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Iom Kipur; y el mismo dios dirá basta!

Iom Kipur; y el mismo dios dirá basta!

Y el mismo dios dirá basta!         Lic. Raquel Zieleniec

Entré en la sinagoga, invitada por alguien más proclive que yo a la tradición. Ya era tarde y perdimos  el KOL NIDREI que me había prometido. Tampoco era el día del shofar.  Y ya no podía yo apostar a volver al día siguiente.

Era víspera de Iom Kipur. Esa semana se pide perdón por injusticias o errores cometidos, enfrentando a quien hayamos perjudicado, sin tomar a Dios como mediador.  El ayuno del día después ya había comenzado. Debo confesar que yo estaba invitada a un asado.

Subo en una construcción agradable, relativamente moderna y muy bien hecha. Sinagoga clásica, mujeres arriba, hombres planta baja. La estructura permite desde arriba visualizar la sala de abajo en tanto el primer piso destinado a las mujeres está construido en líneas de pentágono con el hueco en el medio. Desde el extremo, la visualización abarca todo el panorama: hombres con su talit, cantando; mujeres con sus libros o sus charlas, siguiendo y acompañando el jazan tenor que dirige los rezos. Cuando la lectura lo requiere dos hombres suben al estrado, corren un mueble de madera labrado muy bonito (Aron Hakodesh) y la biblia aparece envuelta con primorosa seda blanca brillosa en cálida combinación con letras azules. Todo aparece expuesto, tentador, impúdico.  Mi ojo viajero mira en abanico la escena  y flecha su mira en dos fotos extraordinarias que ya podría capturar.

Si,  sabía que tomar imágenes era una falta de respeto, más aún ese día. Y para peor como no soy habitué  es más fácil expulsarme.

Me senté,  me pesaba el desperdicio…  si me animara… mi amiga se enojaría porque a ella la conocen … me senté con un suspiro al tiempo que volvían a abrir el compartimiento de la Torah, hermosa y cálida, recostada con sus dos rollos envueltos amorosamente juntos.

Se acerca mi amiga con su hija detrás. Inútilmente  confirmo la prohibición de tomar fotos.   Al minuto, compungida, le cuento a la más joven, las dos increíbles fotos que me estoy perdiendo. Comparto mi proyecto, señalo la mira posible  y me dice: dale, te tapo y sacá las fotos.

Alguien hubiera podido resistir?

Venciendo el pudor, la falta de respeto, el temor a que me descubran y me deporten, recuerdo a la niña que imitaba a los hombres que oraban, reiterando sus gestos, su ritmo y su voz.  Uno de ellos captó una burla que no sé si fue intencional. Y el pellizo que disimuladamente me dedicó al pasar,  todavía me duele adherido al susto que me invadió.

Me animo. Tomo una foto sentada para no quedar demasiado en evidencia.  En ese justo  momento todo el mundo se pone de pie y yo también; aprovecho a realizar otra toma. Y giro cuando se van a acercando al mueble de la torá para estar preparada.

Ella parece estar consintiendo.  Apunto  sin demora y cuando aprieto el disparador… se ennegrece la pantalla. Aguanto la respiración, no es la primera vez que ocurre y vuelvo a encender el  celular. Vaya momento para traerme complicaciones. Ah!!! No enciende. Una y otra vez el maldito aparato no enciende.  Sé que tenía poca batería, pero no justificaba. Un último intento me deja azorada… No puede ser, qué pasó …?

Al regresar a casa me precipito a cargarlo. Tal como esperaba, el goteo de plata verde que aparece con el encendido, aumenta lo suficiente para saber que no estaba en cero. Ni al 5% que es el signo de carga mínima. Ya teniendo a Dios bajo sospecha, leo la marca en 32%.

Acaso mi inconsciente afectado por la culpa… o acaso… ?

Me da mucho miedo continuar.  Solo me serviré de la ocasión para dejar sentado por escrito, la más humilde solicitud de perdón que pueda instrumentar mi laico corazón… a quien corresponda!

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