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¿Quién pertenece a la comunidad judía?

¿Quién pertenece a la comunidad judía?

Membresía y admisión a la comunidad judía

 Sic.Maximiliano Diel

 

“…Asumamos que el judaísmo es un proyecto colectivo y que nuestro pueblo es más grande que cualquiera de nuestras corrientes individuales.”

Donniel Hartman

En principio, lo que define a una comunidad no es un espacio cultural común ni un ethos colectivo, sino más bien la búsqueda de ese espacio y ese ethos.

La comunidad judía actualmente se enfrenta al problema de la búsqueda de políticas de membresía con poco éxito, dando origen a numerosas disputas y divisiones internas, lo que termina socavando los fundamentos de la vida en colectivo.

El problema de la membresía ha sido resuelto de diferentes maneras a lo largo de la historia del pueblo judío. En este artículo se intentará resumir brevemente tres respuestas históricas, basándome principalmente en el artículo del Rabino Dr. Donniel Hartman ¿Quién es judío? Estrategias de membresía y admisión a la comunidad judía. Estas respuestas nunca han convivido al mismo tiempo, ya que han ido cambiando y adaptándose (como todo lo judío), y son: nacimiento; matrimonio con un hombre judío; conversión.

 

  1. 1.       Nacimiento

El primer criterio bíblico para admisión a la nación de Abraham era ser descendiente de éste. Así, Dios le dice: “A tu simiente daré esta tierra” (Génesis 12-7). El problema ahora sería saber quién determina el linaje, si el padre o la madre. En la Biblia el criterio es claramente paterno, ya que el padre determina la afiliación tribal, la participación en la tierra y el estatus legal en la vida ritual de la comunidad. Esta política tuvo lugar mientras el matrimonio entre judíos y no judíos fue considerado legal, hasta que fue prohibido primero por Ezra y luego por el derecho rabínico.

Sin embargo, existe la discusión acerca de si sólo con el nacimiento alcanza (condición suficiente) o si se requiere de algo más (condición necesaria). Esto se puede ver en el caso de la simiente abráhamica no incluida dentro de su “gran nación”: Ismael y Esav. Para salvar ese vacío bíblico, el Talmud habla de su idolatría y sus herejías, pero lo cierto es que nada de eso se dice en la Biblia.

Aquí llegamos a un mojón cuyas consecuencias habría que pensar: para el judaísmo que pone el énfasis totalmente en lo étnico, el nacimiento es condición suficiente, alcanza con ser “hijo de”, más allá de los pecados. Para otros como Maimónides, el nacimiento sería necesario pero no suficiente, poniendo el acento en la fe: cualquiera que no acepte los principios de fe, debería ser excluido de la comunidad.

 

  1. 2.       Matrimonio con un hombre judío

Menos conocido en la actualidad fue el segundo criterio de admisión, que estuvo presente hasta el S. VI a.e.c., cuando se ilegalizó por Ezra.

Dado que en el período bíblico la mujer no transmitía etnicidad a sus hijos, tampoco lo hacía a su pareja no judía. Por tanto, el matrimonio para ser admitido a la comunidad era algo que se aplicaba sólo a las mujeres no judías que se casaban con hombres judíos. Se puede citar como ejemplo la desgraciada historia de Dina, la hija de Yaakov, quien no tenía un hombre israelita para contraer matrimonio (salvo sus hermanos), y ni ella ni sus descendientes son mencionados entre los israelitas que bajan a Egipto (Éxodo 1).

Sin embargo, existen ciertas limitaciones para contraer esposa. Se puede ilustrar con la historia de Abraham que le pide a su sirviente Eliezer que vaya hasta su tierra de origen para buscarle esposa a Itzjak, la cual iba a ser igual de idólatra que una cananea. ¿Por qué esa preferencia entonces?

Aún más: en el libro de Deuteronomio (7:1-5), de donde los sabios sacan la prohibición de no casarse con personas no judías, la limitación geográfica es clara, ya que se mencionan los siete pueblos con los que está prohibido el matrimonio; los siete pueblos que habitan la tierra de Cnaan, la cual debe ser conquistada.

En ambas situaciones el motivo es claro, se prohíbe el matrimonio porque “ella apartará a tu hijo de Mí y este servirá a otros dioses”. Pero aquí aparece el asunto crucial de la sensibilidad geográfica: el ídolo de una tierra extraña no posee poder ni autoridad sobre los habitantes de otra tierra.

Dada esta prohibición limitada del matrimonio con otros pueblos, Donniel Hartman articula con lucidez la siguiente regla: “el matrimonio entre pueblos distintos está permitido y es un proceso de adquisición de membresía siempre y cuando la parte no judía se integre en el contexto nacional y religioso israelita. De haber algún riesgo de que ocurra lo opuesto, esto es, que el israelita sea incorporado en el mundo religioso y nacional del idólatra, entonces se prohíbe el matrimonio.” (Hartman 2009, p. 170)

Un último ejemplo que nos muestra cómo en el periodo bíblico se asignaba membresía a través del matrimonio es la conocida historia de Ruth. Se la suele identificar erróneamente como la primera conversa, pero ella no pasó por ningún proceso formal de conversión, salvo que se considere a Naomi, su suegra, como la primer rabina. Ella se unió a la comunidad y permaneció allí a pesar del fallecimiento de su esposo, y por eso ella es como “Rajel y como Lea las dos que edificaron la casa de Israel” (Ruth, 4:11)

 

  1. 3.       Membresía a través de la conversión

 

La conversión se consideró legal por primera vez en la época del Segundo Templo. Es consecuencia de la idea de que la identidad judía trascendía la etnicidad pura. Una perspectiva exclusivista y etnocentrista, tal como quedó retratada por el Libro de Ezra, no habría permitido la conversión.

En el periodo talmúdico, una perspectiva quedó asentada en las conocidas anécdotas del sabio Hillel, quien en tres ocasiones convierte a paganos cuyas motivaciones para convertirse eran sumamente dudosas.

Sobre la conversión, en la tradición existen dos posturas antinómicas. Según la opinión minoritaria del Talmud y el derecho medieval, el converso debe aceptar la totalidad de la ley judía, por lo tanto, tiene que estar dispuesto a intentar convertirse en un ciudadano ideal. Dada su falta de etnicidad, tiene que suplirla con una vida de judío ejemplar.

En la vereda de enfrente, encontramos que la opinión más extendida de la tradición consiste en que un converso está sujeto a las mismas condiciones, sanciones y obligaciones que un judío étnico. Es decir, puede convertirse en un ciudadano pecador, como existen otros israelitas pecadores. Lo importante es que haya sido instruido en sus obligaciones y las consecuencias de no cumplirlas. Esta es la postura mencionada anteriormente del sabio Hillel.

 

En suma, actualmente no hay consenso acerca de ninguna de las reglas que plantean los mencionados criterios.

Sin embargo el hecho de que un rabino neo-ortodoxo, doctor en filosofía, plantee como válido cualquiera de los criterios previamente mencionados, basándose exclusivamente en la tradición judía (es decir, no está inventando nada), resulta interesante. Según su perspectiva, el pueblo judío, al haber aumentado exponencialmente los matrimonios con no judíos, de hecho está iniciando informalmente el proceso de establecimiento del segundo criterio, hoy olvidado por la mayoría de los rabinos.

 

Bibliografía: Hartman, Donniel (2009) ¿Quién es judío? Estrategias de membresía y admisión a la comunidad judía. En Halbertal, Moshé y Hartman, Donniel (comp.) (2009) El judaísmo y los desafíos de la vida moderna, Lilmod, Buenos Aires.

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