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Polémica entre el Sociólogo Rafael Porzecanski y el dirigente sionista Gerardo Stuczynski.

Polémica entre el Sociólogo Rafael Porzecanski y el dirigente sionista Gerardo Stuczynski.

El sociólogo y periodista Rafael Porzecanski inició una polémica con el dirigente sionista Dr. Gerardo Stuczynski.

 Stuczynski fue Presidente de la Federación Universitaria Sionista del Uruguay en su etapa de estudiante, y luego en dos períodos no consecutivos, Presidente de la Organización Sionista del Uruguay (OSU). Premio Herzl 2005 otorgado por la Organización Sionista Mundial.  Ex Presidente de la Confederación Sionista Latinoamericana y ex Secretario General del Comité Central Israelita del Uruguay. Actualmente se desempeña como Secretario General de la Confederación Sionista latinoamericana (COSLA) y es miembro del Ejecutivo Sionista Mundial. 

 Desde su cuenta de Facebook, Porzecanski escribió: 

Esta mañana, con una diferencia literal de 5 minutos, recibí un mismo enlace por mensaje privado: una entrevista imperdible al ex canciller israelí y hoy analista político Shlomo Ben Ami.

La primera persona que me envió el enlace es Mauri Wiater, un amigo (de fuerte formación historiográfica) con quien solemos departir sobre el conflicto y dinámicas de la sociedad israelí.

La segunda persona que compartió esta entrevista, y aquí me quiero detener, es Gerardo Stuczynski. Sí señor, el mismo que aparece por este muro frecuentemente defendiendo la gestión Netanyahu a capa y espada y raramente regala algún elogio a mis análisis (por decirlo de la forma más suave posible).

Varios amigos me han dicho que no me moleste en responderle a Gerardo, otros me han sugerido incluso que lo bloquee. Yo siempre contesté lo mismo: si abro el juego para el diálogo, hay que jugar con sus reglas. Dentro del respeto personal todo, fuera del respeto personal nada.

Cuando se sostiene el diálogo, los frutos tarde o temprano aparecen. Hoy apareció de manos de Gerardo un reportaje imperdible que, además vale destacar, está muy lejos de ser condescendiente con esa gestión Netanyahu que Gerardo tanto defiende.

Así que ya lo saben: acá hay lugar para todos, sea sobre el conflicto israelí-palestino, sea sobe política uruguaya o sea sobre pelota vasca.

A fin de cuentas, en el otro siempre hay un pedazo de verdad (a veces mas grande, a veces mas pequeño). Si no están convencidos, es buen momento para que vean Rashomon de Akira Kurosawa.

 Stuczynski contestó. 

 Hatzad Haseiní no es un medio de la derecha clásica. Está integrado por gente de todas las ideologías. No perdonar que Ben Tasgal haya sido del Betar, es solo un síntoma de intolerancia. El argumento de que "los palestinos no aceptaron el famoso 97% de territorios que les propuso Ehud Barak" no me parece que sea una visión de la derecha. No creo que la izquierda se lo haya olvidado. Quizá Tomer Urwicz si, pero Israel no.  La colcha de retazos la marca la demografía y la historia. Es más fácil criticar que construir. ¿ Conoces como era la propuesta original de partición? Echarle la culpa a todos es lo más cómodo y la equidistancia una zona de confort políticamente correcta.  Hacer un paralelismo entre un partido democrático como el Likud y una organización terrorista como Hamás es de un fenomenal absurdo. ¿A esos disparates arribás desde la equidistancia?

A Elbio Barilari que terció en la discusión Stuczinski le respondió:  

Si para vos Likud y Hamás son similares, le cedo mi lugar a Rafael Porzecanski para las aclaraciones. El es un tipo más profesional en la comunicación que yo. Se requiere un mínimo de base en común para debatir y contigo no la tengo. Solo te digo que la plataforma electoral del Likud es la de un partido liberal democrático y la del Hamás tiene párrafos enteros que pudieron ser escritos por Hitler

A su vez en su columna del Semanario Voces, Porzecanski escribió: 

 Para todos aquellos interesados en el conflicto israelí-palestino y en la política de Oriente Medio en general, vale la pena detenerse en el reciente discurso del Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu a la Asamblea General de la ONU.

