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Xenofobia selectiva e islam

Xenofobia selectiva e islam

#ISPE:

 

En 2000, la población inmigrante en Australia representaba el 23% del total. Hoy, gracias a sus políticas de concesión de visados temporales a profesionales cualificados –arquitectos, programadores, médicos, científicos…– esa cifra es del 28% y crece a una tasa del 1% anual. Un 70% –unos 700.000, el 7% de su fuerza laboral– tiene educación superior. La inmigración representa un 30% del crecimiento económico.

Pero aunque las políticas inmigratorias selectivas de la Australia blanca  terminaron oficialmente en 1973, se han mantenido muchas veces en la práctica. Aunque los musulmanes suponen el 2,2% de la población, el 49% quiere que el gobierno prohíba la inmigración de países islámicos, una forma de xenofobia selectiva. En Canadá, el país desarrollado que, con Suecia, es el que más refugiados recibe en relación a su población, el 25% quiere que Ottawa restrinja la llegada de musulmanes. El gobierno del exprimer ministro Stephen Harper prohibió el velo islámico en ceremonias e instituciones públicas y advirtió en 2011 que la “islamización” era la mayor amenaza que pendía sobre el país. En 2015 intervino personalmente para ralentizar la entrada de refugiados sirios y priorizó el ingreso de cristianos iraquíes.

En Europa la islamofobia es una de las banderas predilectas de la francesa Marine Le Pen, y del holandés Geert Wilders, quien propone cerrar todas las mezquitas del país y prohibir la venta del Corán. En Alemania la importante minoría de origen turco apenas tiene presencia en la clase política, los medios de comunicación o las altas esferas corporativas.

En EEUU la población musulmana supone solo el 1% del total, pero Steve Bannon, asesor de Donald Trump, sostuvo en un seminario en 2014 en el Vaticano que Occidente está en las “fases iniciales de una guerra global contra el fascismo islámico”. En su visión, el islam no es una religión sino una ideología política intolerante abocada a la conquista del mundo, por lo que la prohibición de la entrada de musulmanes en EEUU estaría justificada.

Esa idea explica su simpatía por la Rusia de Vladimir Putin, cuya cercanía a la Iglesia ortodoxa y su demostrada voluntad para librar guerras contra los islamistas en Chechenia y Siria lo hacen aparecer como un aliado potencial. Angela Merkel, en contraste, sería una traidora a la civilización occidental por haber dado refugio a un millón de musulmanes en 2015.

La propensión de los musulmanes en Europa a formar guetos y sociedades paralelas –y su dificultad a adaptarse a sistemas liberales basados en la separación del Estado y las instituciones religiosas– agudiza los prejuicios. Ningún país, por otra parte, está dispuesto a renunciar a su derecho a preservar su perfil étnico, cultural y lingüístico decidiendo quién y de qué modo pueden establecerse minorías foráneas en su territorio.

 

 

 

En 2010 el cristianismo era la mayor religión del mundo, con 2.200 millones de fieles, un 31% de la población mundial, mientras que el islam era la segunda, con 1.600 millones (23%). Pero según un estudio de Pew, debido a la mayor tasa de natalidad de los países de mayoría musulmana, en 2050 el islam será la religión del 30% de la población mundial, con lo que por primera vez en la historia habrá tantos cristianos (31%) como musulmanes.

En Europa los musulmanes pasarán del 5,9% en 2010 al 10,2% en 2050. Sin embargo, la islamofobia manipula prejuicios raciales y religiosos explotando el miedo al yihadismo y el terrorismo. Los 47 países de mayoría musulmana tienen un PIB conjunto de cinco billones de dólares, frente a los casi 34 billones que suman EEUU y la UE. Esa imaginaria coalición islámica gastó en defensa 270.000 millones de dólares en 2016, frente a los 600.000 millones del presupuesto del Pentágono. Según un estudio de la Universidad de Chicago, de los 125 terroristas acusados en los últimos tres años de tener vínculos con organizaciones yihadistas, el 75% había nacido en EEUU.

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