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La primera pareja (cuento)

La primera pareja (cuento)

 

Por Maximiliano Diel

Aconteció que el sexto día la Tierra parió a Adam. E igual que una mujer permanece impura durante los 40 días posteriores al parto, así la Tierra permaneció impura por 40 generaciones, hasta el reinado del Rey Salomón el Sabio.

Adam nació con veinte años el sexto día por la mañana. Porque era hijo de Adama (tierra) y era rojo (adom) como la arcilla que se encuentra cerca de su propia tumba, en Hebrón, se le llamó Adam. O quizás a la tierra se la llamó así en honor de su hijo, el último en nacer y el más parricida. Dicen que se formó con polvo de todos los rincones del mundo y los distintos colores del hombre son un recuerdo de eso: el rojo de la carne y la sangre llegó de la tierra de Saba en el sur, el blanco de huesos y tendones vino de los almacenes de nieve del norte, el tono oliva de la piel se le dio por la rama de oliva que encontraría la paloma de Noaj siete generaciones después, y el color del pelo varía como el color del cielo durante el año.

Dios creó a Adam al mismo tiempo que a su compañera, pero no le dio conciencia hasta mucho después. Adam, sin saber que ella estaba pegada en su espalda, la extrañaba. Por eso cuando uno se encuentra con alguien que le gusta siente que ya se conocían anteriormente. Adam pidió compañía y se le mostraron los animales. Jugó con ellos durante un rato, pero sintió que le faltaba alguien con quien hablar. Así, uno prefiere a sus padres, luego a los animales y por último a sus pares. Hasta hoy, ocurre que las ganas de hablar empalman con las de jugar, es así que los hombres juegan con palabras.

Se le hizo soñar. En su sueño, el fuego, el agua, el aire y la oscuridad se agitaban en sus entrañas. Parecían luchar por salir y desmembrarlo. Si llegase a faltar uno solo de esos elementos, el mundo colapsaría. Sin embargo, el fuego y la oscuridad vencían al aire y el agua. La contienda le quemaba la espalda. Cuando despertó, Lilith estaba a su lado. Era pelirroja encendida, con el rostro luminoso salpicado de pecas y ojos brillantes como antorchas. Era el ser más bello que Adam había visto en sus horas de vida. Quedó deslumbrado. Lilith lo miraba con aire ingenuo. Pero cuando sonrió se le ensombrecieron los ojos. Algo estaba mal. Aquí nació el problema del que siente que todo está demasiado bien como para ser verdadero.

Efectivamente, ocurrió que iban a acostarse juntos y comenzaron a discutir. Adam, el primogénito de los hombres, quería acostarse arriba: no sabía bien por qué pero necesitaba sentir dominio. Lilith, creada al mismo tiempo aunque tomó conciencia luego, sostenía que fueron creados por igual, por tanto también quería ir arriba. Ella no cedía. Él tampoco. Ceder hubiese sido rebajarse hasta el fin de los tiempos. Generaciones ininterrumpidas de humanos recordarían que en la primera disputa de la humanidad, uno de los dos cedió. Por eso sigue siendo problemático tomar decisiones en nombre de otros que aún no existen.

Ante este panorama, Lilith no renunció ni se dio por vencida, sino que pronunció el Nombre Mágico de Dios, se elevó por los aires y se fue resueltamente del paraíso. Voló surcando los cielos de la noche desolada y llegó a las inmediaciones del Mar Rojo. Allí se encontró con Samael y Naamá, una pareja de ángeles caídos que habitan la zona, y le pasó algo inesperado, que quizás ocurría por primera vez bajo el cielo virgen: se enamoró. Eligió parecerse a ellos y engendró ardientes demonios con su simiente, los cuales someten hasta hoy a los linajes adánicos. Por eso se dice que el enamoramiento es como fuego que llega en el momento menos pensado.

Lilith continúa siendo inmortal, porque no recibió la maldición de la expulsión del Edén. En su avidez por perjudicar a su primera pareja, suele atacar en sueños a los recién nacidos, produciendo las muertes blancas (blancas por la espuma del mar con la que se cubre Lilith). Asimismo, adora visitar a los hombres adultos y ocasionarles sueños sensuales, porque con el semen derramado en poluciones nocturnas engendra demonios -lilim­- para dominar a los hijos de Adam.

Es un enigma saber cuál es la naturaleza de Lilith, ya que fue creada igual que Adam, pero no está sometida a la decadencia y corrupción del cuerpo. Puede parir sin dolor y de manera instantánea. No está sometida al hombre ni tiene que ganarse el fruto de la tierra con el sudor de su frente. Mantiene relaciones en múltiples esferas del cosmos y logra acceder a un estado de éxtasis lascivo con sólo desearlo.

Lilith fue siempre la invocada por las brujas y no Eva, ese pálido reflejo de la primera mujer. Lilith fue la causa del miedo ancestral que los hombres les han tenido a las mujeres: ese miedo a lo ilimitado, al exceso y al desborde corporal. Lilith sigue siendo la sed de lo marginal, impulso concupiscente que eriza el cuerpo y derrama el espíritu.

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