cantidad de texto que decía de memoria. A los 13 años hubo un hueco de repente. La voz que cambiaba, el cuerpo también. No sabían qué hacer con ella. No podía cantar melodías infantiles con su forma de mujer, pero tampoco funcionaba con las de amor. No convenía. Pasó de lo más alto de la Torre Eiffel, la fama, la gloria, los aplausos y las luces a lo normal de la vida común.
—Después de los viajes y los hoteles cinco estrellas, ¿no sentiste el cambio?
—Fue un shock. La sociedad fue dura. Si hasta los 13 años todo el mundo me pedía autógrafos, ahora no más, caí en decadencia, como una anciana acabada. Los muchachos se reían de mí en la calle. No quería volver a la escuela, los niños me daban miedo, porque siempre había vivido en mundo de adultos. Era una especie rara de niña adulta con la sensación de ser una artista al final del camino. En aquel momento me sentía un poco frustrada, porque veía a mi mamá como no aceptaba la pérdida de reconocimiento. Nos llevábamos bien, pero ella tenía en su cara el reflejo del fracaso y eso me hizo sentir culpable, pero, ¿culpable de qué? De haber crecido, de no ser más la petit Orly. Quería ser de nuevo esa pequeña Orly, para que no le doliera más a nadie, ni a mí ni a mi mamá ni a mi familia…
—¿Cómo lo superaste?
—Tuve un poco de suerte. Yo seguí con mis presentaciones en fiestas particulares y cumpleaños, hasta que me presenté a un casting para una obra musical en Alemania y me aceptaron.
—¿Y cómo llegaste a Cuba?
—A través de un percusionista de Palestina, Basam Abdul Salam, que trabajaba en la obra musical El rey león, en Alemania, donde yo hacía el personaje de la hiena Shenzi. Cosas de la vida, un árabe y una judía que fueron muy buenos amigos. Él había estudiado en Cuba y yo quería estudiar español, pero la zeta de España no la soporto, así que me aconsejó que viniera aquí. Yo no sabía ni dónde estaba Cuba en el mapa, sólo había oído hablar del Buena Vista Social Club, de Gloria Estefan y de Omara Portuondo, que por aquella época eran unas de mis cantantes favoritas, aunque no entendiera sus canciones. Dominaba el francés, hebreo, inglés, alemán, portugués e italiano, pero sentía que debía aprender español también y en las primeras vacaciones pagadas de mi vida vine por dos semanas a estudiar idioma y salsa cubana en una escuela mixta de Miramar. Tres horas de español por la mañana y tres horas de baile por la tarde.
—¿Fue muy difícil adaptarte?
—¡No, qué va! Si a la semana me decían la “negra de Centro Habana”. Me dolía mucho la quijá por tanto sonreír. En esa escuela encontré al padre de mi hija: un mulato bailador que era guía de turismo. Él me ayudaba, salíamos a bailar y hablábamos mucho. Me dejé llevar por el amor. Cuba, de repente, cambió mi vida, fue como ¡pam!, un guante en la cara. Después me fui con dolor. Había conocido mucho, incluso la miseria. Fui una vez a un baño donde la puerta era una cortina de tela y justo después estaba la sala; un baño sin agua, todo sucio, y cuando trajeron un cubo para descargar fue peor, yo no quería que vieran mi orina. Fue un choque. Luego pedí un poco de agua para tomar y me trajeron un vaso desechable reutilizado un millón de veces, pero estaba tan feliz que no me importó. Empecé a pensar en el verdadero sentido de la vida.
— ¿Cuál es para ti ese verdadero sentido de la vida? ¿A qué te refieres, por ejemplo?
