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La partición de Tierra Santa: Una propuesta salomónica fallida

La partición de Tierra Santa: Una propuesta salomónica fallida

Cr. Marcos Israel, Ex Presidente del Comité Central Israelita del Uruguay

 

 

Dado que en reflexiones políticas dimos respuesta a preguntas que le realizamos al Cr. Marcos Israel, damos el texto de su artículo emitido por la Web del CCIU

En nuestro intento de ser plural, podemos estar de acuerdo con sus palabras y en desacuerdo con otras


Por Marcos Israel, Ex Presidente del Comité Central Israelita del Uruguay



El 29/11 se conmemoró el 68 aniversario de la resolución 181 de la ONU, de 1947, que dividió en dos lo que restaba del territorio palestino, después que dicho territorio fuera dividido por primera vez en 1922 por el Imperio Británico, otorgándole las tres cuartas partes del mismo a los árabes para que formaran el reino de Transjordania, el primer país árabe palestino. La cuarta parte restante se suponía que sería para el Hogar Nacional judío, tal como se le llamó en aquel entonces al proyecto de un Estado judío en su tierra ancestral; fue precisamente para eso que se le dio un mandato al Imperio Británico –por parte de la Sociedad de las Naciones- para administrar ese territorio.

Pero el Imperio Británico tenía planes para quedarse allí para siempre y los líderes árabes dejaron bien en claro desde 1920, que no estaban dispuestos a aceptar ninguna soberanía judía, aunque se tratara de un minúsculo territorio que representaba las dos milésimas partes del territorio del mundo árabe.

Esta circunstancia llega hasta ese año de 1947 en que las recién creadas Naciones Unidas tratan de dar cumplimiento al legado que recibieron de la Sociedad de las Naciones, y opta por la solución salomónica de la Partición: mitad para cada uno.

Los árabes rechazaron esa resolución y anunciaron por todo lo alto una guerra de aniquilación de los judíos. Y cumplieron su promesa, pero no alcanzaron su objetivo.

Trygve Lie, Secretario General de Naciones Unidas en 1948, catalogó a la invasión árabe de aquel entonces como “la primera agresión armada que ha visto el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”; la denominó “un desafío armado a las Naciones Unidas”; y testificó que los árabes “proclamaron abiertamente su agresión, telegrafiando las noticias a las oficinas centrales de las Naciones Unidas”. Esa guerra descarada, nunca fue condenada por la ONU. La ONU no defendió su propia resolución ni condenando la agresión árabe, ni votando sanciones contra los agresores, ni tomando ninguna medida de defensa del recién nacido Estado de Israel.

Aquel pecado original de la ONU –nunca corregido-, y la persistente negativa de los árabes a reconocer el derecho de autodeterminación del pueblo judío, lleva a que, 68 años después, lo que se conoce como solución de dos Estados, esté al borde mismo del abismo. Todas las negociaciones de paz –desde Oslo en los años 90, Camp David en el año 2000 y los esfuerzos de Olmert en 2007-, terminaron hundiéndose por la misma razón: el rechazo visceral árabe a reconocer la legitimidad de un Estado judío en su patria histórica.

Aquella guerra de 1948, seguida por diversos medios hasta nuestros días, originó dos problemas paralelos de naturaleza semejante; uno se resolvió rápidamente en pocos años, el otro no hizo más que empeorar todo el tiempo. Me refiero a los movimientos poblacionales forzados por las circunstancias del conflicto. Los árabes anunciaron en las propias Naciones Unidas que si prosperaba la resolución de Partición, el millón de judíos que vivía en el vasto territorio árabe sufriría un antisemitismo peor que el que se acababa de producir en Europa bajo el nazismo. Y así fue. La casi totalidad de ese millón de judíos tuvo que escapar a las persecuciones desatadas en el mundo árabe y en su gran mayoría fueron recibidos por Israel en calidad de refugiados. En pocos años recibieron ciudadanía y fueron absorbidos con gran esfuerzo por una sociedad israelí pobre y poco desarrollada. El mundo prácticamente ni se enteró de este problema.

Del otro lado, la guerra en Tierra Santa originó también un contingente de refugiados árabes, principalmente personas que decidieron escapar a la situación de guerra creada. Pero se encontraron con una política árabe, luego sostenida por las Naciones Unidas, de eternizar su condición de refugiados. En 1959, la Liga Árabe aprobó la resolución 1457, que establece lo siguiente: “Los países árabes no concederán la ciudadanía a los solicitantes de origen palestino con el fin de evitar su asimilación en los países anfitriones”. Esta resolución impactante, fue apoyada en la ONU con la creación de una entidad específica para los refugiados palestinos, la que con presupuesto multimillonario anual, mantiene a aquellos refugiados y sus descendientes –ya varias generaciones-, en condición de tales, contraviniendo el propio marco legal de Naciones Unidas que refiere al tema refugiados en general.

Así, llegamos al punto en que algunos sectores judíos –dentro y fuera de Israel-, están comenzando a plantear que la solución de dos Estados debe quedar en el pasado. A no llamarse a engaño, la alternativa a la solución de dos Estados no es la de un Estado binacional. Ese es un planteo maniqueo y representa puramente un artilugio retórico. No porque “en este caso” sea imposible. El mundo ha demostrado que los Estados binacionales o multinacionales no tienen futuro: en alrededor de 60 años ese mundo ha pasado de tener unos 60 Estados nacionales a tener alrededor de 200. Y no porque la Tierra se haya agrandado, sino porque que los Estados se han fragmentado en unidades étnicas específicas.

Así que una alternativa que se viene planteando es devolver el problema a quien lo creó: la Liga Árabe, verdadera dueña del conflicto desde el comienzo hasta el día de hoy. La alternativa no es descabellada, las propias facciones políticas principales de los árabes de Tierra Santa –Al Fatah y la OLP, que gobiernan la Autoridad Palestina- han escrito a fuego en sus cartas fundacionales respectivas, que los palestinos son parte de la Nación Árabe. Y lo hicieron en momentos en que el territorio destinado a un Estado árabe palestino estaba en manos árabes (fines de los años 50 y principios de los 60 respectivamente) y nada les impedía fundar un nuevo Estado. De hecho, en todos estos años, su energía política ha estado dedicada a destruir a Israel y no a construir un Estado palestino.

Así pues, a 68 años de aquella resolución, estamos más cerca de su debacle que de su cumplimiento. Y observamos a la propia ONU en una verdadera debacle moral, fruto de que el orden mundial basado en los derechos humanos para el que fue creada, ha sido sistemáticamente rechazado por una cantidad mayoritaria de países que fueron ingresando a esa institución, empezando por los propios países árabes y demás países islámicos; y fruto también, de que aquellos países que se suponía abanderados de esos derechos humanos, a la hora de defenderlos, prefieren hacer la vista gorda, privilegiando intereses económicos, comerciales y políticos. Hoy sólo un puñado muy selecto de países viene mostrando una actitud ética de defensa sin cortapisas de los principios originales con que se fundaron las Naciones Unidas. El futuro parece sombrío.

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