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Me pasó camino al cementerio ( cuento).

Me pasó camino al cementerio ( cuento).

Rincón Literario coordinado por Isaac Markus. 



Camino al cementerio

Autor: Iche Marx

 

Algunos se refugian en la fantasía de una vida después de la muerte. No es mi caso, pues lo único que me ayuda a soportar la conciencia de tan amargo destino, es simular su inexistencia. Esto hacía que procurara mantenerme alejado de los cementerios, pero en esta oportunidad, mi cercanía con el muerto de turno no me dejó más alternativa que concurrir a su entierro.

Por tal motivo, me encontraba transitando por una ruta que ya había conocido antes, a partir de que el paso de los años comenzó a cobrar sus víctimas entre amigos y parientes. Conducía mi automóvil absorto en mis pensamientos, cuando un suceso imprevisto me obligó a detenerme. Los vehículos formaban delante del mío una larga cadena inmovilizada, sin que nadie pareciera saber qué era lo que sucedía.

Dada mi necesidad de llegar al cementerio, intenté salvar el obstáculo tomando por un camino lateral. Confiaba en que luego de un cierto trecho, se me habilitaría alguna vía para retornar a la ruta. Pero el camino se esforzaba en mostrarme su terquedad, extendiéndose sin límite alguno.

Cuando conservaba pocas esperanzas de llegar al destino previsto, el camino se detuvo ante una gran explanada que rodeaba una antigua casa de corte señorial. La solemnidad del edificio tenía cierto parentesco con la que se suele asociar a la idea de la muerte, y concluí que me hallaba frente al atrio de acceso al cementerio.

Entré a la vieja casona, donde una multitud de seres se ocupaba de diversos menesteres. Al acercarse un sujeto elegantemente vestido y dotado de expresión afable, le pregunté por el sendero que me conduciría hasta las tumbas. El hombre permaneció en silencio durante un tiempo que me pareció excesivo y luego, haciendo caso omiso de mi pregunta, se limitó a decir:

—¿Gusta tomar un cafecito?

Acepté su invitación, advirtiéndole que disponía de poco tiempo. Mientras bebía el café, el hombre me siguió observando en silencio. Había algo irritante en su actitud, pero mi urgencia por llegar a tiempo al entierro, me hizo volver a preguntarle por el camino que me llevaría hasta las tumbas.

La reacción del hombre no se hizo esperar. Su expresión se transformó brutalmente, y su voz, engrosada por la ira, se disparó como un latigazo:

—¡Tengo varios amigos castrados! ¿Por qué no les pregunta a ellos?

Aturdido por su respuesta, pensé que el lugar estaba regido por códigos que no conocía. Aunque ignoraba el sentido de sus dichos, era evidente que la situación no me auguraba momentos felices. Con el corazón golpeando con fuerza, a punto de estallar, escapé de allí, atravesando cuanto espacio vacío se abría a mi paso.

Sin certeza alguna del lugar hacia el que me dirigía, corrí hasta quedar exhausto, y caí finalmente sobre una tierra que parecía haber sido recientemente removida. Este húmedo contacto logró encender una débil luz en mi mente. Un sutil relámpago de lucidez me hizo vislumbrar lo que allí estaba sucediendo. Pero de nada sirvió; las pesadas paladas de tierra que cayeron sobre mí, terminaron hundiéndome en la oscuridad más absoluta.

 

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