—Me pasaron varias cosas. Nunca había sentido, por ejemplo, dolor real por la pobreza. Una vez fui con mi novio al Pan de París (que de París solo tiene el nombre), para comer algo rico. Entonces me dijo que desde el Período Especial no tomaba yogurt y yo no sabía del Período Especial ni nada de eso. Le dije: «Bueno, vamos a comprarte un yogurt». Y él me dijo: «No, cuesta caro: 75 centavos». Yo no podía reírme ni decirle que para nada era caro. Así que puse cara de “uf!, sí, qué caro”, y le dije que no importaba, que estábamos celebrando y compré el yogurt. Pero no se lo tomó, lo llevó a su casa. Y cuando salimos, de repente, empecé a llorar, mucho, muchísimo, y me preguntó por qué, y yo le dije que en Alemania había dejado más de 15 yogurt en el frío, que cuando volviera los tenía que botar porque seguro habían caducado.
Orly recuerda que compró yogurt y chocolates para sus nuevos amigos cubanos, y que no podía entender por qué hacía tantos años no probaban esas cosas, hasta que estuvo tres días caminando por una Habana del año 1995 de tienda en tienda sin encontrar casi nada. Demasiada “realidad” para dos semanas, dice. En 15 días pudo enterarse que no había vínculo político entre Cuba e Israel, ni entre Cuba y Estados Unidos.
—Yo me prometí que en algún momento haría algo con la música que uniera a Cuba e Israel. No podía entender que mi lugar de origen no tuviera relaciones con esta Isla que es ya mi país de adopción. Así surgió el disco Tel Aviv-Habana, con canciones tradicionales hebreas acompañadas del ritmo de la salsa cubana. Fue como un puente, sí, un puente cultural entre las dos naciones, podríamos decir.
—Entonces llegó una cubanita a tu familia…
—No, no, ella nació en Francia. Por ahora es israelita, porque en Francia se acoge a la nacionalidad de la madre y cuando cumpla los 18 entonces es francesa.
— Si venías tanto a Cuba y al final decidiste quedarte, ¿fue porque estabas enamorada?
—Más que eso es el sentimiento permanente de estar bien, feliz. Pero por supuesto que estaba enamorada. También me gusta mucho el cielo, el clima, la gente, hablar con cualquiera sin que piensen que estás loca. A pesar de ser extranjera, porque no todo es agradable.
—Porque te piden dinero en la calle…
—No tanto, en Francia me piden más. Yo hablo de que se acerque gente esperando obtener algo de mí. Tener el sentimiento ese de que vean en mí una carta de invitación o una visa. Pero hay que ponerse en el lugar del otro. Siéntate en una silla cubana y te darás cuenta de lo que piensa un profesional que gana 15 dólares al mes y de cómo quisiera mejorar su vida. Yo empecé a trabajar en el hotel Sevilla dos veces a la semana por 35 cuc mensual. En Francia no lo haría por eso ni cinco minutos.
—¿Y por qué sigues aquí, entonces?
—Son muchas cosas a la vez. Mira, móntate en un taxi para que aprendas de la realidad cubana, en un almendrón o en cualquier otro, y habla con el chofer. Sí, yo hablo mucho con los taxistas porque son gente súper interesante. Pregúntale su profesión, hay muchos universitarios. El otro día uno empezó a hablarme en hebreo y yo le dije que era israelita y me respondió: ¡shalom!, y me dijo cosas que ni yo misma sé sobre mi país. Eso no sucede en París, todo el mundo es individualista, con su Mp3. Yo incluso he vivido años en un edificio donde no le conozco la cara al vecino. Por eso, donde único me siento bien es aquí. Viva. Yo escribí una canción que voy a sacar ahora y se llama No me preguntes por qué, y es una manera de contestar a la gente el por qué estoy aquí.

Orly busca el celular que suena con su adaptación de Hava Naguila, una canción hebrea que significa ¡Alegrémonos!. La misma canción que entonaban los campesinos judíos en los años cuarenta y cincuenta cuando comenzaron a construir Israel. Su versión se la dedica a Cuba. El estribillo dice: ¡Hava Naguila, mi Habana!

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