 Desde lo comunicacional, fue un discurso brillante. Fue entretenido, enérgico, denotó cuidadosa preparación y esfuerzo previo, y explotó a la perfección las innegables dotes carismáticas del orador.

 En lo sustantivo, cuatro aspectos sobresalen. Primero, la monumental adulación al Presidente Trump. Para Netanyahu, la elección de Trump fue una excelente noticia por la fuerte sintonía ideológica entre ambos y por la evidente rispidez existente con la administración Obama (fundamentalmente derivada de dos visiones discrepantes sobre el conflicto con los palestinos). Respecto a este último punto, Trump ha dado señales inequívocamente tranquilizadoras para la derecha israelí. Ni siquiera, por ejemplo, Trump se ha animado a apoyar explícitamente la solución de dos estados para dos pueblos (a la cual Netanyahu es averso pero que para el grueso de la comunidad internacional es la mejor fórmula de compromiso entre las partes).

 Un segundo eje central del discurso fue su dedicación obsesiva al problema iraní como si en este momento constituyese un riesgo inminente para la supervivencia de Israel. Aunque la realidad obviamente dista de ser así, es evidente que todo avance nuclear y armamentista del régimen persa es una muy mala noticia para el sionismo pues fortalece a su principal adversario regional.

 En tercer lugar, son insoslayables las variadas menciones a las amistades israelíes forjadas y fortalecidas en tiempos recientes con estados musulmanes y árabes, destacándose especialmente las elogiosas palabras hacia el presidente egipcio Al Sisi. Este inocultable alineamiento con el polo suní del mundo musulmán no hace, además, otra cosa que reflejar el relativo “encapsulamiento” del problema palestino.

 El cuarto y último (pero no menos importante) eje del discurso remite a lo no dicho. Ya es sabido que en política, como en cualquier otro ámbito de actividad humana, los silencios pueden ser tan o más importantes que las palabras. Al respecto, el gran ausente de esos veinticuatro minutos de exposición fue el conflicto israelí-palestino en todas sus inescapables, urgentes y crudas dimensiones: la ocupación de Cisjordania desde hace 50 años, la solución de dos estados amenazada por la consolidación de los asentamientos, la penosa situación humanitaria de Gaza y el prolongado impasse de conversaciones de paz con resultados tangibles. Hubo, es verdad, alguna referencia colateral al tema, por ejemplo al criticar la decisión de la UNESCO sobre el carácter palestino de la ciudad de Hebrón. Sin embargo, la estrategia esquiva de Netanyahu salta clarísimamente a la vista.

 Ser testigos de un Netanyahu vigoroso y contundente pese a sus frentes abiertos (entre ellos una causa de corrupción de incierto desenlace), no hace más que confirmar que la oposición israelí tiene ante sí un desafío gigantesco. Debe de asumir in totum y sin complejos las virtudes y los poderes del oponente y no solo de explicar su predominio con generalidades como la “derechización social” o “la política del miedo” (no porque estos argumentos sean falsos sino porque son insuficientes). No se sostiene por arte de magia un líder capaz de encabezar cuatro períodos de gobiernos con cuatro coaliciones diferentes. Como sociedad que elige a sus líderes democráticamente, la política israelí se sigue decidiendo, en última instancia, a través del arte de la persuasión de los electores y de la exitosa formación de alianzas sociales y políticas. En ambos terrenos, es necesario admitir que en los últimos veinte años, nadie le ha hecho sombra a Netanyahu.

 La derecha israelí tiene su líder indiscutido, uno capaz de enfrentar a la ONU y vendernos un supuesto Israel reluciente que además se da el lujo de exportar la paz y la seguridad al mundo. La izquierda y centro-izquierda israelí necesita encontrar un vendedor de igual calidad, con la diferencia que nos ofrezca un Israel asentado en dos pilares centrales: la convivencia con un auténtico estado palestino soberano y la coexistencia armoniosa de lo judío y lo democrático. En estos dos pilares decisivos, el sionismo aún tiene una deuda pendiente que Netanyahu y sus aliados difícilmente se encarguen de saldar.

 

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