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Tishá BeAv

Tishá BeAv
¿Por qué fueron destruídos los Templos de Jerusalem?
Rabino Dr. Efraim Zadoff
 
 
El día de Tishá BeAv, el noveno día del mes de Av, es un día de duelo en la tradición judía. En este día se recuerda la destrucción (587 a.e.c.) del Templo construído por el rey Salomón en el siglo X a.e.c. aproximadamente, y la destrucción (70 e.c.) del Templo contruído por los judíos que retornaron del destierro a fines del siglo V a.e.c. y ampliado por el rey Herodes en el siglo I a.e.c.

El primer Templo fue destruído por los conquistadores del imperio de Babilonia que competían con el imperio de Egipto por el dominio de la media luna de las tierras fértiles, es decir, los territorios entre la Mesopotamia (entre los ríos Tigris y Éufrates), el Mediterráneo y Egipto. Algunos de los reyes del reino de Judá lograron dirigir la diplomacia exterior de modo de poder sobrevivir ante estos movimientos políticos entre las potencias, pero otros decidieron apoyarse en coaliciones de reinados locales, o en Egipto, y rebelarse. Estas últimas decisiones basadas en una lectura errónea de las circunstancias geopolíticas, fueron las que condujeron a que los ejércitos asirios conquistaran todo el territorio, destruyeran las ciudades, especialmente la capital Jerusalem, el centro del culto israelita y saquearan sus tesoros, y desterraran en varias etapas el liderazgo político y religioso de Judá.

La segunda conquista y destrucción de Jerusalem y su Templo, el saqueo de sus tesoros y la matanza y destierro de gran parte de su población fue realizado por Roma. Esta acción del imperio romano fue motivada por la rebelión de la población judía ante su opresión, y el resultado de la decisión de los líderes políticos romanos de aplastar esta rebelión en forma definitiva.

El que busca una respuesta en las fuentes tradicionales judías que justifique estas destrucciones va a encontrar diferentes explicaciones.

Una de ellas se basa en la premisa de que hay una fuerza superior que, además de haber creado el universo, dirige las acciones de los seres humanos y todo lo que acontece en la realidad. Esta fuerza es llamada con muchos nombres, entre los que encontramos YHWH (que no sabemos cómo se pronuncia), Elohim, y en castellano – Dios. 
Este axioma conduce a presentar explicaciones que plantean que las cosas buenas que acontecen a los seres humanos en sus vidas son resultado de la obediencia a esta fuerza, pero que la desobediencia a la misma acarreará calamidades. Más aún, los terribles hechos de los que sufren los judíos y sus perpretadores, son herramientas en manos de esta fuerza todopoderosa, que las utiliza para castigar al pueblo desobediente o pecador. 

Ejemplos de estas creencias se encuentran en diversos pasajes de la literatura bíblica. Los acontecimientos positivos son mencionados, por ejemplo, en Vaikrá (Levítico) 26:3-4; Dvarim (Deuteronomio) 6:18, 12:28; Ieshaiáhu (Isaías) 38:3. Los acontecimientos desastrosos son descriptos, entre otros lugares, en Vaikrá 26:14-16; y en el libro de Irmiáhu (Jeremías) capítulos 17-20, en donde sus prédicas o profecías anunciaban el duro destino que esperaba al reino de Judá y sus habitantes, por su desobediencia y pecados. En estos textos, aparentemente redactados a fines del siglo VII y comienzos del siglo VI a.e.c., se lee expresamente que el reino de Babilonia era una herramienta en manos de Dios y un siervo del mismo, que actuaba como su fiel emisario (Jer 27:6; 43:10).

Esta interpretación de las causas de los acontecimientos que tuvo que sufrir el pueblo judío en aquellos siglos, se mantuvo como constante a lo largo del tiempo. Un ejemplo de ello es mencionado en las plegarias que se agregan en las festividades de peregrinación (Pésaj, Shavuot y Sukot): "Por nuestros pecados fuimos desterrados de nuestro país y alejados de nuestra tierra", que aparentemente fueron redactadas en los siglos posteriores a la destrucción del Segundo Templo.

Un segundo ejemplo, cercano a nuestros días, podemos encontrarlo en textos del rabino Menajem Mendel Shneerson, rebe de Lubavitch, séptimo y último de los líderes (ADMOR) del movimiento jasídico JABAD. En los años 1971 y 1973 se expresó ante sus adeptos sobre su interpretación de la Shoá – el Holocausto, y sus palabras fueron publicadas en 1980 por la editorial de JABAD en un fascículo llamado Ciencia y Fe. En este texto el rabino Shneerson declaró que la Shoá fue un acto divino para extirpar las partes enfermas del pueblo judío, tal como un cirujano extirpa tejidos malignos de un cuerpo humano para salvarlo. En forma similar a lo expresado en el libro de Irmiáhu (Jeremías) respecto a la esencia de los babilonios como siervos de Dios, el rabino Shneerson completa su metáfora, planteando que Hitler fue el bisturí en manos de Dios – el cirujano. 

A pesar de los planteos de sus adeptos que estas afirmaciones eran apócrifas, el propio rabino Shneerso ratificó esta interpretación de puño y letra, en un intercambio epistolar con la combatiente del gueto de Bialystock y líder política israelí Jaika Grosman. Se pueden ver las citas de estos textos y declaraciones y su análisis en: Yehuda Bauer, Reflexiones sobre el Holocausto, Jerusalem 2013, pp. 250-261.

El círculo de todas estas interpretaciones teístas se cierra, con la justificación por parte del rabino Shneerson que su interpretación se basa en lo escrito en el libro de Irmiáhu, 27:6 y 43:10.

Ante explicaciones de este carácter en la tradición literaria clásica judía, surge la pregunta si ésta actitud ante la realidad era la regla general en los comienzos de la tradición rabínica, a partir del siglo I e.c., tras la destrucción del Segundo Templo. 

Analicemos un poco algunas fuentes, especialmente las arraigadas en tradiciones difundidas en las explicaciones que se citan del Talmud sobre la destrucción del Primero y del Segundo Templo. Respecto al Primero se dice que a pesar de que pecaban con idolatría, relaciones sexuales prohibidas y asesinatos, los judíos confiaban en que Dios los protegería. Pero los hechos demuestran que esta fe no ayudó. Con este planteo se insinúa que el comportamiento de acuerdo a los mandatos divinos era condición para el cumplimiento de la protección del ser supremo. Respecto al Segundo se dice que su destrucción se debe a la existencia del odio gratuito y se puede comprender que se refiere a las relaciones entre los judíos en la época en que el Templo estaba en pie (Talmud de Babilonia, Séder (Orden) Moed, Maséjet (Tratado) Ioma, 9:2). 

Veo dos formas de interpretar esta afirmación:
-    el odio gratuito causó una situación que resultó desagradable a Dios por lo que decidió castigar a los judíos.
-    estas relaciones interpersonales y tal vez entre diferentes facciones dentro del pueblo, causaron una desunión que debilitó al pueblo frente a los enemigos.

La primera explicación se conecta con las interpretaciones tradicionales que se basan en la suposición que hay una fuerza superior, responsable de la creación, que controla el destino de cada ser humano y dirige los acontecimientos según su voluntad.

La segunda posibilidad realiza un análisis racional de la situación imperante y saca sus conclusiones en base a los hechos. ¿Es posible que JAZAL – los sabios de bendita memoria, hayan interpretado que es el comportamiento humano y sólo él, el que motiva los hechos? 

En los acontecimientos acaecidos al final de la rebelión en Judá y la destrucción de Jerusalem en el año 70, las fuentes nos presentan una actitud clara de uno de los principales líderes en contra de la rebelión popular contra la potencia romana.

Este es el caso de rabán Iojanán ben Zakái, alumno de Hilel el anciano y que al igual que él, la tradición le atribuye haber vivido 120 años (30 a.e.c. – 90 e.c.). Rabán Iojanán presidió el Sanedrín (Tribunal Supremo que funcionó en la Tierra de Israel desde el siglo II a.e.c. hasta el 425 e.c.), se opuso a los tzdukim (saduceos) y apoyó a los prushim (fariseos) para asumir las funciones sacerdotales. Promovió los estudios de las fuentes de legislación rabínica y de los relatos talmúdicos. 

Rabán Iojanán ben Zakái fue testigo de la gestión de la rebelión contra el imperio romano por parte de facciones extremistas, y se oponía a esta actitud que él consideraba suicida. Tal como se narra en fuentes talmúdicas posteriores, y según algunos también se refirió a estos hechos el historiador judío Flavio Josefo, al ver rabán Iojanán que la derrota y la consecuente matanza y destrucción eran inminentes, utilizó una estratagema para salir de Jerusalem, a pesar de la prohibición por parte de los combatientes extremistas, para presentarse ante el comandante romano Vespasiano. Al saber éste que rabán Iojanán era líder del sector pacifista dentro de Jerusalem, lo recibió y le concedió la posibilidad de solicitar lo que quisiera. Rabán Iojanán pidió, entre otras cosas, que le otorgase a la ciudad de Iavne y sus sabios. Está claro que este pedido reflejaba su convicción de que sólo de este modo podría salvar la continuidad cultural del pueblo.

En las fuentes talmúdicas se dice que rabán Iojanán creía en que la destrucción de Jerusalem y del Templo se debía a los pecados del pueblo. Sin embargo, analizando su comportamiento durante la gestación de la rebelión y los sufrimientos que ésta acarrearía, y su decisión de asumir la responsabilidad política por la continuidad, reconstruyendo los cuadros dirigentes, está claro que él veía en el comportamiento de los extremistas el motivo de la aplastante derrota ante el imperio romano, y confiaba en la reorganización social en manos de los seres humanos.

Resumiendo, no cabe duda que también JAZAL sostenían la visión tradicional respecto a la causalidad divina de los acontecimientos. Sin embargo se ve claramente que en su juicio, el principal elemento en la determinación de los hechos era la decisión humana. Una declaración que el destino del pueblo está en sus propias manos y no en las de una fuerza superior. Algunos de los sabios rechazaron a sabiendas una visión de la realidad geopolítica como algo en lo que los hombres están sujetos a la voluntad divina o como una predeterminación definida por esta misma entidad superior, que cuando lo decida enviará la salvación corporizada en el Mesías.

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